martes, 30 de junio de 2009

AUTOBOMBO

Últimas oportunidades para ver muy real-izada y en toda su majestad
a una Enana muy madurita...


el enemigo...la presa...el enemigo

El pequeño, cargando sobre sus rodillas flexionadas, nos da la espalda mientras hurga con un palo una superficie ceniza y húmeda. La cal de la destrucción. Huele a presa.
Bruma y crepúsculo.
Luz, vino pùrpura de la mañana.
Bostezos pàjaros de la mañana. Se abandona la búsqueda. Deposita el palo, deja de hurgar. El sendero que lleva al pueblo se ilumina. El rostro le arde, se expresa con tristeza a través de una sonrisa forzada y un hatillo de dientes. De camino al pueblo, el puente a la ciudad que la lluvia insistente habìa ido destruyendo. Aislamiento. Atraso. Suciedad. Lo màs pobre de otro lugar llega a otro incluso por los caminos rotos.
Llegado a las afueras del pueblo encuentra a otro niño. Este le enseña mordeduras y arañazos que porta en su cuello, junto a su collar de cuero. Sus cràneos están mal rapados. Le cuenta la historia de cinco bestias que abandonaron su guarida prestando a la intemperie sus crìas. Apenas unos meses de vida fuera del vientre de su madre. Saca, de entre la ropa sucia que cubre su vientre, un cachorro de bestia.
Un estruendo de grandes dimensiones interrumpe el momento. La majestuosidad de un rugido de motor cose el cielo de la escena con fulgor y velocidad culminando en una explosión que se estrella. Ha llegado el enemigo con su accidente.
Las llamas del silencio devoran el ruido recién y la conversación de los niños.
El panorama es un desierto sonoro al acecho de cualquier síntoma visual.
El perro salvaje ha huido.
A la luz del dìa se hace oscuro.
Los dos niños corren al pueblo para luchar con la noticia.
A la luz del dìa se hace oscuro.


Rotura

domingo, 28 de junio de 2009

Otoño en pleno verano.

Ahora que las señales se han roto,
ahora que no queda nadie y
por delante sólo el amargo camino del sonido.
Ahora que la huida no es deseo
que ando sobre semillas y
los brazos del amante
se borran bajo montañas de hojas.

zozobra (imperativo)

Explicación demasiado escueta de un estado mental.

A veces, abandonado a mis pensamientos en lugares públicos, vienen a mí lapsos de tiempo que no percibo: tan pronto un transeunte está aquí, tan pronto está a cien metros. Es un estado parecido a la concentración pero mucho más rico. Numerosas ocasiones he intentado recrearlo artificialmente, pero no responde a estímulos racionales ni a substancias. Viene tan sigiloso e inesperado como se va dejándome perplejo, extasiado y con la sensación placentera de por un momento no haber existido.

Zozobra.

sábado, 27 de junio de 2009

Sexta Versión

Tras semanas de progresivo distanciamiento conyugal, llegó la apoteósica escena.
Marilyn Monroe vuelve de la consulta del doctor Mal Rollen y le dice a su novio:

-Tienes que olvidarme. Acabo de enterarme de que soy una rana que ya no es rana.
-Hace tiempo que te lo noto, pero no te he dicho nada.
-Soy una rana que nació rana, pero me han convertido en mujer y solo mujer. Y si me besas te convertirás en rana. Sería un infierno, un infierno en el que hace tiempo que vivimos.
-Lo se...
-Será mejor que llamemos ya a los abogados- y contoneándose se agacha a coger el móvil de su bolso-.
Él repasa por última vez su atrayente figura y resignado se pregunta qué clase de hijo de puta le ha podido castigar así.
-Sería terrible para tu carrera que te convirtieras en un reptil vomitivo- dice ella sosteniendo ya el teléfono en su oreja-.
-Mary, las ranas son anfibios.
-Caray, qué despiste, tienes razón Bratt (Pitt).
-Lo sé...
-(Mordiéndose las uñas, trantando de contactar con el buffete del sr. Balanza) Tranquilo, nos lo harán todo ellos y nadie se enterará. Venderemos una exclusiva del divorcio como siempre y aquí no ha pasado nada.

Bratt Pitt se obsesionó con sus visiones de mujeres-rana. Su psiquiatra, le recomendó que aprovechara su popularidad para ligarse a más tías buenas -por envidia y por que superara todo aquello-. Entonces Bratt se casó con Angelina Jolie y se fueron al Tercer Mundo a adoptar niños pobres y huérfanos. Pero cuanto más perfecta era su vida social más alcohol bebía en su soledad, y acabó abandonando a su familia.
Al cabo de unos años, arrastrándose, regresó a casa de Angie, por Navidad, suplicándole sé mi rana, sé mi rana...


por Laenana

miércoles, 24 de junio de 2009

MOMENTOS FELICES. GRABRIEL CELAYA

Poema en audio: Momentos felices de Gabriel Celaya por Gabriel Celaya

Quinta versión


Tranquilamente, como el que anda por andar, meciendo la falda. Una mirada atenta, limpia, de esas que aprenden a cada minuto. Entonces, una de las ranas de las muchas que hay le dijo:
- Bésame, soy la promesa.
- ¿Que?
- Soy la promesa, la respuesta a las preguntas en soledad. Conmigo no te faltará nada. Sellemos nuestro encuentro, démosle ceremonia, nada te faltará.
- No sé...
- El riesgo es caro, yo te ofrezco un futuro cierto. No tengas miedo, ya has visto mucho de lo que hay fuera.
- No sé, no sé...

Y tranquilamente siguió caminando con un par de dudas más en el bolsillo lateral de la falda, abandonó el boulevard, subió a un tren en Atocha camino a París. Allí conoció a un pintor del que aprendió el ritmo de los pinceles y las artes con minúscula. Trabajó después para un par de vacuos ambiciosos y se fue a Camerún donde al menos los niños sonreían. Más tarde, un avión la llevó hasta Formentera donde un pequeño bar a pie de playa le dio un verano lleno de color, silencio y orgías con mucha fruta en cuencos de madera. De allí se llevó un par de cuadros y una estatuilla de tierra cocida. Aprendió a cocinar, Alaska le encantó. Y no, no echó de menos a la rana ni a ninguna con las que después se cruzó.

Zozobra dixit.

viernes, 19 de junio de 2009

El realismo transformado

Cuarta versión, by Marta Polbín

[Esta es una versión que pongo a la venta, por si se acerca la fecha límite -recordemos que es el 15 de julio- y alguien quiere comprar favores... El precio lo pondremos entre todos los que hayamos publicado, por supuesto, y lo compartiremos como miembros que somos del Colectivo más colectivizador que se colectivice.]

Tranquilamente, caminaba ella por el pastiche, la fantasía en ligero pero suficiente contrapunto. Misterio alto pero suficientemente ligero para poder posarse sobre lo que atrajera a su autor. Entonces, y para abreviar, se volvió hacia el realismo, y el realismo le dijo:
–Bésame, que soy un privilegio.
–Y eso?
–Soy un privilegio, forrao, pero me han convertido en realismo, ya sabes, los manieristas. Pero si me besas se rompe el hemistiquio, yo me convierto en un burlesco versículo, nos casamos y vivimos de quinésica maravillosa.
–No sé…
–Créeme: tras esta apostilla nauseabunda hay un receptor luminoso. Si vences tus prolepsis serás feliz.
–No sé, no sé…
Y tranquilamente, contoneando ligeramente sus fantasías y sus églogas, ella siguió caminando. Abandonó la ciencia-ficción, tomó un tropo en Atocha, se fue a Marsella, conoció a un pleonasmo loco pero muy divertido, lo abandonó para trabajar para una institución literaria, se cansó y se fue a Camerún a colaborar con un humanista. Más tarde, abrió una circunlocución en Formentera, pasó la versificación de su vodevil con dos jocosos con los que se lo hacía a la vez en el poema. Compró artículos. Aprendió a cocinar, Alaska le encantó. No, no echó de menos el realismo.

La rana transformada

Tercera versión, by Marta Polbín

Con parsimonia, caminaba la moza por la calzada, sus faldas flotando como algas marinas. La mirada alta y volátil, para posarla aquí y allá sin disimulo. Digámoslo simplificando, la moza miró a la rana y la rana habló:
–Un ósculo, por favor. Soy un futuro monarca.
–¿Cómor?
–Soy un futuro monarca, digo. Forrado hasta los colmillos… mas transformado por los malos, you know. Si consigo tu ósculo, acabará la maldición, dando paso a un macizorro trancón: podríamos casarnos y vivir como los putos amos.
–Mmm…
–Confía, anda, confía. Tras mi facha inmunda hay un futuro luminoso. Si aparcas tu obstinación, podrás lograr la dicha infinita.
–Mmm, mmm…
Y con suma parsimonia, faldas y dudas flotando al compás, la moza siguió caminando. Abandonó la charca rumbo a Atocha, subió a un convoy y viajó casi hasta Mónaco, conoció a un pintor loco y muy gracioso, lo abandonó para trabajar para una inmobiliaria, acabó harta y puso rumbo a Nkongsamba para colaborar con un hospital. Pronto cambió su morada y abrió un chiringuito con vistas a Ibiza, pasó unos días locos follando junto al mar con dos italianos (al unísono, faltaría más). Compró cuadros. Hizo cursos gastronómicos. Alaska la subyugó. No, no notó a faltar a la rana para nada.

lunes, 15 de junio de 2009

La rana transformada: auténtico proxeo que acaba bien

Como se puede comprobar en la sección de comentarios, el CREA (Comité para la Recuperación del Espíritu Autobombástico) ha hablado:
"TODOS LOS MIEMBROS DEL COLECTIVO AUTOBOMBO DEBEN ESCRIBIR SU VERSIÓN DEL RELATO DE LA RANA. Pongamos un plazo generoso de un mes, si os parece: antes del 15 de julio todos los miembros del Colectivo que se precien deberán haber colgado su texto-versión. Los que no lo hagan sufrirán las consecuencias (que Lennyn Timar pide a gritos compañía).
Por si alguien no lo ha pillado todavía, ESTO ES UN PUÑETAZO EN LA MESA (que otros llaman golpe de estado)."

Primera versión

Tranquilamente, caminaba ella por el paseo, faldas en ligero pero suficiente contoneo. Mirada alta pero suficientemente ligera para poder posarse sobre lo que atrayera su atención. Entonces, y para abreviar, se volvió hacia la rana, y la rana le dijo:

- Bésame, que soy un príncipe.
- Y eso?
- Soy un principe, forrao, pero me han convertido en rana, ya sabes, los malos. Pero si me besas se rompe el hechizo, yo me convierto en un buenorro vergón, nos casamos y vivimos de puta madre.
- No se…
- Créeme: tras esta apariencia nauseabunda hay una realidad luminosa. Si vences tus prejuicios serás feliz.
- No sé, no sé…

Y tranquilamente, contoneando ligeramente sus faldas y sus dudas, ella siguió caminando. Abandonó la charca, tomó un tren en Atocha, se fue a Marsella, conoció a un pintor loco pero muy divertido, lo abandonó para trabajar para una immobiliaria, se cansó y se fue a Camerún a colaborar con un hospital. Más tarde, abrió un chiringuito en Formentera, pasó el verano de su vida con dos italianos con los que se lo hacía a la vez en la playa. Compró arte. Aprendió a cocinar, Alaska le encantó. No, no echó de menos a la rana.

Segunda versión

Tranquilamente, faldas, mirada alta, ligera para poder posarse sobre lo que atrayera su atención. Entonces rana, y rana le dijo:

- Bésame. Soy prìncipe que se acabò, que ya no es prìncipe.
- Dudo.
- Soy principe que muriò prìncipe, pero me han convertido en hombre y solo hombre. Pero si me besas se rompe el mal que convierte. Viviremos lo que de otra manera tambièn habrìamos vivido.
- No se…
- Créeme.
- Tras esta apariencia nauseabunda hay una realidad incrèdula.
- Si vences seràs lo que quieras que seamos.
- No sé…
No sè es lo que extrañamos.
Y tranquilamente sus faldas, sus dudas, ella siguió caminando. Abandonó la charca, tomó un viaje que abrirìa todo aquello que esperaba abrir.Se fue. Conoció. La locura. Abandonó para el cansancio. Se fue. Más tarde pasó el verano de su vida . Aprendió a no echar de menos al prìncipe.

Tercera versión

From Madrid, Great Expectations

Esta es una historia bicéfacela: dos bombines tecleando exquisitamente sin más convergencias que la botella de Rioja, los cigarrillos y el apartamento-sede del Colectivo que comparten en estos momentos: la expedición Polbinácea y Sapotrácea a Lutecia ha dejado la sede de calle Canarias a merced de la confabulación autobombástica. Espoleados (cuanto más bonito es 'esperonats', dejo dicho) por la última entrada enchida de la franqueza de raza de Franja Reza, aquí les saludamos:


el chico resurrecciòn con la moneda que el demonio no querrìa y el pàjaro boca en la ciudad sin vuelo...
el paladar se les ponga blanco

cómo son, no? Sí, estoy de acuerdo, aquí hace falta que alguien destripe un armadillo para despertar las pasiones. Pero, ahora que hablas de armadillo, no será esa la imagen exacta para nosotros? No te sigo, explícate. Bueno, ya sabes, un bicho que se cierra sobre sí mismo cuando las cosas se ponen feas y sólo se despliega cuando no hay peligro. Estás insinuando algo?


Echamos en medio tormenta que amenaza y no llueve. Insinuo rezo, carrera y silencio. Hijos de la puta que apunta con el caño de la escopeta.
Frases que corresponden a un perro muerto.
Lucha entre tù, yo, ellos...
¿seremos capaces de entender el final que nos acerca?
me pongo triste hermanos...
estamos tan cerca...
que ahora nos pondremos a viajar...
a viajar...

Edith no podía quedar porque estaba en Roma, y cuando llegó yo me iba para Madrid. Desde los Monegros pensaba en Agatha, que se iba a Mauritania en breve a trabajar en un hotel. Mientras, Teresa se largaba a Córcega y no coincidíamos para irnos juntos a Torredembarra. Mientras el Ave pasaba el páramo, extenso como una arruga, pensaba en la Polbina parisien y en todos los aviones que se pierden en circunstancias extrañas. En un Ogro en su hábitat natural, rodeado de camachuelos y Enanas de invitantes grupas. Por el cielo se cruzan los tiralíneas de los aviones que nunca llegan porque nunca se van porque nunca nos vamos. Y pensar que a ti no te conocí porque cruzaste la puerta 7 segundos antes que yo. Y que ahora, mientras pensamos si Formentera o Bali, si Madrid o Vancouver, si Marsella o Buenos Aires, te encuentro aquí, breve, breve como una arruga, extenso como un tiempo que no se amilana al ver el mar ni el cielo.


No preguntar por què se tiene que acabar o por què no se quiera hacer nada o por què quiero preguntar...mezclo los amantes...
somos de aquì...
somos de aquì...
la pena que tengo en la cabeza sòlo se puede calcular de una manera...
puede que no sea la espera...
tal vez decir adios...tal vez decir noche...
borracha...rotura...
acabemos

sábado, 13 de junio de 2009

...Ya no màs escribir pàjaro en mano que los restos mortales de nuestros seres queridos.
Volver a cargar palabras de aliento antes de algo parecido a un final.
Palabras de aliento.
La volvì a dejar.
Palabras de aliento.
Despuès de las jornadas de la pasiòn queda un extraño gorjeo,
un maldita sea y semanas de desierto sin pan ni agua en el estòmago,
sin nada que echarse a la boca.
.
Desde que la conocì no puedo quitarme la palabra carne de la boca.
.
Màs
nada.
.
Beso en el pecho que no en la frente en la espalda las hormigas del querer amenazan.
Quiero que sepàis que no puedo sin vosotros,
sin vosotros soy nadie aunque a veces tenga que ser uno.
Dilaciòn y adiòs.

domingo, 24 de mayo de 2009

EL RESPETO DE LOS HUMILDES by Opán Órale

Para suerte y regocijo de todos nuestros compañeros, El Gordo Lies se encontró con un nuevo miembro de este conspicuo grupúsculo, que dada su vasta erudición en materia oral indígena nos deleitará  sin duda de aquí en adelante con suculentas narraciones de su nativa Centroamérica. Aquí sin más se los presento con el más admirado de los respetos que me infunde su persona y sobre todo su relato de muestra y entrada. Ahí lo tienen, para todos ustedes: el sin par genio y talento narrativo de Opán Órale.

 

 

El suceso que nos preocupa aconteció en Tela, pequeña ciudad de muelleros en la que los trabajadores del puerto pasan doce horas diarias cargando y descargando las cajas de plátanos de sus protectores amigos patriarcales de la United Fruit Company, para después aliviar su sudor en la barra del «Paraíso», famoso establecimiento conocido por poseer la única rockola del pueblo. No es que mi padre soliera ir mucho por allí en el año 1958, en que contaba tan sólo diez años.  Los poco usuales pasatiempos a los que se dedicaba en aquella época se resumían en tres. Uno de ellos era robar los huevos de las gallinas que la familia criaba para luego vendérselos a su propia madre por un lempira la docena. El segundo era el de aprovechar la cultura de los velorios, dado que los fallecidos del pueblo ofrecían buena pitanza  y unas suculentas cocacolas. Siempre era el primero en salir detrás del féretro para acompañar a su anfitrión camino del cementerio, como símbolo del dolor que sentía en su interior porque se acababa con este muerto el buen yantar. Pero en el que empleaba más tiempo, dada su trascendencia ontológica, era el chismorreo, al cual dedicaba todas las tardes —siempre y cuando no hubiera velorio ni las gallinas hubieran puesto huevos— desde su más tierna infancia. Tenía el cometido familiar de estar asomado al balcón y quedar pendiente de las conversaciones de los transeúntes para luego dar cuenta de ello durante los cenáculos, ya que al no haber transistor para escuchar la radionovela, había que montar alguna como carajo fuera.

En una de esas calurosas tardes teleñas en las que hasta el viento se retorcía del calor mi padre se encontraba captando y armando con sus orejas parabólicas el siguiente capítulo de su particular obra maestra cuando vio pasar un rayo de dos patas que levantaba más polvo que una tormenta de arena. Si aquel rayo le era conocido es porque bajo él se encarnaba Luis Moncho Coronel Urtechu, insigne admirador de Rubén Darío y loco oficial del pueblo. Lo que más le llamó la atención es que su mano derecha estaba adornada con un resplandeciente cuchillo de carnicero. Ante el potencial surgimiento de nuevos acontecimientos mi padre no se lo pensó dos veces y fue tras él. Y este fue el relato que después haría de los hechos que allí acontecieron:

 

«Estaba yo asomadito en el balcón cuando empiezo a escuchar a un maje que dice “¡Válgame Dios, qué barbaridad! ¿Dónde va ese alma perdida?”, en lo que veo al Moncho zumbando con un pija de cuchillo, no me lo pienso dos veces y salgo detrás de él a toda maceta. Durante dos manzanas corrí detrás de él como alma que lleva el diablo encima, porque sabía que ese iba a cometer un buen cagadal. ¡Ese cagadal se estaba viendo ya con los gritos que estaba pegando la gente, que no se meaban encima porque Dios es grande! ¡Puta, mano!, cuando ya no podía más ir detrás de él voy viendo que se va metiendo al «Paraíso». Cuatro muelleros se acodaban en la barra llorando sus miserias al son de la canción “El jinete”: 

En la lejana montaña 

va cabalgando un jinete 

 vaga solito en el mundo 

 y va deseando la muerte.

 

 Por lo que contaba el robagallinas de mi padre el único foco que alumbraba el pobre local acompañaba los también pobres ánimos de felicidad de los parroquianos. Desde la puerta vio que el Moncho se abalanzaba hacia uno de ellos con el adorno mentado en su mano derecha, más decidido que Aquiles en su venganza contra Héctor. Aquel hombre al que se dirigía este paps de los locos de Tela era especialmente reconocible  por tener unas espaldas anchas como el tronco de una ceiba, curtidas al peso de toda una vida cargando y descargando toneladas de plátanos. Nunca tenía tiempo para distraer su faena con tragos ni tragedias, pero aquella noche no había ido para llorar las penas de su precaria vida sino que derrochaba lágrimas de alegría por el nacimiento de su primer hijo. Si sentía pena solo era por los parroquianos  que  se apostaban a su lado que, ya con familias compuestas a las que mantener y con las espaldas rotas de preocupaciones, se bañaban en guaro hasta olvidar la desgracia de tener que haber nacido.  Según siguió contando mi padre se encontraba  el pobre individuo apurando su vaso cuando sonaban los últimos versos de la canción:

 

«Ahí fue cuando el Moncho se le tiró encima con el cuchillo y le atravesó todo el tórax y el pulmón cortando de golpe el trago que se había embuchado. El infeliz se dio la media vuelta en un intento de explicarse de dónde putas venía aquella punzada que le estaba asfixiando.  Tan sólo logró ver la cara del loco que en ese momento le miraba con ojos de estupefacción, y en el instante en que sonaban los últimos versos de la cantinela:

 

La quería más que a su vida

 y la perdió para siempre

 por eso, lleva una herida

  por eso, busca la muerte,

 

el Moncho no tiene más que mirarle, y le dice: “ Huy, perdón. Me equivoqué”».

 

 Podrán decir que en Tela hay mucho loco, pero no se puede negar que son educados.



Opán Órale (con la inestimable ayuda de El Ogro del Sí)

martes, 5 de mayo de 2009

La 'Patafísica toma la Ciudad Condal

Queridos autobombásticos de ambos géneros:
Para los que tengáis la suerte de estar en la Ciudad Condal el próximo lunes día 11, no os perdáis el gran acontecimiento: Grassa Toro, el Rector Magnífico del Altissimo Instituto de Estudios Pataphysicos de La Candelaria, Chodes-Bogotá (introductor de la 'Patafísica ortodoxa -si tal expresión no es una contradicción- en Latinoamérica), dará una conferencia-presentación en una sede mítica para los miembros de este Colectivo. He aquí el cartel:


Espero que las inquietudes patafísicas del Colectivo sean suficientes para mandar a tan conspicuo evento a alguno de nuestros enviados espirales, digo especiales...
Merdre y Autobombo!

lunes, 27 de abril de 2009

lunes, 20 de abril de 2009

Unos segundos de publicidad...

Perdonen los navegantes del ciberespacio que en medio de esta inquietante historia incluyamos un poco de publicidad, que otros llaman autobombo. Con ello no hacemos más que incrementar el suspense...
Los amantes de las formas breves (y nos consta que hay mucho dinosaurio suelto entre los profetas del autobombismo) échenle un vistazo a esta revista digital recién salida del horno: http://www.comunidadinconfesable.com/.
En ella podrán encontrar la filosofía de lo micro llevada a todos los rincones de lo textual, desde el relato hasta el ensayo, pasando por la crítica cinéfila, los artículos de opinión o la poesía. Y todo ello, señoras y señores, de un modo oulipianamente restrictivo: ¡nunca más de 99 palabras!
Pasen y vean y disfruten y renieguen.

sábado, 18 de abril de 2009

San Jerónimo

Os pido perdonéis los avances y los retrocesos en la narración, no puedo evitar volver atrás intentando averiguar dónde se perdió mi suerte, en qué momento se decidió mi futuro y ya no tuvo marcha atrás, y me temo que todavía deberé retroceder mucho, pero de momento sigo hacia adelante.


El periodista fumaba sentado junto al montañero. Cuando me vio llegar se levantó de un brinco y apagó el cigarro en una roca.

-Mira, esto no ha salido como yo pensaba, pero, quién sabe, quizá así haya sido mejor.

-Aquí tienes el dinero, y las vendas y lo demás.

Él cogió el dinero y me dijo que curara al montañero, quién apartándose de nuestro coche, había sufrido varias heridas.


Cuando llegamos al primer destino me dejaron un momento con el montañero a solas, y él me contó que cuando el periodista bajó del coche, la conversación que mantuvieron fue más o menos así:

-Pero qué coño estabas haciendo por aquí? Es que no has oído el ruido del motor?

El montañero entonces le preguntó entonces por qué me llevaba atado. 

-Mierda, y eso a ti qué te importa? Tú no has visto nada, entendido?

-Claro..., no te preocupes, no diré nada.


Después, esto lo cuento yo, el periodista volvió al coche y se sentó al volante. 

-Joder, esto se ha fastidiado! Y tu tranquilízate, haz el favor, pareces un niño que vaya a mojar los pantalones.


Mientras hablábamos, vi cómo el montañista intentaba huir montaña arriba ayudado por un palo de hierro terminado en L. Parecía no darse cuenta de que tenía la pierna fuera de sitio. El periodista también le vio y saltó del coche disparado, corriendo tras él. Cuando le atrapó se lo cargó al hombro y lo volvió a dejar dónde estaba antes.

 

-Joder, ahora tengo que llevarte a ti también. Claro que hablarás.

-No, en serio, mira, si quieres tengo algo de dinero, déjame ir y te lo traigo, así no habrás perdido nada casi-atropellándome y quedamos en paz.

Desgraciadamente el montañista se había roto la pierna en la caída y no podía levantarse. Además estaba bañado en sangre.

-Está bien, dijo el periodista, que vaya el chico a buscar el dinero. Óyeme, si no vuelves le mato. Coge el coche.- Y me desató.


Cuando ya de vuelta del pueblo hube entablillado la pierna del montañero, el periodista me ordenó que lo cargara a hombros hasta el coche y después que lo subiera a él, a pesar de sus protestas, y tras desembarrancarlo nos dirigimos a San Jerónimo.

Al llegar nos esperaban tres hombres bien vestidos, uno de ellos con una cartera de piel en la mano.

-Quién es ese?

-Ha aparecido delante de nuestro coche, de poco lo atropello, las cosas se han liado y no podía dejarlo allí porque nos hubiera denunciado. Ya nos encargaremos de él. De momento me ha dado 3.000 euros para comprar su libertad.

-Está bien, vamos dentro, él se queda aquí. Manuel, vigílale.

Nosotros entramos en una cabaña y el del maletín sacó de él unos papeles para que yo los firmara.

No me dejó leerlos y me dijo que o los firmaba o estaba muerto, así que firmé con una cruz, como había leído que hacen los que no tienen firma. Unos días más tarde supe que había firmado la cesión de mi cabaña y las tierras de mi padre, que al parecer eran toda la montaña.

Después de mi firma el hombre del maletín se puso furioso con el periodista:

-Y ahora qué coño hacemos con el tipo de la pierna rota?

-Pues lo subimos a la cabaña y los dejamos a los dos allí, luego huimos y nos desacemos del coche.

-Es un testigo.

viernes, 17 de abril de 2009

Desfiladero abajo

VIII

—¿Ahora no quieres venir? —me dijo el periodista con el tono de voz cambiado.

—No puedo, me da pánico.

—No quería tener que recurrir a esto —dijo haciendo aparecer una pistola del interior de la chaqueta.

 

No comprendía qué razones podían llevarle a emplear el uso de la fuerza para convencerme. ¿Qué ganaba aquel hombre con eso? No es que estuviera en condiciones de negarme —aunque de haber sabido cómo se resolvería la historia habría preferido que me diera dos tiros y me arrojara por el desfiladero— así que me volví a meter en el coche.

 

—Sal —me dijo.

—Bueno ¿salgo, entro, vamos, nos quedamos?

 

Por más grande que fuera la pistola me daba mucho más miedo el carro aquel del demonio. Me permitía las bromas porque con los milicianos había aprendido que puedes sacar mejor provecho de un hombre armado cuando haces como que no te impresiona lo que empuña, pero no pareció darme muy buen resultado.

 

—Primero tendremos que prepararte. No queremos despeñarnos por el monte ¿verdad?

 

Me obligó a pasarme las manos por detrás y me las ató con una cinta con pegamento de un material flexible tan resistente que apenas podía rozarme las muñecas unas con otras. Tras esto me hizo entrar en el coche y una vez sentado me hizo poner los pies de tal forma que pudiera unirlos a la ligazón de las manos con la misma cinta. Las rodillas me quedaban a la altura de la barbilla y las manos por debajo. Después me pasó el cinturón del coche por encima y aún me volvió a atravesar de lado a lado. A medida que iba sacando metros y metros de cinta la cara se le llenaba con tal rubor encendido de cólera que me di cuenta al instante de que había caído en manos de un maniaco. Disfrutaba con cada movimiento que ejecutaba, como un cazador que inmoviliza a un rinoceronte tras haberlo derribado para darle el golpe de gracia. Era extraño que yo, viviendo alejado de toda civilización, terminara  siendo secuestrado por un depravado, yo, que apenas me había cruzado con unos cuantos especimenes de mi propia especie, y tenía más contacto con el género humano a través de los libros de mi padre y mi abuelo que por la experiencia directa. A decir verdad, no consideré menos maniacos a aquellos milicianos en su momento. La locura de traicionar a alguien que te ha dado cobijo  y te ha ofrecido todo lo que tiene por el mero hecho de usarlo como moneda de cambio me pareció algo inimaginable e indigno de la raza humana, más que las historias sobre trastornados que había leído, más enfermo que cualquier extravío de la mente que se pudiera imaginar por una sola y simple razón: ellos tenían conciencia de lo que hacían. Pensar en esto me permitió relajarme y aceptar lo que tuviera que venir como algo inevitable. El periodista se metió en su lado de la cabina y puso en marcha aquella máquina de tortura infernal. Los troncos iban desmembrándose a uno y otro lado de la trayectoria que seguía el carro e iban haciendo aparecer un camino ante sí entre las rocas. Era mágico que aquel cacharro pudiera cabalgar las montañas como si se tratase de una cabra montesa. Me quedé mirando hacia el desfiladero, creo que por el puro placer de sentir el pánico, como me había acostumbrado a hacer mi padre hacía muchos años, un juego para el que mi abuelo le había preparado antes a él, como yo mismo instruí después a mi único hijo: aprender a sufrir. Fue entonces cuando vi a  aquel montañero caer de la nada. No sé de donde demonios pudo salir pero intentó alejarse de nosotros de manera incomprensible después de prácticamente saltar sobre nosotros. No daba crédito a lo que me estaba pasando. Tal vez los tiempos estuvieran cambiando mucho más de lo que había imaginado. Cuando el carro se detuvo de golpe y el periodista salió a por aquel tipo pensé que no tendría misericordia, que le descerrajaría todo el cargador. Sin embargo se dirigió hacia él en un tono cordial, según pude escuchar, aunque lo cierto es que no llegué a apreciar más que el tono de las palabras y lo que se dijeron no lo descubriría hasta mucho después, de la boca del propio montañero. 

sábado, 11 de abril de 2009

Amo AB en casa de Amo AB


...el cual me dijo que sigue con pasión la historia del PAPA.

miércoles, 8 de abril de 2009

El montañero agazapado

VII

Tal vez no les parezca verídico que les diga que a pesar de escuchar el motor del coche, el frenazo, los gritos que profería aquel hombre y después aquel otro intentando tranquilizarle, no me acerqué al lugar de donde procedían. Quizá les extrañe más aún si les digo que sabía que al cabo de un par de horas ya no me quedaría agua y que aún tenía que encontrar un refugio en el que dormir. Bueno, tal vez lo lógico hubiera sido presentarme allí y preguntarles. Pueden pensar que tuve miedo, y no estarían lejos de la verdad. Los gritos de aquellos hombres no los hacían del todo amistosos y no sé por qué, a pesar de no creer en cuentos de viejas, había una frase que rechinaba todo el rato en mi cabeza y que no me permitía hacerme más visible de lo necesario:

—Cuídese del ogro de la montaña —había dicho aquel viejo a la salida del pueblo, para después quedarse callado y no volver a dirigirme la palabra.

—Se refiere a algún animal, el lobo de la montaña querrá decir.

El viejo me miró con compasión. Tenía unos ojos verdes vidriosos hundidos en las cuencas, con un mar de arrugas circundándolas que, a pesar de dirigirse al infinito más que a mi propia persona, inspiraban ternura y confianza. Su pelo oxigenado hacía pensar que él mismo podía ser el abuelo de algún que otro trol desaliñado. Apartó la vista y siguió su camino. Por más que lo llamé ya no volvió a dar señal, como un fantasma, como un ángel que viene a dar una mala nueva, un adivino ciego que quiere avisar de la catástrofe. En aquel momento no le di importancia. Bastante tenía con dibujar mentalmente el mapa que me habían dado en el refugio, parco, lleno de vacíos, con una línea de puntos y un sinfín de cruces marcadas en los espacios sin explorar. No era momento de supersticiones. Pero ahora sopla el viento helado y trae la voz de aquel hombre que me desgarra los tímpanos como si estuviera aquí mismo, delante de mí, pidiendo un auxilio que no podré suministrar. Y el ogro de la montaña se transfigura. Su cara de lobo viudo me mira desde el collado, y tengo todos los músculos paralizados, si de frío o de miedo ya no lo sé decir. Subo la pendiente intentando hacer el mínimo ruido, con un miedo inexplicable, hasta que caigo en la cuenta de que están bastante atareados y no van a percatarse fácilmente de mi presencia. Me olvido por un momento de las fábulas de terror y dedico mis pensamientos a indagar en el camino que ha tomado el todoterreno. No acabo de explicarme cómo demonios ha conseguido llegar hasta aquí; terreno virgen me habían dicho. O bien en el pueblo intentan ocultar algo de lo que tienen en las montañas para que no se llene esto de turistas, o hay algún guardia forestal que se pasa de listo. En todo caso las paredes son muy escarpadas. Estoy en pleno desfiladero. No hay modo de llegar hasta aquí si no es en helicóptero. ¿Un paso al otro lado de la montaña? Todo esto cavilo mientras sigo subiendo con el piolet y los crampones, hasta que paso el falso camino que ha practicado el coche sobre el bosque. Maleza aplastada, varios troncos cedidos, y un camino que, a pesar de quedar casi expedito, se me hace imposible que pueda transitar ningún vehículo que yo conozca.

Desde lo alto del camino puedo ver sus figuras, pero no alcanzo a ver el magnífico vehículo. Uno de ellos, el que parece más nervioso, tiene aspecto de cabrero. Lleva el pelo largo medio recogido en una cinta y unas barbas pelirrojas que casi le llegan al suelo. El otro viste ropa deportiva de montaña pero no lleva achiperres ni parece un alpinistorro de los nuestros. La cuerda de las gafas de pasta se confunde con la cinta de la cámara de fotos que tiene colgada al cuello. Le pone la mano al otro sobre el hombro y comienza a hablarle en voz baja. Podría jugar a leerle los labios.

martes, 7 de abril de 2009

VI

Los de la casa


- Hola?

- Hola, soy yo. ¿Qué tal?
- Bien, ¿dónde estás?
- Pues en un lugar muy raro, por los montes. Un pueblo, ni me acuerdo del nombre. He parado a tomar un café. Ah, sí, mira, Pedregal. En fin, en el culo del mundo. Uff, qué ganas de llegar a la civilización.
- …
- ¿Hola?
- Sí, sí, hola, es que…me suena el nombre, pero no sé de qué. Bueno, ¿y cuando vuelves?
- Pues imagino que mañana por la noche. Tendré que ir directamente a la redacción, tengo que entregar un material, una reunión, en fin, un día a tope, pero espero llegar pronto a casa. Tengo ganas de verte.
- Yo también. Muchas.
- Te quiero.
- Cuídate, ¿vale? Un besote.
- Hasta mañana.
- Hasta mañana, guapo



El periodista marcó entonces otro número en su teléfono.



- ¿Sí?
- Soy yo. Ya estoy aquí.
- De acuerdo. ¿Ha visto la plaza del pueblo?
- Sí, imagino que la he visto, sólo hay una, ¿no?
- Sí, con el bar en la esquina. Siga recto desde allí. Tome el camino de San Jerónimo. Tras unos cincuenta metros, el camino empieza a subir fuerte. La segunda casa que se encuentre tendrá una pequeña capilla pegada al muro oeste. Esa es. Le esperan.
- De acuerdo. ¿Ha quedado todo claro con los de Madrid?
- Descuide. Ahora céntrese en su parte. Si sigue las instrucciones todo habrá acabado pronto.



El periodista colgó el teléfono, apuró su café y miró a su alrededor. Dos ancianos jugaban al domino al lado de la ventana. Un chaval de unos diecisiete años secaba vasos con desgana. Le sonó el móvil, lo respondió poniéndoselo entre el hombro y la mandíbula.


- Ei…
- ¿Qué tal? ¿Ya acabas?
- Tendría que haber acabado hace rato, pero mi hermana no ha llegado, joder.
- Bueno, te esperamos.
- Vale.


Colgó. Miró al periodista, que lo miraba. El periodista le sonrió.


- ¿Has quedado?
- Sí, van a poner un dvd pero mi hermana no llega.
- Ya. ¿Qué vais a ver?
- Creo que Matrix.
- Ah, es buena.
- Sí, la he visto dos veces. ¿Tú de donde eres?
- De Madrid.
- Ah…yo fui un día a Madrid.
- ¿Te gustó?
- Sí, mola. ¿Y qué haces aquí?
- He parado a tomar un café, voy en coche hacia Madrid.
- ¿Y te has desviado hasta aquí?
- Sí, bueno, me he perdido un poco.
- Joer, ya te digo. Aquí nunca viene nadie.
- Bueno, mucho gusto. Me voy yendo. Que vaya bien Matrix.
- Vale, hasta luego. ¿Tú coche es el rojo?
- Sí.
- Mola.
- Adiós.
- Adiós.



El periodista se subió a su coche, cruzó la plaza y tomó el camino de San Jerónimo.

sábado, 4 de abril de 2009

yo

Yo seguía agarrotado por el traqueteo y aquella extraña sensación, ya casi olvidada, de sentir cómo avanzaba gracias al coche. Ese fue uno de mis últimos momentos felices. Enseguida nos encontramos en medio del camino, que descendíamos a gran velocidad, a un montañero que no dudó en saltar lejos de nuestro alcance.

Después de una brusca sacudida, el coche frenó. E l periodista entonces, salió de él, se acercó al

montañero y se pusieron a hablar. Yo estaba paralizado dentro del coche y tardé un rato en

salir. Tanto tiempo sin ver a nadie nuevo y ahora, en pocas horas, había encontrado a dos.

Unos días más tarde llegué a la ciudad. Iba solo y a pie: a medio camino había embarrancado el

coche, que conducía levantando la palanca de mi derecha. Había visto en la montaña la cara

más dura del hombre, y sinceramente, no quería ver otros hombres jamás. Sin embargo estaba

en la ciudad haciendo lo que tendría que haber podido hacer el montañero. Fui al banco

siguiendo las indicaciones de un anciano al que encontré fumando en la calle. Cuando llegué,

sentado tras el mostrador había un hombre sudoroso que no tardó en darme el dinero. Salí de

ahí, volví a preguntar a aquél anciano que parecía haberlo visto todo, y lo último que hice en la

ciudad fue comprar unas medicinas; y me volví a introducir en el bosque.

viernes, 3 de abril de 2009

Los milicianos

IV

Hice una pausa para darle tiempo a asimilar lo que había escuchado.

—Lo siento —se vio obligado a decir. Yo proseguí con mi perorata.

—La segunda fue ya de mayor, durante la guerra. Vinieron un par de milicianos que huían de la contienda. Lo cierto es que hasta aquí no llegaron los tiroteos pero sí escuchamos el estruendo y nos preguntamos si no sería que el mundo tocaba a su fin. Después los milicianos nos dijeron que había una guerra. Intentaron explicarnos por qué había sucedido pero no logramos entenderlo muy bien. El caso es que después de varios días de estar por aquí, de que les enseñara todos los escondrijos, dónde se podían conseguir liebres, por dónde circulaban las pocas cabras que llegan hasta aquí, y cómo hacer de los arbustos ungüentos y caldos con los que sobrevivir, me tomaron por la fuerza y me obligaron a irme con ellos hasta el pueblo. Según decían necesitaban tener un rehén para protegerse porque no sabían que situación se encontrarían al llegar allí. Yo les dije  que a mí no me conocía nadie, que no les serviría, pero hicieron caso omiso. Me habría sido muy fácil escaparme, con bajar por el desfiladero habría bastado, aquellos hombres no tenían ni idea de cómo andar por las montañas, pero lo cierto es que tenía curiosidad por saber cómo iban las cosas por allí y descubrir si podía encontrar algo que fuera de provecho para la familia.

—Vaya —dijo el periodista—. Esto es la mejor historia que me han contado nunca. ¿Y qué pasó cuándo llegasteis?

—Al divisar el pueblo los milicianos sonrieron y se dieron la enhorabuena. Yo no entendí por qué y tampoco me lo quisieron explicar. Entramos en el pueblo y me llevaron directamente a la autoridad local. El gobernador decidió que debía encerrarme en la prisión y así lo hizo. De nada sirvió que le explicara que yo no tenía nada que ver con aquello, que solo era un ermitaño que vivía en la montaña. Los milicianos corroboraron mi historia pero según él no había nadie que viviera allí arriba y la única posibilidad era que fuese un traidor que había buscado refugio en la montaña. Me encerraron durante tres años hasta que se celebró el juicio, y después me dejaron marchar.

El periodista se quedó callado largo rato. Una mosca intentó colarse en su boca y ese fue el momento en que se dio cuenta de que debía cerrarla.

—¿Pero por qué me han dicho entonces que aquí no vive nadie? —dijo tras esquivar la mosca— ¿Es que nadie se acuerda de lo que le pasó, de la existencia de su familia?

—No creo que quieran acordarse. Tampoco creo que les importe.

—Dios santo. Tiene usted que contarme toda la historia. Esto hay que denunciarlo. Ha sido usted víctima de un ultraje. No podemos dejarlo así. No, señor. El mundo tiene que enterarse de tamaña injusticia.

—Lo pasado, pasado está —le dije borrando con el pie la última de las huellas que habíamos dejado.

—No, tiene que contarlo. Si no lo hace por usted, hágalo por sus hijos. No sabe lo que podrá pasarles cuando usted no esté aquí. El mundo debe saberlo.

—Si no le importa yo prefiero que el mundo no sepa que existo, hasta ahora no me ha ido tan mal ¿verdad?

—De acuerdo. ¿Qué necesita? Dígamelo. ¿Quiere dinero? Le puedo conseguir todo el que quiera —me ofreció aquella sanguijuela.

           —No se esfuerce. No serviría de nada. 

jueves, 2 de abril de 2009

El montañero

III

Vamos a abandonar unos instantes al sorprendido periodista y a nuestro aterrado protagonista en ese auto que desciende hacia el llano y el destino. Sí, como este inicio ya muestra claramente, he estructurado el relato en dos espacios claramente diferenciados, de manera que traspasar el umbral que los separa supone para nuestros personajes un cambio, un reverso, incluso la muerte. La liminalidad, pues, del camino en el que nuestros personajes se encuentran en este momento, merece que aflojemos un poco el paso de la narración, y no sólo para que nuestro protagonista no se asuste, sino para que el camino de tránsito entre los montes y el llano revele todo su potencial narrativo.


Qué mejor que situarme yo también allí, en esos caminos tortuosos que suben hacia las ariscas piedras de las cimas. Digamos que soy un montañero, uno de esos que no se amedrentan con los cuentos para viejas; al contrario, cuando llegó a mis oídos, mientras me tomaba un café con leche en el bar del pueblo, que en el Pedregal sólo vivían las brujas y los ogros, me pareció un destino perfecto.


Ahora estoy subiendo por un torrente, aproximadamente a un kilómetro del coche del periodista. Ni nos vemos ni nos oímos. El bosque se cierra sobre mí, y sólo deja abierto el escarpado camino que voy siguiendo. No atisbo claros ni prados, y el sol de la tarde se hace cada vez más tenue; aunque no sería la primera vez, no me apasiona la idea de dormir en medio del bosque. Es un bosque muy virgen, muy poco caminado. Numerosos excrementos animales atestiguan una fauna copiosa y despreocupada. Me acuerdo de mi estudio en la ciudad, mi sofá, mi nevera, mi colección de películas y cds. No, no cambiaría de lugar, estoy donde quiero estar. Pero a la vez tampoco puedo encontrar ningún motivo para estar aquí, rodeado de árboles y de arbustos espinosos. Tan sólo uno: llegar arriba.

miércoles, 1 de abril de 2009

Una región deshabitada

continuación...


II

—¿Pero es que está usted loco? —me dijo el periodista con una rabia que yo no era capaz de explicar—. Nos va a matar a los dos. ¿Es que no puede tranquilizarse? ¿No ve que si se agarra a mi brazo no puedo mantener la dirección y vamos a ir a parar al desfiladero?

—¡No quiero moverme de aquí! ¡Por Dios que no me muevo! ¡No quiero ir a ningún sitio! —le dije completamente aterrado.

La perspectiva de moverme a una velocidad endiablada en una caja de lata no era lo que tenía en mente esa mañana cuando el sol que entraba por las rendijas me avisó de la llegada de una nueva jornada. Pero tampoco esperaba que en pocas horas vendría un forastero por allí con una cámara de fotos ultramoderna que no pararía de hacerme preguntas sobre la región y sus habitantes.

—¿Ha dicho habitantes? —le dije con sorna en aquel momento—. ¿Ha visto a muchos otros por el camino?

—No. Ya me habían avisado de que una vez que subías Pedregal la zona estaba despoblada. Alguno incluso decía que a estas alturas el aire no es respirable para los hombres, que solo había azores y cóndores. Me avisaron de que si llegaba hasta aquí nadie se hacía responsable de mí. ¿Sabe lo que dicen los de Pedregal?

—Que la zona de las montañas está endiablada —le respondí. El periodista me miró con sorpresa y con un orgullo casi paternal.

—¿Cómo lo sabe?

—Me lo dijo mi padre. También algún que otro montañero que ha logrado llegar hasta aquí. Aunque de eso no le habrán contado nada ¿verdad?

—En absoluto. Lo que me han dicho es que nadie que haya subido ha vuelto con vida. Exactamente igual que en una película de miedo. Hombre, yo no les he creído, pero tampoco esperaba encontrarme con una familia viviendo en los riscos, sin luz, sin agua, sin nada con lo que alimentar a esos seis hijos —me dijo aquel hombre, como si me estuviera reprendiendo por ser un irresponsable y llevar una vida sin sentido.

—En eso se equivoca. Son siete hijos. En la alta montaña hay mucho más para comer de lo que usted podría imaginarse. Está claro que el invierno es duro y que la naturaleza no da facilidades, pero no olvide que mi familia lleva el mismo estilo de vida desde hace siglos. Sabemos cómo sobrevivir. Y mire —le dije poniéndole un brazo sobre el hombro—, rara vez en la vida se te presenta la oportunidad de encontrarte con un montañero que te provee con algunas cosas de necesidad que hacen un poco más fácil la vida de retiro de personas ajenas al mundo moderno como nosotros.

—Supongo que no habrá bajado nunca al pueblo —quiso indagar el periodista.

—Dos veces —le dije sin tapujos. El hombre se quedó extrañado, parecía haber recibido la mayor de las traiciones—. La primera fue cuando yo era chico. La divina providencia quiso que mi padre se cruzara con un guardia forestal que cabalgaba a lomos de una burra y le pidió que me llevara hasta el pueblo para conseguir medicinas. Mi madre estaba muy enferma. Antes de esto ya tenía paralizada la mitad del cuerpo y la noche anterior quedó en estado de parálisis permanente. Mi padre sabía que si no encontraba una solución rápido moriría sin remedio. Tardé dos días en volver porque nadie quiso acercarme de vuelta. Me intentaron convencer para que me quedara con ellos y abandonara a mi familia, me engatusaron con regalos, pero eso sería la última cosa en la que yo podría pensar, por más que me quedaran dos noches de camino y de dormir a la intemperie. Por suerte había luna llena. Conseguí llegar con las medicinas pero mi madre ya había muerto.

martes, 31 de marzo de 2009

PAPA OCUPA

Habida cuenta de la inactividad de este supuesto centro de creación y del continuo abandono en el que se encuentra, la Plataforma de Autobombismo Personal y Anónimo (PAPA) ha decidido ocupar este espacio. A partir de hoy se comenzará una historia diaria que tendrá continuidad al día siguiente, desconociéndose su autor o autores y dando cabida así a tantos como quieran participar en ella, siendo el único objetivo que la creación de este espacio no quede paralizada ni una sola jornada. Por supuesto la historia que se propone no tiene nombre ni continuación, fallas a las que habrá que dar solución de aquí en adelante. Una nueva era del Autobombismo ha nacido, y su historia comienza aquí:


I

Dicen que soy un monstruo, y tal vez tengan razón. Lo que ninguno de ellos dice es que la mayoría ha tenido, cuanto menos una sola vez en su vida, el deseo inconfesable de hacer realidad aquello que Dios ha posibilitado a mi persona. Y les digo sin ningún género de dudas que por más cadenas perpetuas a las que me pudieran condenar volvería a hacer lo mismo que hice una y otra vez, pues así estaba escrito y así debía ser. No entraré a juzgar, como han hecho todos esos hipócritas con mi caso, si se trata de algo moral o no. ¿A quién le importa la moralidad cuando lo que está en juego es la naturaleza? Y así les digo a todos, tanto a los que me condenaron antes de que se realizara juicio alguno, como a aquellos que me otorgaron el piadoso beneficio de la duda y luego se retractaron, sintiendo que su refracción les hacía más humanos, cuando como quedará demostrado no es sino justamente lo contrario, que los pensamientos que motivaron mi conducta son totalmente naturales y que ustedes hacen uso de ellos todos los días, algunos bajo el infausto auspicio de redes y tramas internacionales cargadas con el poder de los hombres de mérito, de los intachables, de los vivos ejemplos de la sociedad que nos toca vivir, y que castiga al que se muestra sin premiar al que se oculta.

Lo principal no es lo que yo haya hecho, señores. Lo principal es que les hago ver aquello de lo que se arrepienten, algunos antes de realizarlo, otros, muchos más de lo que se piensa, horrorizados ante la conciencia de sus propios delitos. Y así deciden castigar al pobre diablo, al hombre simple de la calle, que no sabe nada de convenciones ni de leyes, de restricciones ni de ignominia. Así era yo antes de llegar a mi encierro, un hombre alejado de las conformidades que se pactan en los gobiernos y ayuntamientos, un pobre diablo, ahora puedo decirlo sin vergüenza, que no tuvo más escuela que la que le enseñaron sus propios padres, y que en ella se basó siempre, confiando en la bondad de los principios de familia, en el cariño y el respeto que se han de profesar padres e hijos mutuamente. Pero heme aquí equivocado, confundido por unas tradiciones que nadie más allá de mi entorno podrá nunca comprender.

Pasé mi infancia en un pequeño pueblo, una pedanía de montaña en realidad, desolada y dejada de la mano de Dios. Mi familia formaba el único núcleo parental no ya de aquel terruño, sino de toda la comarca. En los sesenta y tres años que he vivido allí puedo contar con los dedos de la mano, y no es una exageración, las personas que han pasado por la región. Montañeros perdidos principalmente, a través de los cuales mi familia y yo sabíamos de los progresos que acontecían en el mundo, mientras nosotros, tal vez por voluntad propia, vivíamos en la oscuridad de la edad de piedra. La primera vez que vi luz eléctrica fue cuando aquel periodista me llevó en su coche a regañadientes hasta Pedregal. Aquel día por no saber adonde agarrarme me agarraba con una mano a la portezuela que tenía a mi lado y con otra al brazo de aquel hombre, que intentaba aferrarse al volante y librarse sin éxito de la fuerza de mi garra. Al final tuvo que frenar precipitadamente, parar y explicarme que me tranquilizara porque si no lo más probable era que ninguno de los dos sobreviviera a la aventura que estábamos a punto de emprender, una aventura que sería corta y exitosa para aquella sanguijuela, pero cuyos estragos y rigores yo tendré que sufrir de por vida.

viernes, 13 de marzo de 2009

Joaquin Ruyra 2009



Un conocido del Colectivo, Manel Guitart, ha ganado el premio Joaquin Ruyra 2009 de narrativa con la obra Les Orelles de l'Elefant. Más allá de los lazos personales, y de que la novela haya sido escrita en gran parte en la biblioteca de la Central, se hace necesario incluirla en este blog por su paralelismo con algunas de nuestras propias obras. Les Orelles de l'Elefant mezcla realidad y ficción, la autobiografia y la autoficción. Terenci Moix aparece como personaje. En palabras del autor:

"És de gènere dubtós, per dir-ho així, perquè no és la narració de ficció a la que estem acostumats, sinó que hi ha un intent de treballar deliberadament un material real, fruit de les meves experiències i elaborar-ho literàriament".

Si ello no fuera suficiente, qué me dicen de estas otras declaraciones:

"És la primera obra que intento publicar i me n'he sortit prou bé".

He believes

sábado, 7 de marzo de 2009

Sabiduría popular y castiza aplicada al barcelonismo

Estado del culé al mirar su portería:

Entre Pinto i Valdés(moro).

la liddell anda por barcelona

sábado, 28 de febrero de 2009

Congreso de primavera


lunes, 16 de febrero de 2009

Para relativizarlo todo un poco...

Ya sé que es el típico trampantojo, pero:
1) yo este no lo conocía...
y 2) una A y una B: a mí que no me den más pistas...


Y es que, aunque no lo parezca, el cuadrado A es exactamente del mismo color que el cuadro B.

Una M y una P.

jueves, 12 de febrero de 2009

Congriesta (salvando las distancias...) en NY

En la recepción, una mesa mostraba las acreditaciones del congreso. Tras pagar cinco dólares, el interesado recibía una sobria tarjeta con su nombre y el de su universidad dentro de una funda de plástico, y, adherido con una gota de silicona, un imperdible que serviría para que la acreditación permaneciera ensartada en su pecho al alcance de las miradas curiosas de los demás participantes. Tras conseguir así la patente de corso para moverse a su antojo en los paneles y los diferentes refrigerios a lo largo del día, nuestro protagonista se fue a su casa. Lo que hizo ese día no tiene ninguna relación con nuestra historia y por ello no tiene lugar en este relato.

Al día siguiente, tras una noche de buen dormir, nuestro protagonista se desayunó en una cafetería próxima al lugar del congreso. Hízolo así para no molestar al señor Yamabata, un asistente al congreso que había pasado la noche en el living de su casa, y que cuando nuestro protagonista salió a la calle aún dormía. Dejamos así al señor Yamabata, dormido sobre un colchón dispuesto directamente sobre el parqué (pero no por ello incómodo), bañado por la luz matinal que ya entraba por las grandes ventadas del living. Sin embargo, no lo olvidemos, pues más adelante tendrá un papel importante en este relato. O quizá mejor decirlo ya, porque luego quién sabe donde nos llevara el relato. En conclusión, el señor Yamabata, un joven tímido y cordial, resultó ser ultraconservador, cristiano practicante (misa tras noche de copas y bendición de mesa incluidas) y ex-miembro de un clan mafioso en Corea del Sur. Intentaba ahora infructuosamente que el gobierno de Corea del Norte le dejara visitar el país, lo que le negaban después que los servicios de inteligencia norcoreanos atendieran alguna de sus conferencias, donde destacaba la corrupción del régimen y la afición de su Líder por el coñac francés.

Mientras nuestro protagonista se tomaba un café con leche y un croisant, repasó sus notas, su peinado y su camisa, y tras pagar y dejar 25 centavos de propina, se encaminó a la universidad. Llegado allí, conoció a otra de las panelistas, una estudiante llamada Zhang, quien resultó ser extremadamente gentil y que le ofreció a nuestro protagonista valiosas informaciones relacionadas con su propio campo de estudio. Algunos asistentes al panel fueron llegando, y tras unos minutos, dio comienzo la sesión con la presentación de la señorita Zhang. Tras unos minutos durante los cuales la erudición de la señorita Zhang quedó menoscabada por su pobre dicción y falta de prosodia, llegó el turno de nuestro protagonista, que a su manera habitual, encandiló a los presentes con hermosas e intrigantes fotografías, con el tempo pausado, sereno y grave de su voz y alguna que otra metáfora arriesgada, en conclusión, con los fuegos artificiales propios de quien oculta su falta de conocimientos con arriesgadas piruetas circenses de peligrosidad innegable. Tras su presentación le tocó el turno a la señorita Ping, pero eso ya no nos interesa. Sigamos pues los pasos de nuestro protagonista, que ahora se encaminan de vuelta a la cafetería anteriormente citada, pero esta vez en compañía de una amistad, con la que comentarán su presentación, y el guión que ésta tiene que escribir para un rodaje próximo: una mujer está en su casa, y recibe una llamada de su padre. Aunque no lo oímos, entendemos que el padre la está advirtiendo de algún tipo de peligro. Ella lo tranquiliza y le miente, diciéndole que no está sola sino con su amiga X viendo la televisión. Tras esto, toma su bolso y sale a la calle. Este era el patrón del ejercicio de dirección al que la amistad de nuestro protagonista tenía que dar cuerpo.

Más tarde, nuestro protagonista volvió al congreso, donde los asistentes estaban probando los diferentes sandwiches que la organización había provisto como almuerzo. Recibió con agrado unos comentarios laudatorios de quien había dirigido el debate tras su presentación, y algunas recomendaciones futuras. Intercambió algunas palabras con colegas académicos, y se colocó estratégicamente para poder presentarse a la mujer más hermosa de la sala. Era el suyo uno de esos rostros que presentan ligeras trazas de sangre oriental, sin serlo. La tarjeta identificativa de la susodicha, a quien llamaremos Laura, confirmaba que al menos su padre parecía ser europeo o norteamericano. Quizá entonces los genes regresivos de su madre (¿japonesa, acaso?) había acentuado el perfil de los ojos, la redondez del rostro y la altura de los pómulos. Su serenidad mental-la de nuestro protagonista- agradeció que, como a menudo sucede, tal atractivo físico no fuera acompañado por una actitud generosa ni un carácter amistoso; de esta manera, a las cuatro palabras que intercambiaron no les siguió ningún pensamiento estratégico por parte de nuestro protagonista, quien pudo así concentrarse en elegir cuáles serían los paneles a los que asistiría después. Quizá impulsado por el escaso éxito de su aproximación, nuestro protagonista finalmente eligió el panel sobre planificación urbanística por encima del de Erótica y Sexualidad. Quizá cierto elitismo le llevó a evitar las masas que ya oía iban a llenar el panel más sensual. Acaso un atisbo de solidaridad gremial hizo que apoyara a los urbanistas, que aventuraba solitarios. O seguramente, su propia investigación parecía más propensa a beneficiarse de lo que los investigadores en ciudades le pudieran decir. En cualquier caso, nuestro protagonista escogió ese panel y allí se dirigió, a la sala 411. De nuevo les advierto que aunque esta elección parezca alejarnos del panel de Erótica y Sexualidad, no por ello lo borren de su memoria, porque más adelante los dos caminos se volverán a encontrar, como si, y perdonen la metáfora, los urbanistas le hubieran enseñado a nuestro protagonista a trazar unos caminos que se bifurcan y se encuentran a la vez.

Las presentaciones resultaron ser poco brillantes, y a nuestro protagonista se le fueron las ganas de oír más, con lo que se dirigió a su casa a descansar un poco y decidir si atendía la recepción. Lo que hizo acertando, esta vez sí, el desvío acertado, o sea, el que llevaba sin demorarse a la buena elección. El lugar era la biblioteca del departamento de Asia Oriental, una sala larga e imponente rodeada de diccionarios, periódicos y libros de referencia. Madera añeja en el mobiliario y las columnas, y techumbre sostenida por ligeras bóvedas blancas tapizadas de octógonos con flores de ocho pétalos en el centro. Como la spina de un circo romano, las largas mesas alcanzan hasta el final de la sala; las primeras estaban llenas de comida; las centrales vacías; la última, transversal, ocupada en su totalidad por bebidas, alcohólicas en su mayoría. En un nicho en el extremo derecho, un dj amenizaba la velada. Tras un inicio tranquilo, donde cenó con el señor Yamabata y el señor Nga, un académico filipino especialista en cine transexual y gangsters de barrio, nuestro protagonista fue acercándose más a lo que con los minutos se transformó en una auténtica pista de baile: las largas mesas de madera. Tras quitarle las pantallas a las lámparas, los organizadores del evento, a guisa de ejemplo, se subieron a las mesas, e invitaron a los demás, que en su mayoría pospusieron la oferta hasta después de la siguiente cerveza. Si hacemos un breve fastforward, veremos como nuestro protagonista se sube a un extremo de la mesa y se pone a bailar precisamente con las chicas del panel de Erótica y Sexualidad, que además de chicas de opiniones avanzadas resultaron ser bailarinas avezadas. En un momento dado, una de ellas intentó utilizar el pie de una lámpara, que no subía más allá de su tibia, como una barra como las que se encuentran en barras americanas y lugares de striptease, o sea, retorciéndose a su alrededor de manera sugerente. Como la pobre lamparita resultó obviamente insuficiente, le dio por utilizar a nuestro protagonista para tal menester, el cual, pese a no ser muy alto, resultó mucho mejor elección. Y así siguió la noche, con las escapadas de rigor a la oscuridad de las estantes donde se encuentran los estudios sobre la dinastía Song y los diccionarios de tibetano; con una caminata nocturna hacia Harlem durante la cual nuestro protagonista cargó sobre su hombro izquierdo una caja de 24 cervezas; con un grupo chisposo de gente en un piso pequeño pero acogedor donde se pudo fumar y hablar con tranquilidad y hacer lo que los académicos hacen mejor cuando se sueltan la careta: flirtear con todo lo que se mueva.

lunes, 9 de febrero de 2009

Autobombo en Bruselas


Bowler Stetson de toute la vie ........ 110 euros.
(Para la página del colectivo, excusez le borrosité de la photographie, prendu avec mon cellphone)

Kisses,

Anica Ratt

martes, 3 de febrero de 2009

Apunte mínimo

Como recordarán los ilustres autobombásticos, el escritor argentino Rodolfo Enrique Fogwill pasó a formar parte de la biblioteca del Colectivo desde el mismo instante en que publicó aquella novela tan borgesianamente anagramática titulada Help a él. Pues bien, queridos y queridas, el bueno de Fogwill sigue atesorando méritos para convertirse en nuestro bibliotecario más insigne, pues en una encuesta elaborada por el diario argentino La Nación para confeccionar la lista de los libros más importantes del año 2008, el gran Fogwill, el inconmensurable Rodolfo Enrique, en un gesto autobombástico por antonomasia que le honra y engrandece, incluyó su último libro de artículos, Los libros de la guerra, entre los más relevantes. Eso sí, tuvo la indecencia de situarlo en tercer lugar. Que el Dios del autobombismo le perdone.

M. P.

viernes, 30 de enero de 2009

La verdadera historia del Génesis Parnásico

-¿Pero qué pasa ahí? ¿A qué viene tanto revuelo?
- ¡Shhh! Van a dar la buenanueva, estese usted en silencio.

Se aproximaba la hora en que la pequeña Quilla cruza el oceánico cielo rasgando su oscuro manto y desnuda de tan impúdica manera al brillante Sargento que para todos reina en el cielo, asegurando la vida y el júbilo durante las horas que pasa esperando la vuelta nocturna de Eza Quilla, que cual Penélope, vuelve a tejer el tapiz que ocultará de nuevo a Pioje a los ojos de los siempre confundidos humanos.
Se aproximaba esa hora, y el Ogro retozaba como de costumbre en los lodazales del Parnaso, fecundando así, con las esporas adheridas a su verde y escamosa piel, la tierra que a los hombres nutre.
Y andaba también, a aquella hora que parecía no querer llegar, la tierna Enana cantando tan a viva voz, que con su aliento formaba una suave brisa que recogía y transportaba las semillas fecundadas por el Ogro y las depositaba en los lugares más propicios, cerca de arroyuelos y cosas por el estilo.
Podía verse también por esos lares, al concienzudo Burrot, que sin descanso avivaba cual si fueran ascuas los ánimos de los animales para que estos no quedaran parados, sin actividad alguna ni beneficio para la tierra que tiernamente los tenía encima de sí y los alimentaba con los frutos de nuestro amado Pere Rovira, quién los producía a borbotones, pues cada vez que hablaba salían de su boca pequeñas piezas de fruta que al crecer llegaban a alcanzar los dos metros de diámetro, con las cuales, como se ve, podía alimentarse sin problemas hasta el ogro más glotón. Aunque ya sabemos que el manjar más codiciado por éste son las tiernas Enanas, por lo cual, S.M.R. la Enana (sic) andaba muy a la greña con él, y se quejaba continuamente al Dr. Garpesiano, doctor, como sabemos, de filiación freudiana, que contínuamente le decía a la Enana que sufría de un complejo de Edipo a la inversa y que probara a ir siempre haciendo la vertical.
Marta Polbín no podía faltar a tan excelsa cita y paseábase por el Parnaso, como digo, a esa hora en que Pioje realiza su particular streaptease, vertiendo sobre la tierra una sutil aureola de belleza que todo lo cubría y a todos embelesaba llevándoles a realizar la cópula allí dónde se encontraran y con quien fuera o con lo que fuera. A Rotura, cuya más preciada ocupación era cuidar de las cositas pequeñas, le sorprendió este momento junto a una bella mariposa cuyas alas jamás se repondrán.
Anica Ratt y Zorra Alevín estaban juntas, no es necesario seguir, puesto que recordais que por allí pasó Polbín.
Pues justo en ese momento, como decía, con todas estas circunstancias sucediendo a la vez, pasó Zozobra provocando un corrimiento de tierras como jamás antes se había visto, y los muy azorados dioses, creyendo que ese era el fin, pusiéronse a beber como cosacos, olvidando sus dones a un lado y cayendo en el más profundo alelamiento, producido, sin duda, por los efectos de la cópula y el alcohol.
Fue entonces, que de la fracturada tierra emergió un nuevo dios, que viendo lo desastroso de la organización divina que allí reinaba y, no vamos a negarlo, con una buena dosis de pedanteria, soberbia y prepotencia, que acababa de recoger del paquete de dones abandonado por ahí por uno de los dioses, les destituyó de sus naturales quehaceres y les encomendó la tarea de, en adelante, ocuparse sólo de crear obras maestras.
Es fácil deducir, y no dudo que ustedes lo habrán hecho ya, que el nombre de este nuevo dios procede del estado en que se encontraban los otros cuando él apareció, hace hoy, 30 años.

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