jueves, 1 de diciembre de 2011

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max recibe un premio en un concurso literario por un relato. Su madre le ha hecho ponerse una americana negra y una pajarita y Max se siente como un pajarito vestido. Se sienta en una silla mientras el director del colegio explica porqué su relato merece ser publicado. Max entiende sólo en parte lo que dice el director y mira al público que sonríe feliz. Max sonríe, feliz. Después van a un restaurante francés a cenar y Max pide caracoles. Cuando se los traen no quiere defraudar a nadie así que abre bien la boca y está dispuesto a tragarse el primero cueste lo que cueste, pero con una cáscara tan grande, tal como él imaginaba, la pajarita no deja que pase. ¥ Max muere pensando en el argumento de su segundo relato.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

a veces no podemos evitar estar verdes para las emociones

me veràs puerta, luego excepto tù en la puerta

lunes, 28 de noviembre de 2011

no lo vi venir, creo que fue por aquì

sábado, 8 de octubre de 2011

En parte noche, en parte cadàveres exquisitos. No se apuestan palabras.

Remar remar long is the river luna madruga en pronto cielo octubre. Carne difìcil de ver flota deriva como madera arrancada por rayo. Agua calma transporta retales. Responsables miran a travès de juncos comodines, sapos y moscas hacen timbas. Todos los elementos respetan la noche y esperan con avidez. En un punto sol se cruza con principio dìa. Nadie apuesta palabras.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Publicación de Fricciones

No he podido/ querido esperar a que Marta Polbín lo colgara. Que lo haga yo no es menos autobombo, porque como dice el punto 4 del decálogo: "Muéstranos lo que tienes dentro, porque si yo lo hago yo digo que es bueno y si tú lo haces yo te apoyo en ello". Yo te apoyo, te digo que es bueno, y además, te leo durante los años, las correcciones, incluso a través de una mediocres traducciones al inglés que algún día valdrán su peso en oro...También os lo cuento porque, como alguien nota en los comentarios del enlace que sigue, se trata de una de las críticas más entusiastas, en su honestidad sorprendida, en su disfrute sin cuotas, que se haya escrito últimamente. Y porque nos llena de orgullo y satisfacción que finalmente se hayan publicado las Fricciones de la Polbina, para que así todo el mundo disfrute lo que hasta la fecha solo disfrutábamos sus allegados. Y que, como el crítico en cuestión, todo el país diga ahora, como tantas veces hicimos sus lectores: "Qué cabrón el Pablo Martín Sánchez".

Primera crítica de Fricciones



(PD. de Leli-editora: me voy a repasar todos los archivos de AB, no sea que nos caiga una demanda por algún texto publicado sin permiso de la editorial, ahoracaigojoer...)

domingo, 2 de octubre de 2011

El Sapo Treze, tercer doctor del Colectivo Autobombo

No estábamos muertos, estábamos agazapados.

Tan agazapados estábamos, que casi nos olvidamos de anunciar a bombo y autoplatillo que El Sapo Treze, desde el banquillo (de los acusados), ha recibido el título de doctor (y ya van tres en el Colectivo, si las cuentas no nos fallan).
El cum laude por unanimidad no fue sino el colofón a un veredicto anunciado.
Aunque el broche lo puso el presidente del tribunal al pronunciar la palabra "autobombo" en su discurso final (y Marta Polbín, que estaba allí, puede dar fe de ello).
Ahora solo hace falta que El Sapo Treze vuelva al redil y abandone de una vez por todas el banquillo de los acusados (en sentido ascendente, esperemos).
¡Felicidades y bombines nuevos!
Secretaría del CREA (Comité de Recuperación del Espíritu Autobombástico)

lunes, 1 de agosto de 2011

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max juega en el patio del colegio al arranca-cebollas con los demás niños. A Max le gusta ese juego porque no hay equipos, así que no le escogen el último. El pequeño Max no tiene muchos amigos porque a los otros niños les da asco y miedo pensar que en cualquier momento morirá. Le toca que tiren de él y ya hay varios niños desgajados de la fila dispuestos a hacer lo que a ellos les han hecho. El niño de atrás le agarra como una madre a quien quieren quitar a sus hijos mientras otro niño tira de él como un soldado sin escrúpulos y el dolor se hace en seguida insoportable. Max empieza a gritar, pero eso sólo incentiva la natural crueldad infantil, así que tras un chispeo en los ojos, el niño de atrás lo suelta, cosa que hace que que el pequeño Max salga disparado contra los sonrientes dientes del estirador, que se clavan en su occipital y hacen de su cabeza una manzana mordida cuyos jugos tiñen de carmín la cara del infame Caín-Adán.

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max corre hacia el huerto para recoger unos tomates y arrancar unas cebollas y una lechuga para la comida. Hay cuatro tomates grandes y muy maduros que huelen a azufre y a verde oscuro. Los pone en la cesta y mira las lechugas. Estan muy tersas, estirándose hacia el sol. El pequeño Max recoje la más tupida antes de que se espigue y la pone también en la cesta. Por último, salta el bancal para llegar hasta las cebollas. Max agarra fuerte el tallo de una de ellas y tira con fuerza. La tierra cede ante el ímpetu del niño, pero el impulso ha sido excesivo y Max cae de espaldas al tiempo que la hazada perfora su yugular como semilla plantada en su tierno cerebro. La sangre empapa la tierra, cada vez más roja, que la absorbe sedienta bajo el tórrido sol de mediodía.


viernes, 29 de julio de 2011

WG, Episodio 24, by Sr. Odiel Lego

Unos tacones de aguja vinieron a mi encuentro con un sonido inconfundible; un agudo seco, martilleante, inclemente. Nada que ver con un simple clak, sino más bien parecido a un tuk preciso y regular que se movía sin titubeos entre aquel simulacro de luz. No hace falta precisar de quién se trataba. Era ella.

Se acercó sin decir media palabra hasta que se detuvo justo frente a mí. Metió una mano entre las rejas, me agarró del pelo y sacó mi cabeza por un agujero en el que antes no había reparado. Tiró de dos abrazaderas y fijó mi cabeza allí, como si de una guillotina se tratara. Quise hablar, gritar, farfullar, algo; pero al parecer había perdido toda capacidad fonológica, porque solo conseguía emitir gruñidos y echar espuma por la boca. Valeria me ató una correa con una cadena al cuello y la dejó ahí, a la espera de siguientes acontecimientos. Se alejó un poco y respiré aliviado, pero entonces dio media vuelta y volvió a mí con la rapidez de un colibrí en celo para soltarme un sopapo limpio que rasgó el aire y pasó rozando mi mejilla como una fusta. El asombro hizo que casi resultara placentero, pese a lo que no pude reprimir una suave exclamación de dolor.

—¡Pero… Valeria! —dije después de expulsar de mi boca lo que me pareció un calcetín sudado por un corredor de fondo, dada la sensación amoniacal que acudía a mi garganta—. ¿Qué coño es esto?

—¡Chist, chist, chist, chist! ¡No! —ordenó como quien se dirige a un perro. Parece que ya estaba preparada para esa reacción, porque inmediatamente me pasó una correa por el cogote y fijó a mi boca una bola de látex exactamente igual que la que aparece en la escena de Pulp Fiction en la que inmovilizan al personaje de Bruce Willis—. Así está mejor.

—¡Agugúgugugú! —proferí disgustado.

—¡Silencio!

Se quedó frente a mí más de dos minutos sin decir ni hacer nada, hasta que, probablemente presa del aburrimiento, empezó a acariciarse las piernas y rasgarse las medias de una manera que se suponía deliberadamente sexy. Puso las manos bajo su falda y empezó a estirar de ella hacia arriba. Me gustaría decir que disfrutaba del espectáculo, pero no sería de todo cierto. Tal vez fuera porque más allá de aquella oscuridad verde no acertaba a distinguir más que una maraña de vello, hirsuto como el alambre, aunque esto solo lo constataría momentos después. Lo acercó a mi cara y lo puso justo delante de mi nariz. Aquello pinchaba tanto que pensé que me desangraría en cuestión de segundos. Rascaba más que un alambre espinoso, más que las mantas del tercio, más que un cepillo de carpintero. No obstante aunque esto pueda parecer lo peor, no lo era. Había algo más desagradable: el olor. De haber tenido una mofeta en su interior no creo que hubiera sido más apestoso. Me entraron ganas de vomitar, pero estaba claro que no debía tener nada en el estómago porque lo único que resbalaba por las comisuras de mis labios era saliva. Y tal vez aquella fuera su intención porque seguidamente me quitó la bola de la boca y me dijo:

—¡Chupa! —Pero yo no podría haberlo hecho, por más ganas que hubiera tenido. Si el olor y el tacto ya eran suficiente disuasorio, la perspectiva del pútrido gusto me hacía desfallecer al instante. Notaba que los ojos se me salían de las órbitas y la extenuación que se extendía por todo mi rostro. Supongo que mi aspecto debía ser lamentable, porque Valeria desistió enseguida de sus esfuerzos. Volvió a ponerme el bozal y me dio un cachete sin demasiada fuerza, con la mano fofa—. ¿Desobedeces? —dijo con una dulce voz, al tiempo que me desenganchaba el cuello de las trabas. Tras esto abrió la portezuela de la jaula y tiró de la cadena que me ligaba a ella—. ¡Fuera! —Obedecí, animado por la opresión de los correajes, pero algo me lo impedía. No había manera de moverse—. ¡Fuera! —repitió en el tono de quien pierde la paciencia.

—¡Go güego! —intenté decir.

La muy puta me había atado también los tobillos. ¿Cómo quería que me moviera si tenía trincas por todos lados? Estoy seguro de que debía ser digno de ver cómo me arrastraba como un lagarto. La maldita furcia del este estaría disfrutando de lo lindo. No veía el momento de desatarme y darle un buen par de hostias para que aprendiera a no jugar con la persona equivocada. Lo de la factura de la clínica ya me daba completamente igual, porque le daría una somanta de palos que no le quedarían ganas de abrir la boca ni para respirar.

—¡Fuera, te digo! —gritó tirando tan fuerte de la cadena que no me quedó más remedio que avanzar milímetro a milímetro, balanceando mi cuerpo de un lado a otro y arrastrando las rodillas por el suelo.

Nada más salir de aquella ergástula infinitesimal me propinó un latigazo con una fusta que parecía llevar envainada en un cinto. Aquello produjo un dolor acerado, leve, pero punzante, más molesto que realmente tormentoso. Lo cual no quiere decir que fuera tan placentero que estuviera relamiéndome de gusto. Grité como una perra.

—¡No grites! No me gustan los gritos. Cuanto más grites más te pegaré. Contente. ¿O no eres un caballero legionario?

No creía haberle hablado de la Legión a la señorita Valeria, pero en aquel momento no me detuve a pensar en ello. Creo que hasta a mí mismo se me había olvidado. No sabía ni tan siquiera si mi condición llegaba a la de hombre. Mi reacción fue la de apretar el culo y contener las emociones, arriesgándome a que se me saltaran las lágrimas, porque el siguiente golpe de fusta que me propinó escocía más que el primero. Si bien menos que el tercero. Pero, a decir verdad, la parte del cuerpo que más me dolía era el orgullo. No me refiero a los huevos, aunque a veces para un soldado puedan ser la misma cosa. Que me pegara una mujer no había entrado en mi imaginación hasta ese momento, ni en la peor de mis pesadillas. Resultaba torturante. No solo por la humillación que residía en ello, sino porque en cierto modo, y aunque me cueste mucho admitirlo, me excitaba. Me las pagaría caras, muy caras por eso. El problema es que empezaba a disfrutar demasiado de la tropelía y aquello me hacía dudar de todas mis convicciones. Pero no por mucho tiempo.

Volvió castigarme con la fusta en el trasero y esta vez el dolor fue mucho más agudo. Mientras todavía pensaba en cómo compensarla por los favores que me brindaba, me pasó una cuerda por el collarín, debidamente equipado con una argolla, y la introdujo por otra que al parecer tenía en la ligadura de las manos y tobillos. Hizo un par de diestros nudos para compensar mi peso y la deslizó por otro aro, hábilmente dispuesto en una de las múltiples vigas de madera que formaban un palio bajo el techo real de la sala. Tiró de la soga con una fuerza que me pareció sobrehumana, pues suspendía mi peso muerto en el aire como si tal cosa, y al hacerlo, descubrí los floridos músculos de los brazos de Valeria, unos perfectamente disimulados tríceps braquiales que se conjuntaban a la perfección con sus bíceps de levantadora de pesos, mucho mejor formados que los de mis más hormonados compañeros de tercio. Sin embargo, lo que realmente me excitó fue ver las brochas de sus axilas, una espesa cortina de vello rubio escondida entre las perfectas líneas equiláteras de su deltoides, que no tenían nada que envidiar a los brazos de la desembocadura del Nilo. Y si hablo de esto tendré que hacerlo del romboide que les daba acogida, tenso y agigantado por el esfuerzo realizado. Prácticamente se entreveía cada una de las fibras de esos músculos en torsión. Le daban un aspecto varonil y bruto, que nadie habría esperado en la bella y delicada Valeria de pechos de Fantasía y piernas como pistas de aterrizaje.

Al elevarme a pulso vi con horror cómo el espacio que tenía a mi alrededor comenzaba a cobrar vida y las sombras informes que apenas vislumbraba hasta entonces se convertían en un sofisticado conjunto de instrumentos de tortura. Por algún trampantojo de la luz, la cámara tenía más visibilidad desde el techo que desde el propio suelo, aunque también es cierto que en la posición anterior apenas disponía de campo visual. Ahora tenía ante mí varios postes de madera entre los que alguien había diseñado ingeniosamente una tela de araña de cuerdas recias y firmes, perfecta para atrapar a moscardones incautos, pensé con desdicha. A mi derecha había colocados otros dos postes en forma de aspa, tal vez para representar vívidamente el sotuer de la Legión que lucía en mi brazo derecho. «¿¡Qué me aspen!?», recordé de inmediato. No tenía ningunas ganas de ser yo quien pusiera en práctica aquella expresión en desuso que me recordaba a los cómics que leía de pequeño. A mi izquierda, dispuestos como en el taller de un carpintero, tenían un colgador del que pendían diferentes útiles de laceración y ligaduras: sogas de diferentes materiales, cadenas y argollas de varios tipos, largos y grosores, presillas, arneses, cuerdas, cordinos, cintas y mosquetones como para ascender el Aconcagua en escalada libre, una barra de acero que daba miedo con solo mirarla, e incluso un par de neumáticos que me hicieron preguntar por el tipo de perversión para el que estarían ideados. Tal vez lo más inquietante fuera la fotografía digna del calendario Pirelli que colgaba de la pared sobre tales instrumentos: un sacrílego retrato en claroscuro a tres cuartos de una Piedad con el torso desnudo y las manos cruzadas sobre el regazo. No sabía si estaba en un taller mecánico o en la antesala del infierno. Debajo, a mis pies, un nada invitador potro como de gimnasia deportiva, pero sin el preceptivo acolchado, parecía querer darme la bienvenida.

miércoles, 27 de julio de 2011

algunas de las últimas tantáticas

LIII


Dos minerales, la columbita y la tantalita (un compuesto de óxido de tántalo, hierro y manganeso), prestan cada uno una sílaba para formar una mezcla de color negro mate, el tan codiciado coltán. Abandonada la col, el tantalio (Ta) se convierte en los condensadores, cada vez más pequeños, eficientes y superconductores, de móviles, cámaras y ordenadores.


Así, aparece hoy una nueva laguna infernal en el lago Kivu, entre Congo y Ruanda, donde los habitantes de sus riberas penan entre la guerra y el expolio de sus masivas reservas de coltán, manzanas inalcanzables que otros apartan de estos tántalos modernos.


LVII


La epidemia se extendió quedamente. Más tarde, demasiado, recordábamos sus síntomas iniciales: el que se encerró por desamor, una crisis personal o la simple locura; quienes descuidamos, u olvidamos, a conocidos desaparecidos bajo el ruido ensordecedor de la hiperconectividad. Cuando la mayoría ya había perdido irremisiblemente el contacto con amigos y familiares, pues nadie respondía a llamadas ni correos, pocos tuvieron el coraje y la dignidad de rebuscar en cajones y remitentes de otra era, dar con direcciones que sabían aproximadas, y con pasos vacilantes, aventurarse hasta una puerta, llamar, y esperar un rostro, una voz, y sus peligros.


LXII


Este es el ritmo de mi vida, el del constante ir y venir de la plancha por las solapas, las perneras, incluso por los humildes calcetines. La cadencia que empieza de nuevo cuando la ropa regresa al cesto hecha un higo, la llamada a devolver orden y pulcritud, a remedar la entropía crepitante de este mundo que todo lo arruga. Tan solo el metal constante, la quilla ardiente que deja a su paso una estela de mares calmos, y yo, oteando el horizonte, al acecho de la más ínfima cresta de ola que delate el empuje del pliegue rebelde.

sábado, 16 de julio de 2011

en otra parte...

valioso

jueves, 30 de junio de 2011

Святой Петербург2011 - Mockbá2011



En el techo luces rojas preparando un despegue que no llega y que la noche prometiò. Un poco màs arriba, en el cielo, la luz hace bellos discursos que apenas dejan hablar a una noche de no màs de tres horas.

La ciudad 2011 deja destrucciòn junio cùpula dorada para los ùltimos dìas. Oro que se ve desde cualquier punto brilla incluso en los dìas nubes que se derriten sobre dìas que son estatuas grises. Bajo manto marmòreo de Isaac mujeres de pañuelo cabeza y estambre arrugas rostro afinan lustre vacinas de metal alumbradas por finos tallos cèreos del rito. En este lugar las mujeres no cesan de buscar al hombre por canales hùmedos y puentes bajos. Hoy ya no hay màs victorias la lucha es blanda entre feroces y entre gestos blancos desaparece el rastro muchedumbre. En las hembras arden lentos los ojos como carbones y se consume la pasiòn en sus pieles nìveas mientras sus caderas zozobran a ritmo de mar, diminuto oleaje, vaivèn.

Paseos tiendas mutiladas de règimen extinto pseudo ancestral y hacer todo lo que se hace satisfacer a toda costa de muecas pesar la temperatura invencible tupida yema de plàcido delirio templado insomnio de estos dìas que no hacen noche en este lugar.

Lìnea negra de rimel y negro postizo pestaña, fina negrura marcada sobre verde maquillaje plateado pàrpado y talco sonrojo blanco encima de ya blancas mejillas. Especie de Venecia desinfectada cobijo de mafia una mayorìa inquietantemente normal y rutinaria. Sòlo mujeres, ritos ortodoxos y cùpulas doradas salvando la ciudad y salvaje era consume hombres rompiendo aire luminoso y gris con quilla de normalidad insìpida, sin olor, albina y apunte de ser agua...apenas sì el mar en la orilla hasta estar dentro de èl, espalda brutal y muda, marea musculada gris y acerada.

Una mujer besa a un hombre dentro de un grupo de soldados...todos se vuelven de bronce...con su rango de hombres y sus labios de mujer. El instante se hizo de quietud como antes del suceso.

Un hombre, sentado en el suelo, descansa muerto su cabeza apoyada en la vagina de una mujer de piedra...otra mujer entrega un fusil a un hombre...sin techo duermen ahora con sol alquitranado, madre patria arroja al hijo contra pàjaros de paz...muchas armas para la gloria del pueblo y màrmol en el subterràneo...los vivos que extraviamos en las tripas del tiempo, las familias atrapadas en el bronce de las estatuas con suerte de perro incluso...

Ahora las jòvenes policìas recaudadoras de impuestos emborrachàndose con champàn barato rubias, pelirrojas, morenas bebiendo a morro introducièndose un poco el cuello de la botella...de fondo la pista artificial de salto de esquì olìmpico ensartada de verano y orgullo militar.

Se perderàn los recuerdos con los objetos, premiaremos la memoria con servicio y valentìa.

Mujer sujeta riendas de caballo bronce encabritado gana guerras, muere historia con galeria rosas y cortinas hotel cierran a los ojos lo que la ciudad lugar podrìa ser o que fue. No lo sè. Transiberiano cubre de àrboles la distancia.

miércoles, 29 de junio de 2011

WG, Episodio 23, by Sr Odiel Lego

Casi se me había pasado la borrachera para cuando volvimos a la barra. Aunque por la matraca que le daba el doctor a Hans-Georg y cómo este le seguía el juego, cualquiera diría que no me había movido del sitio. La parrafada incongruente seguía su curso. Hans descansaba sobre el regazo de Hoffmann y no se había dado cuenta de que Valeria volvía a estar entre nosotros.

—Lo que realmente me interesa es que diga usted la verdad, doctor. ¿Dice la verdad, o no? Dígamelo, no es una pregunta tan complicada —dijo Hans, haciéndose la muerta en cuanto descubrió a la enfermera tras de sí.

—No me diga que ahora también habla usted solo, doctor. Y jugando con la peluche. ¿Pero no está usted un poco mayor para esa? —dijo prorrumpiendo en una carcajada que intentó serenar sin éxito—. Perdón, doctor. Creo que he bebido demasiado.

Me apresuré a devolver el recto de Hans-Georg a mi puño y darle su apariencia adecuada de muñeco de ventrílocuo.

—Responda, doctor —dije imitando la voz de Hans-Georg mientras miraba a Valeria con mi sonrisa de gato de Chesire.

—Mire, señor Georg. A mí me importaba muy poco quien regentara el trono de España. Que sepa que mis simpatías estuvieron siempre con la República, aunque sabía que aquello duraría menos que un phoskitos pisoteado a la puerta de un colegio…

—¿Con la República? —repliqué instintivamente—. ¿Pero sabe usted lo que dice, acaso? Si no tenían ni idea. Estaba claro que romperían el país. Mire en lo que acabó, mire.

—La sociedad no estaba preparada para eso. Con decirle que acabó aprobándose con minoría de republicanos en las cortes. Su país estaba lleno de analfabetos, Odiel. Analfabetos. Pero si a mí me importaba poco el trono, menos le importaba eso a Otto, que estaba empeñado en provocar una guerra con los franceses.

—¿Y para qué, si acababan de salir de otra? ¿Tanta sed de sangre tenía? —preguntó Hans-Georg, entusiasmado ahora con el discurso.

—¿Sed de sangre? A ese le daba lo mismo sangre, sudor, que lágrimas. Era un megalómano, como todos, un maldito megalómano. Pero le estoy agradecido, porque gracias a todos sus planes estrafalarios al menos me libré de una buena guerra, y no de las menores. Lo que él quería era unir a todos los estados prusianos, esa era su máxima obsesión. Esa, y librarse de mí por todos los medios, claro. Pero creo que he sido un hueso digno y duro de roer para él. Más de una vez me lo dijo. Al final diría que incluso volvió a tomarme aprecio. Y yo a él, ni que decir tiene. El día de su funeral lloré como una cebollera empachada de propanopial. Ha sido el más grande de todos los cancilleres. Nadie lo puede negar. Siempre con segundas intenciones, sí. Pero, ¿qué gran regente no las tiene? —dijo inclinando su bigotito como para convencer a la concurrencia.

Nos quedamos todos ensimismados, preguntándonos por todo lo habido y por haber en la historia universal, las grandes gestas pasadas, los infortunios que depararía el devenir. Hans-Georg se rasgaba el pelaje bajo la mandíbula con gesto de plena concentración. Valeria paseaba su mirada del supuesto muñeco hacia mí alternamente, con cara de devota piadosa en presencia de un milagro.

—¿No ha escrito usted ningún libro, sus memorias, o algo así? —preguntó volviéndose hacia el doctor.

—No. Ni pienso hacerlo. No tendría tiempo suficiente.

—Pues debería —contribuyó Hans-Georg—. El suyo es un punto de vista inigualable, una trayectoria así ha de ser aprovechada, por más que todas sus ideas sean subjetivas. No hay nadie que cuente con una perspectiva como la suya, capaz de hacer entender al resto los acontecimientos del pasado con una visión prácticamente de futuro, global, única, inconfundible. ¿Está usted familiarizado con la noción de eficacia histórica?

—Eficacia histórica: Otto Von Bismarck en estado puro. Eso si que era eficacia histórica y no los mequetrefes que se encuentra uno por aquí desde que se nos fue —dijo entristeciendo repentinamente.

—Creo que Hans se refiere a la necesidad que tenemos el resto de nosotros de mirar todo aquello con cierta distancia y a la vez ponernos en situación histórica —dije recobrando la compostura al recordar una de las lecciones maestras del profesor Herrera Altamirano en la Universidad de Melilla—. En tanto que usted tiene el punto de vista verdadero, no necesita que le cuenten lo sucedido porque lo vivió de primera mano. No sé si me explico.

No tenía ni idea de lo que yo mismo estaba hablando. Era como tirar de una cuerda que sale de la nada cuyo extremo permanece oculto. No obstante mis arcanas palabras no quedaron sin efecto en el amigo Hans-Georg, que parecía saber exactamente a lo que yo me refería.

—Exacto, doctor. ¿Qué me importa a mí cómo conciba la gente la historia, qué me importa lo que interpreten, si la tengo aquí delante de mis propios ojos? Si es que debo creer lo que dice, claro está. Yo diría que es usted hombre de palabra. ¿Lo es? —preguntó sin dar tiempo a una respuesta—. Usted nos puede contar la historia jamás contada. Usted sí tiene conciencia histórica. ¿No es cierto?

—Supongo que sí —respondió el doctor un tanto atribulado.

—Pero también narra sus peripecias con un tono exaltado y afectado por sus propios recuerdos y sentimientos y lo hace muy difícil de interpretar. Procure ser un poco más exacto, doctor. Intente evitar el sentimentalismo. Sea objetivo.

—¿Qué sea objetivo? —dijo el doctor arrastrando las sílabas y levantándose de la silla de repente—. No digo más que la verdad. ¿A quién creerá usted entonces, a los que escriben los libros? Ni hablar. Esto es una infamia, calumnia ignominiosa, vilipendio. ¡Yo estuve allí! ¡Yo fui el artífice! Eso nadie podrá quitármelo jamás. ¿Cómo se atreve a decir que miento?

—Una rata de tranquilidad, señores —dijo Valeria.

Se hizo un silencio en el que los otros tres nos quedamos mirándonos. Aunque aquello no pudiera estar más lejos de la intención de la enfermera, no tuvimos más remedio que romper a reír, con lo que, finalmente, consiguió su objetivo de calmar los caldeados ánimos. A medida que se renovaba la conversación, me parecía entender más de lo que hablaban, como si se encendiera algún pistón de mi memoria. No obstante, no quería ponerme a pensar en ello, pues estaba en un estado nefasto para deambular. Lo más probable era que me atropellaran en cuanto saliera del local. Así que interrumpía la conversación con cuanto se me ocurría, o intentaba dejar la mente en blanco y no pensar en nada, aunque me resultara imposible. Gracias a la fortuna, algo haría que todos mis esfuerzos fueran vanos.

—No era eso lo que quería decir, doctor. Ya le he dicho que le consideraba un hombre de palabra. Es el lenguaje el que miente por usted, aunque lo que narre sea una verdad absoluta. Me refiero a que depende de cómo usted me lo cuente yo lo entenderé de determinada manera, ¿me sigue?

—Pues no, hijo. La verdad es que no lo sigo.

—Simplemente, que no podemos separar lo que se dice de la persona que lo dice. El Dasein…

En efecto. Era mi turno para quedarme dormido. Caí como un toro derribado en la plaza, primero las rodillas y luego el resto del cuerpo. Lo siguiente que recuerdo, parece sacado de un guión de película barata de Roger Corman, o más bien de su discípulo, Jessie Franco, y aunque los relatos de ambos fueran dignos de carcajadas histriónicas, vivir la esencia de la caspa en las propias carnes no es algo que produzca una sensación poco escamosa, además de espeluznante. Antes incluso de abrir los ojos, noté que tenía los huesos entumecidos y casi todo el cuerpo dolorido, como si me hubieran dado una paliza. No sé dónde esperaba encontrarme, porque en ese momento no recordaba nada de mis recientes aventuras, ni del doctor, ni de Valeria ni de Hans-Georg. Supongo que, como cualquiera que despierta de un sueño profundo, no podía imaginarme más que en una cama familiar, de modo que opté por pensar que despertaba en la cama individual de la habitación que ocupé desde niño en casa de mis padres. Estaba ya a punto de pedirle el desayuno a gritos a mamá cuando me percaté de mi inusual posición. Me encontraba de rodillas en una postura que por raro que parezca no era del todo incómoda. Se trataba de la Sasangasana, más conocida como la postura del conejo: de rodillas, con las nalgas sentadas sobre los talones, el torso estirado, la cabeza apoyada contra el suelo y los brazos hacia atrás, tocándome los tobillos. Inspiré profundamente y sentí cómo se fortalecía mi estómago y eliminaba todos los problemas del intestino. Al abrir los ojos me encontré en una habitación desconocida con luz tenue, roja, para ser más exactos. No, la memoria me engaña, es cierto que cualquiera pensaría que había de ser roja y yo mismo he caído en la trampa de recordarlo de tal modo. Pues no. Era verde. No un verde como el de las lámparas de biblioteca, que al final acaban dando un tono cálido, agradable y luminoso sin ser refulgente, sino un verde desvaído y mustio en el que veía menos que un muerto bocabajo en un día de apagón general. No obstante, al cabo de unos minutos acabé por acostumbrarme a él, y descubrí en mis sentidos unas hasta ahora ignotas capacidades felinas. En realidad tampoco es que hubiera demasiado que ver. Al intentar levantarme me di un golpe en la base del colodrillo que me disuadió de nuevos intentos. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía las manos ligadas y no podía cambiar de posición por más ganas de practicar yoga que tuviera. Resignado, apoyé la barbilla en el suelo para hacerme una idea de mi inesperada morada. Me encontraba en lo que parecía una jaula para animales, con barrotes inamovibles, firmes como las palabras de un político conservador de otros tiempos o los incipientes pechos de una muchacha de catorce años. En la pared frente a mí acerté a ver una serie de barras espalderas de gimnasio para hacer dominadas y flexiones. A mi derecha distinguí un extraño banco de trabajo con un torno gigantesco. Al parecer aquello excitó las conexiones sinápticas de mis neuronas que, una vez sensibilizadas, pusieron en funcionamiento mi memoria a corto plazo y me informaron de los eventos acaecidos en mi historia más reciente. Por curioso que parezca lo que más me preocupó en aquel momento no fue lo feo de mi situación. Lo que más me inquietaba era no saber dónde estaba mi maleta ni en qué punto la había perdido. Tal vez esta preocupación estuviera motivada por el hecho de encontrarme completamente desnudo, pero por añadidura, me daba la sensación de que tenía algo en ella de una importancia vital. Si se trataba del cepillo de dientes o la loción de afeitar era algo que escapaba completamente a mi ominosa capacidad de deducción.

lunes, 27 de junio de 2011

WG, Episodio 22


Antes de llegar a la ciudad ya me advirtieron de que no levantara el brazo demasiado cuando llamara a un taxi, y que jamás mencionara mis simpatías hacia los valores que con tanta alegría se promulgaban en mi tercio y a los cuales ahora creo que me acogía más por sentido de camaradería que por creencia verdadera, pero lo cierto es que siempre me sentí cómodo respecto a esas proclamas. No es que me parecieran justas, porque eso no entraba en mis planteamientos en aquellos días, más bien las veía verdaderas. Una vez en la universidad tuve que refrendarme de aquel ideario y en algún punto llegué a renegar de todo ello, empujado por las invectivas del profesorado y la violencia de las disputas entre alumnos, de las que siempre salía escaldado. No obstante, no sé por qué razón, parecía que algo había calado en mi interior, o tal vez simplemente no se pueda escapar tan fácil al pasado como yo pensaba. Fuera como fuese, lo cierto es que en ocasiones seguía sorprendiéndome a mí mismo con unas ideas que a todos parecían abyectas, y a las cuales daban una importancia que yo no llegaba a comprender. Me seguía impresionando la fuerza del personaje y no, no renegaba de él en absoluto, sino que le profesaba una sincera admiración. Para mí era tan grande como Napoleón, tan grande como Bismarck, tan grande como Carlomagno, o su tocayo Alejandro, como Julio César, como Atila, como Felipe II o Enrique VIII. No entendía qué tenía de malo admirar a un hombre que sabía dirigir el destino de una nación y engrandecerla con su propia figura. ¿Había algo oculto y despreciable en las biografías de grandes hombres que decoraban mi habitación de niño? No obstante, esos diversos palos que había recibido me guardaban muy bien de darlo a conocer. Mis ideas eran peregrinas, de eso era consciente, y tampoco creía preciso hacer gala de una fortaleza de personalidad que a todas luces parecía no detentar.

Mientras me dedicaba a estos pensamientos sonó una campana en el interior de la barra. Billy la tañó durante al menos dos agonizantes minutos, hasta que los clientes del bar empezaron a murmurar de nuevo y la tensión se rompió como el alma de una cuerda de guitarra afinada en una tonalidad demasiado aguda.

—¿Quién ha dicho la palabra mágica? —preguntó Billy con sorna.

El doctor señaló hacia mí con su bigotito inquisitivo y me vi obligado a responder.

—Yo mismo.

—¡Cóctel del día gratis para el osado caballero! —dijo imitando el palique de un locutor de tómbola—. Y esto para su amigo —añadió mirando a Hans y sirviendo lo que acababa de preparar en la coctelera.

—Para mi amiga —consiguió corregirlo un ofendido Hans-Georg a duras penas por la borrachera.

—¡No pierde usted el cuento! —dijo Valeria incomprensiblemente y claramente admirada por lo que creía una exhibición de mi temple—. Pero ahora, ¿quién se beberá toda esta? Yo no puedo más.

Acalorado y aturdido como estaba por lo que mi experiencia me dictaba que sería un linchamiento general, me bebí de un trago la copa que me sirvió Billy. El infausto líquido bajó como si mi esófago fuera un tobogán encerado, pero al llegar al estómago decidió que aquel no era un digno alojamiento y trepó de nuevo por el tubo con intención de alcanzar mi faringe. Conseguí frenar su avanzada cuando llegó a la altura de la sexta vértebra cervical y tragué saliva con inquietud, apretando la lengua contra el paladar y haciendo intentos por encoger la campanilla para que volviera a su lugar de residencia, a cuya entrada decidió esperar por un tiempo.

—Pero bebe, mujer, bebe. No seas tímida. Es un cóctel excelente —decía Hans-Georg al pecho izquierdo de Valeria—. Toma —continuó al tiempo que arrimaba la copa a lo que él reconocía como la boca de su amiga.

Valeria parecía encantada con mi broma y no paraba de reír, aunque yo no pudiera pronunciar palabra en mis intentos de controlar los esfínteres.

—Oiga, ¿cuál es el cóctel del día? —oí que preguntaba una voz a la derecha del doctor.

—Sewer Rat, caballero.

La reacción fue instantánea, y en cadena. No es algo de lo que enorgullecerse, pero a la vista de los acontecimientos que estaban por desarrollarse, supongo que aquel puede considerarse como un coup de maître, si se me permite la expresión. Mientras Hans-Georg vaciaba el contenido de la copa entre los pechos de Valeria, las compuertas de mi garganta, activadas por una campanilla incapaz de obviar por más tiempo las mefíticas sensaciones por las que estaba pasando, se abrieron de par en par y dieron paso a un torrente de vodka, kahlúa, naranja y melocotón que bañó la ya estupefacta cara de Valeria y fue a depositarse entre las piernas del doctor. Este se levantó con solemnidignidad, se dirigió hacia mí y me cruzó la cara sin pensárselo. Valeria gritó «Gówno!», me miró con ojos incrédulos y me agarró de la oreja con una mano. Con la otra desencajó el recto de Hans-Georg de mi puño, lo sostuvo en alto durante un instante de agonía y lo estampó contra la barra. Hecho esto, me obligó a levantarme con ojos que irradiaban cólera y me condujo camino de los servicios. Tuve tiempo de ver con el rabillo del ojo cómo mi compañero de infortunios daba un paso en falso para abalanzarse sobre sus pechos. «¿Dónde vas, preciosa? Si acaba de empezar la fiesta», pareció decir. No obstante, el doctor lo agarró por la cola y lo obligó a lamer el vómito que quedaba sobre su regazo, algo que Hans, dado que no se enteraba de nada, hizo con placer, pensando que yacía en brazos de su amada imaginaria.

Valeria no dijo una palabra hasta llegar al interior del baño de señoras.

—¡Fuera! —exclamó con una potente voz que practicó un cardado ochentero en las mujeres que se retocaban frente al espejo. Al ver que habían quedado paralizadas del miedo, añadió en tono más conciliador—: Necesito hablar con mi amigo.

Las mujeres hicieron gala de la tan conocida solidaridad femenina y marcharon en silencio, con la cabeza gacha y sus electrizados penachos. Valeria me empujó contra la pared con una fuerza brutal que no parecía adecuada para una mujer de apariencia tan refinada.

—Perdón —acerté a decir, todavía aguantando los accesos de bilis.

—¡Cállate! Se acabaron las tonterías. —La mujer comenzó a desnudarse, demorándose especialmente en las pistas de aterrizaje de sus piernas, me tomó por los hombros, me acercó a sí y me retuvo entre sus picudos pechos—. ¡Chupa!

Me vi obligado, no sin plena repugnancia, a hacer lo que me pedía, de modo que en cuestión de centésimas de segundos el aspersor de mi esófago volvió a ponerse en movimiento sin nada que pudiera contenerlo. Para mi estupor, la enfermera parecía disfrutar con la ordalía, llegando incluso a abrir la boca y relamerse de gusto. Cuando ya no me quedó nada en el interior, con las comisuras chorreando de sustancia biliar, me pidió que la besara con locura. Yo no podía imaginar nada más trastornado que contagiarla de ictericia, de modo que me acerqué a sus labios con ese pensamiento en la cabeza. Luego aprendería, gracias al doctor, que el contacto con la bilis no produce esa enfermedad, que ni tan siquiera es contagiosa, si bien corría el riesgo de infestarla de hepatitis, una afección que en su segunda fase sí contiene la dolencia antes citada, que no es otra cosa que un aumento de la bilirrubina, algo que por otra parte es improbable que la sangre de esa mujer pudiera contener en dosis más altas.

—¿A dónde vas? —dijo al ver que intentaba escabullirme.

—No puedo, no puedo más —repuse perdiendo el resuello.

—¿Pero es que no te gusto?

—No, sí, es que…

—Si no te gusto, te aguantas —me sorprendió diciendo—. ¿Recuerdas la factura? Yo sí. ¿No la recuerdas? Pues apechuga —dijo apretándome de nuevo contra sí.

Y apechugué. No es que me quedara otra opción, pero lo cierto es que aquello que al principio parecía totalmente aberrante acabó por gustarme bastante. Me metió en uno de los excusados y cerró la puerta tras de sí. Inmediatamente después me bajó los pantalones y comenzó a acariciarme un miembro que, curiosamente, estaba mucho más duro de lo que yo imaginaba. Nunca vi a alguien meterse veintidós centímetros de largo y doce de perímetro con tal rapidez y destreza. ¿Sería posible que se hubiera operado de la campanilla? En seguida me di cuenta de que no, porque empezó a segregar una saliva viscosa, espesa y abundante que me cubrió el pene con una capa de lubricante natural de excelente calidad. La sensación era prácticamente etérea. Apenas había fricción. Mi polla salía y entraba de su boca con la rapidez del rayo, prácticamente sin tocar las paredes, solo lo justo para recibir una sensación fría en la piel del glande, que bajaba y subía libremente, como las velas de un barco cuyo capitán intentara procurarse músculos dignos de los estibadores del puerto. De seguir así la fiesta, no tardaría mucho en restregarla con mi frenesí. De repente me agarró las pelotas con las dos manos y me puse blanco. Tenía tal cara de furia que pensé que me los arrancaría de cuajo. Sin embargo empezó a masajearlos con pericia y la sensación era cualquier cosa menos desagradable. Los soltó un momento para pasar su suntuosa lengua por ellos y cubrirlos con esa espesa secreción que salía directamente de su esófago. Entonces volvió a cogerlos por la base con una sola mano, ayudándose de mi verga para hacer presión y se la metió nuevamente hasta lo más profundo. Me quedé anonadado y también acojonado, sobre todo por no saber a dónde llevaría aquello y por sentir unos escalofríos que me llenaban de dudas respecto a Valeria. Estaba claro que la había subestimado. Notaba una presión en la zona del perineo que mandaba hormigueos por toda mi espina dorsal. Intentaba concentrarlos punto a punto, como si de reiki se tratara, para así aprovechar todo el poder que emanaban los impulsos. Sentía contracciones, algo así como un torrente de esperma formándose en la base de mis pelotas. Entonces vino lo mejor. Se sacó la punta del cipote de la boca, dejándola desnuda, a expensas de la corriente de aire frío que se colaba tras la puerta, y empezó a darle pequeños mordiscos. Al principio resultaron un tanto dolorosos, pero luego se revelaron como fuentes de un placer jamás antes alcanzado. Lo dejó allí a su libre albedrío, se metió uno de los huevos en la boca y succionó como quien chupa de una pipa de agua enorme. La sensación era por completo inusitada, parecía una operación destinada a la creación de semen, porque creía tener los huevos llenitos, a punto de explotar, listos para liberar toda su carga. Sacó este y se metió el otro. Y luego, los dos juntos. Pero había más sorpresas. Cuando pensaba que no podría alcanzar cotas de delectación mayores y que Valeria volvía a la carga para chuparme la polla, dejó resbalar la mano hasta atrás, acarició mi perineo y metió dos dedos en mi ano que me dejaron temblando de goce. Aquello era escalofriante, simplemente genial. Penetró con el anular y el índice hasta que sentí los nudillos de los otros dedos golpeando contra el hueso. Los hacía entrar una y otra vez con facilidad, con la sencilla ayuda de su prodigiosa saliva. Creía que moriría de la excitación. Nunca sentí nada igual antes y creía que allí me quedaría, que tampoco después volvería a sentir nada como eso. Sin embargo Valeria no se hacía cargo de mi estado. Volvió a meterse el rabo en la cavidad oral y lo restregó contra los carrillos, rodeándolo con la lengua arriba y abajo, poniendo especial interés en el prepucio descorrido que dejaba el glande expuesto a sus caprichos. No aguanté mucho más tiempo. Aquello era demasiado. Intentaba controlar la onda que se expandía desde mi perineo, pero no había forma de detenerla. Su fuerza era mucho mayor que la mía. Tiraba tanto de la corriente para retardarla y quedarme eternamente con esa sensación, que cuando llegó con toda su fuerza el primer disparo sonó con un golpe sordo: «¡Zut!». La densa y concentrada secreción cubrió su cara como un espeso velo, acoplándose a su rostro como una masa de pizza fresca. Después llegaron los afluentes menores de la primera descarga : uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis , siete ocho, nueve, diez, once, hasta doce eyecciones me pareció contar. La cara de Valeria era un pastel de crema chorreante, pero sus ojos denotaban una satisfacción casi tan plena como la mía. Restregó mi polla contra su cara y se embebió de ella, relamiéndose de un lado al otro de la boca, hasta sacar la última gota de semen de ella. Entonces me miró con cara inocente y dijo: «¿Te importaría pasarme la papel?».

sábado, 21 de mayo de 2011

Plagiarios por anticipación

Y escribe Neruda en Confieso que he bebido (título que repugnaba a Belano, si mal no recuerdo):

«En los últimos años la novela tomó una nueva dimensión en nuestros países. Los nombres de García Márquez, Juan Rulfo, Vargas Llosa, Sábato, Cortázar, Carlos Fuentes, el chileno Donoso, se oyen y se leen en todas partes. A algunos de ellos los bautizaron con el nombre de boom. Es corriente también oír decir que ellos forman un grupo de autobombo».

Bien, es bueno saber que no somos los primeros. Menuda responsabilidad, si no.

Tras lo cual se me ocurre que en la próxima asamblea general podríamos debatir sobre el concepto de "autoboombo". Quizá haya llegado el momento de dar el salto.

Marta Polbín, cofundadora.

miércoles, 18 de mayo de 2011

WG, Episodio 21, por El Ogro del Sí

—Disculpe la molestia, señorita. A veces me dan ataques de rabia —dijo Hans-Georg con una sonrisa irónica, no tan forzada como la mía, que dada mi necesidad de fingir ventriloquia, parecía un rictus de puro estado catatónico.

—Negativo —contestó el doctor. Pero luego, dándose cuenta de su error, obvió lo que le parecía pura incongruencia y siguió contando su historia—. Ciento noventa y ocho años, sí señor. No sé cómo lo habrá usted acertado, si por chiripa o clarividencia, pero le diré una cosa, cada vez me sorprenden más sus virtudes —añadió mirando a Valeria como si dijera algo desternillante—. Le hablaré, señor Odiel, de mis razones para odiar las armas y el ejército. Ciento noventa y ocho años dan para mucha historia.

Y tanta. Sería enojoso y resultaría del todo innecesario reflejar el interminable parlamento del doctor, además de que no podría referirlo por una sencilla razón de espacio y aguante, sin contar con que mi memoria, si bien prodigiosa, tiene ciertos límites, y mi imaginación, unos contornos más definidos de lo que me agradaría confesar en este ejercicio de sinceridad. Tendría que recorrer un páramo infinito, deambular por el desierto del Sahara desde Marruecos hasta Sudán, para dar cabida a esos pensamientos que permitieran rememorar aquel soliloquio insoportable. Por no contar con que el alcohol empezaba a hacer mella en mis sentidos y no escuché ni media palabra. El resumen que narro a continuación lo debemos a la deslumbrante mente de Hans-Georg, que era capaz de interpretar su papel de muñeco de ventrílocuo, beber constantemente como si hiciera una gracia, coquetear con el seductor perfil de los pechos de Valeria, insultarla a ella misma con comentarios ingeniosos y poner ritmo al monólogo del doctor, interrumpiéndole con unas disquisiciones filosóficas siempre pertinentes respecto a la wirkungsgeschichte que cortaban sus parrafadas y nos daban un respiro a todos.

El doctor Hoffmann no compartía conmigo la pasión por la milicia por la sencilla razón de haber combatido en numerosas campañas. Se había perdido la victoriosa batalla de Leipzig, dado que coincidió funestamente con su nacimiento, pero años más tarde el general Bismarck, conocedor de su aversión al frío glaciar, lo envió a la península de Jutlandia para que luchara en primera línea de la llamada Guerra de los Ducados. Allí el doctor se empeñó en hacer ver que su papel debía estar más en la política que en la milicia. A pesar de no tener acceso al Estado Mayor del ejército, se las arregló para establecer un contacto continuo con la cámara a través de su viejo amigo el mariscal Moltke, a quien había conocido años antes en un aventura conjunta de supervisión en la guerra entre Egipto y Turquía. Lo convenció para que abandonara la base de Berlín y manejara la batalla desde el sitio y le imbuyó de unas ideas que este se apropiaría para ganarse una reputación como afamado estratega.

—El pobre hombre se empeñaba en diseñar la batalla desde casa al milímetro. ¡Imagínense! —dijo un exaltado doctor Hoffmann ante la cada vez más concurrida parroquia. Los tres nos quedamos mirándolo como si supiésemos de lo que hablaba, con la sabiduría y aquiescencia que otorgan tres copas bien apuradas, de modo que prosiguió—. Para cuando quería darse cuenta, las variables ya habían dado al traste con todos sus planes. No saben lo que me costó que pensara en un sistema de opciones, en las mil posibilidades que se pueden dar en el tablero.

—¡Vaya! Pues yo tenía entendido que el mariscal Moltke era el inventor de la estrategia tal y como la conocemos hoy.

—¡Paparruchas! —dijo el doctor, ostensiblemente ofendido—. Lo único que sabía antes de conocerme era la inclinación perfecta para su sombrero. Bueno, sí. Es cierto que sabía bastante de poesía, de arte, de teatro, incluso de arqueología y tenía buen punto para la descripción novelesca, pero de historia de la guerra, de estrategia…¡Bah! —dijo haciendo un gesto desdeñoso con el que regó la rubia melena de Valeria.

Según la historia que nos contó, gracias a su información como bateador del terreno en aquella guerra, invadieron la isla de Als, lugar donde se ocultaba el ejército danés al completo. Así, tras el reparto de final de contienda, en el que convenció al Estado Mayor para reclamar Schleswig y Laudenburg, en lugar del más jugoso ducado de Holstein, se ocupó de exaltar el nacionalismo entre los daneses más allá de la corona y en convencer a los austriacos de que aquellas tierras les pertenecían, al tiempo que advertía del peligro de un ataque italiano por la espalda y se encargaba de que la administración pusiera todo tipo de trabas al gobierno austriaco para provocarlos. La declaración de la guerra de las Siete Semanas dejó patente sus dotes para la estrategia política, algo de lo que se beneficiarían tanto el propio canciller como el mariscal Moltke. Poco después, Hoffmann recibía la orden de reredactar el famoso telegrama de Ems que dio la excusa a Bismarck para reunir a los estados alemanes contra Francia. A partir de aquí, su amigo Otto quiso quitarlo de en medio y lo hizo nombrar consejero oficial de los Hohenzollern de Prusia.

No tardó demasiado Guillermo I en cansarse de sus excentricidades y mandarlo a África para que intentara rebañar lo que pudiera y conseguir terrenos para su nueva expansión imperialista. Vivió allí durante casi quince años en un exilio forzado en el que conoció los aspectos más brutales del ser humano, algo que él pensaba haber superado largo tiempo atrás. Su dilatada vida le enseñaría que no hay nada en una existencia que no sea susceptible de empeorar. Así fue como comenzaron sus primeros escarceos con la bebida. Echaba de menos los amables vientos de Brandeburgo. Según alegaba él mismo, se había cansado de la vida política, y los mosquitos y el clima africano estaban acabando con su astucia, pero lo cierto es que en el continente negro había poco que rascar. Esa fue la razón que le obligó a organizar la famosa Conferencia de Berlín. Los alemanes se habían dormido en los laureles y quedaban a merced de las migajas, de ahí la necesidad de establecer unas normas a la hora de la repartición. Bastaba poner pie en cualquier territorio africano para que el país de turno reclamara las tierras para sí, sin invasión real, sin cargas, sin muertes, sin parlamentar con los jefes nativos, tan siquiera. El primero que lo viera se lo quedaba, con el añadido de que las expediciones ya tenían mapas de todo el terreno africano. Al parecer Bismarck quería que Hoffmann fuera el Stanley de Alemania y lo envió allí a tal efecto, convenciendo al emperador Guillermo I de que aquello era lo correcto. Tras la conferencia fundó la Compañía para la Colonización Alemana, pero aquello no resultó ni de lejos igual de lucrativo que para el monarca belga. En realidad el objetivo de esta empresa no era otro que el favorito de Otto: provocar conflictos en su intento de acabar con el doctor. El diecisiete de febrero de 1885 el gobierno alemán anunciaba la concesión de un permiso imperial a la compañía para establecer un protectorado en el África Oriental. El continente frente a Zanzíbar le ofreció la excusa perfecta para tenderla la trampa. Cinco buques de guerra dispararon contra el palacio del Sultán, que se negaba a reconocer la soberanía alemana. La celada estaba tendida, el conflicto tendría que haber resultado en consejo de guerra contra Hoffmann, pero una vez más, el astuto doctor hizo gala de sus dotes para la negociación. Convenció a los británicos para dividir el terreno en áreas de influencia e incluso consiguió su apoyo para reprimir las revueltas nativas.

—¿Y creen ustedes que yo no intenté avisarles de que aquello era una pantomima, de que Leopoldo de Bélgica nos la había dado con chocolate del Congo? ¿Y piensan que dieron crédito a mis palabras, que me creyeron a mí, que conquisté para ellos, Tanganica, Togolandia, Camerún, el África Oriental? ¿No sabría yo lo que saldría de la dichosa conferencia? Avaricia y más avaricia. Pero claro, de algún modo había que pagar las costas del Sacro Imperio y no seríamos nosotros los que aflojáramos el cordel. ¡Se estaban poniendo las botas por todos lados! "El que lo vea antes se lo queda. ¿Pero estamos todos locos?", le dije yo a Bismarck. "¡Nos vamos a quedar sin salvajes, hombre de Dios!" Pero claro, luego eran tan fuertes y trabajaban tan bien, sin rechistar que… imagínense, Europa entera se conmovía con los movimientos obreros. Marx y Engels hasta en la sopa… y lo que estaba por venir. "¿Otra revolución francesa? ¡Nosotros somos alemanes, Hoffmann! No lo olvide: alemanes", me contestaba el muy zorro—dijo el doctor poniéndose en pie y gesticulando como un energúmeno.

Mientras Hoffmann seguía con su discurso, Hans-Georg dialogaba plácidamente con los pechos de Valeria y los invitaba a otro Hendricks con pepino. Entre tanto, la propietaria de ellos, con la espalda encorvada y la cabeza tan inclinada que casi lamía mi regazo, se regodeaba en tocarme la barbilla y acariciarme el pelo de manera contumaz, al tiempo que hacía comentarios incongruentes y no paraba de reír rindiendo tributo a las supuestas gracietas de mi muñeco. Al parecer Hans se había acostumbrado mejor que bien a tener mi mano en su trasero, e incluso hacía aspavientos cuando no la movía, como para informarme de que si seguía por ese camino la farsa no funcionaría. No puedo negar que, tal vez por mi estado de alcoholización progresiva, no hacía los suficientes ascos a las solicitudes de la húngara, de modo que tampoco puedo culparla a ella exclusivamente de lo que ocurriría después.

—Espere una momenta doctor —dijo Valeria poniéndose seria de repente, al parecer captando la última frase de Hoffmann—. Pero ¿quién era este Leopoldo? —preguntó con una voz que parecía quedarse sin baterías.

El bigote del doctor se puso enhiesto para mostrar su estupor y su rostro debió adoptar un gesto más inquisitivo de lo que Valeria esperaba, porque pareció arrepentirse de su pregunta y se refugió bajo mi brazo de su torva mirada. Ahora comprendo que no era más que una excusa, como lo era la misma pregunta, pero en aquel momento no me quedó más remedio que conmiserarme de ella y agarrarla con firmeza.

—¿Bromea usted, señorita? El rey Leopoldo es el culpable de la mayor matanza jamás contada de la historia del genocidio universal más infame y a la vez diligente de todos los tiempos, un maestro de la estrategia, un adalid de la modernidad, una de esos turbios espíritus que marcan el destino de naciones enteras a su antojo sin que nadie sea capaz de alzar una voz en su contra.

—¿Pero ese no era Hitler? —pregunté yo, instigado por el propio interés de Valeria.

Un silencio sepulcral inundó la sala. El pianista, cuyo turno había comenzado poco después de que el doctor iniciara su disquisición y llevaba una hora tocando As time goes by, haciéndonos sentir en un eterno retorno a Casablanca, fue el primero en detener sus notas y a su infinito stacatto siguió el silencio de los murmullos del resto de concurrencia, hasta que solo quedó en el aire el sonido de la coctelera de Billy, al parecer tan ocupado que no había podido oír nada de nuestro intercambio. Las agrias miradas que me dirigían cada una de las personas allí reunidas provocaron que el sudor comenzara a acumularse sobre mis cejas.

domingo, 24 de abril de 2011

WG, Episodio 20, por El Ogro del Sí


Ver Episodio 19


Tenía que encontrar algún sitio donde pasar la noche. Eso era lo único que me importaba y no las conversaciones y negocios con el doctor, ni las divagaciones de una fulana ruso-rumana dispuesta a comprometerme por todas las medias. Por otra parte, la proposición del doctor podría arreglar todos mis problemas monetarios y agilizar mi vida en Berlín. Tal vez pudiera llegar a obtener un piso con un régimen como dios manda y dejarme de tonterías. Por primera vez se me presentaba la oportunidad de prosperar en la vida. ¿Debía traicionar a Hans-Georg y venderla a las perversiones del doctor? ¿Quién sabe? A lo mejor estaría dispuesta a hacerlo. Tampoco perdía nada con probar. Después de todo estábamos en paz. Ella había salvado mi vida, yo había salvado la suya. Todo esto era cierto, pero bajo la máscara erudita y malhumorada de Hans-Georg me parecía haber encontrado un amigo, el primero desde que llegara a la ciudad, el primero en muchos años a decir verdad, el primero en toda mi vida, si había de ser sincero. ¿Debía arriesgar eso por salir de la miseria? Bueno, estaba claro que sí debía hacerlo. El doctor Hoffmann, incluso la enfermera Valeria, podrían ser a partir de ahora mis amigos. Por no hablar de Billy. Me caía bien el tipo: correcto, educado, bien vestido, solo hablaba cuando se le interpelaba… Un hombre cabal. De modo que entré en la coctelería de nuevo, de mala gana sí, pero ya dispuesto a traicionar a mi único amigo, o por lo menos a contarle la idea y tal vez salir de la miseria de una vez por todas.

Hans-Georg seguía tumbada sobre la barra tal y como la había dejado, bocabajo, completamente espatarrada.

—¡Ahhh! ¡Gówno! ¡Qué asco! Menudo bromo de mal gusto —dijo Valeria, al percatarse erróneamente de que se trataba de un peluche—. Supongo que el juguetito, será suya, señor Amor. Muy gracioso —añadió con cara de disgusto mientras apartaba a Hans-Georg empujándolo con el codo—. ¿Lo usa para seducir a sus conquistas?

—No —contesté volviendo a colocar a Hans-Georg sobre mi hombro—. Como atracción de feria. ¿No es así, doctor Hoffmann?

El doctor me hizo un gesto con el dedo para que fuera discreto y yo me quedé esperando su respuesta para continuar la farsa que me propusiera.

—Sí. Es un bromista nato, el señor Amor. La he llamado, Valeria, precisamente por eso. Quería celebrar mi nueva amistad con Odiel, que es nuevo en la ciudad, igual que usted. Por eso he pensado que no estaría mal que se conocieran. Me parece que pueden congeniar, y no solo de pan vive el hombre, ¿eh? —dijo dándome un golpecito en el brazo con camaradería.

—Sí —dije sonriendo como un idiota sin entender nada.

Pensaba que la enfermera Valeria se ofendería por aquello de tratarla como a un pedazo de carne que se invita a los postres y sin avisar, pero lejos de ello, pareció sentirse halagada. Se diría que sentía una extraña fijación por mí, algo que no comprendía en absoluto, pues la última mujer con la que había congeniado era mi propia madre y no tanto como para pensar en establecer ningún tipo de juego erótico con ella. Sin embargo, el perfil de Mickey Mouse del cuerpo de Valeria me miraba con impaciencia, invitándome. Llevaba una camisa de lino blanca, con los botones estratégicamente abiertos para que desde mi posición se viera el borde de un sujetador negro con puntillas y una incipiente aureola que presagiaba todos los placeres de un pezón erecto como un timbre al que llamar.

Si lo que el doctor pretendía era desviar la atención, estaba claro que lo había conseguido. Nunca subestimes las capacidades de divertimento de un viejo de casi doscientos años.

—Póngame un Bloody Mary —le soltó la muy picara a Billy—. Picante —explicitó haciendo hincapié en la efe.

Me imaginé a la condesa Bathory de Ecsed. Otra que tenía especial predilección por la sangre, aunque esta era húngara, transilvana para ser más exactos. Seiscientas treinta muertes a sus espaldas. Se me pusieron los pelos de punta solo de pensarlo.

—¿Y de dónde es usted, Valeria? —pregunté para salir de dudas.

—Hungría —dijo—. ¿No se nota? —dijo mirándome fijamente y quedándose en silencio.

Una sonrisa artera se dibujó en sus labios en forma de corazón y la aguantó ahí hasta que estalló en una macabra carcajada de sonoridades góticas.

—Sí, se nota mucho —dije por decir.

—¿Quería que le contara mi historia, no? —preguntó el doctor sin esperar respuesta—. Pues aprovecharé ahora que están los dos. Es larga y puede ser que no tenga tanto tiempo como para contarla muchas veces. ¿Cuántos años me echan?

Ambos nos quedamos callados y mirándonos sin saber qué decir. Ninguno de los dos parecía querer ofender el orgullo del doctor, pero lo cierto es que se le veía vetusto, arcaico, añejo, antediluviano, diría yo. Valeria abrió sus labios en forma de arco de cupido para decir algo, pero no fue ella la que contestó.

—Doscientos años. Ciento noventa y siete en realidad —dijo Hans-Georg con la mayor de las seriedades, saliendo de su letargo y alzando la cabeza con dignidad.

El doctor Hoffmann me miró fijamente, primero con cara de horror y luego de incredulidad. A mí me había dado la risa floja al ver la expresión que se le quedaba a Valeria, de modo que el viejo me siguió el juego y empezó a partirse de la risa él también, al tiempo que me señalaba con el dedo como si fuera el más celebrado de los cómicos. Aprovechó el momento de obnubilación de Valeria para decirme en su lenguaje de signos particular que le metiera la mano por detrás a Hans-Georg. Aparentemente quería que simulara que sabía ventriloquia, pero yo no alcancé más que a meterle un dedo a mi amiga rata por el recto.

—¡Auuuu! —aulló Hans-Georg—. No sabíamos que habíamos llegado a tal intimidad, señor Odiel Amor —dijo mientras yo apretaba los dientes y hacía como que controlaba sus movimientos.

—¿Es la bomba o no es la bomba este tío, Valeria?

—¡Joder! Es tan real que casi me da un patatús. ¿Se gana usted la vida con eso?

—Se la gana metiéndome mano en el culo —dijo Hans-Georg.

Yo mientras tanto intentaba sonreír, una sonrisa desencajada que a punto estaba de hacerme estallar los dientes.

—Es feo el rata ¿eh? Pero aún así es simpática. ¡Qué graciosa!

—¡Tu puta madre sí que es graciosa!

—Pero Hans-Georg, debes comportarte. Estás delante de una señorita. Esa boca, Georg, esa boca —dije rememorando los mejores momentos de José Luis Moreno en «Entre amigos».

—¡Ja, ja, ja, ja! Hans-Georg, pero qué nombre tan ridículo y ordinario. ¡Me encanta!

—¡Puta guarra chupacabras, húngara de los cojones! —profirió Georg saltándole a Valeria en la yugular.

Por suerte conseguí cogerla a tiempo y llevármela al baño, con la excusa de lavarle la boca, para explicarle la situación paso por paso. Me costó bastante arrastrarla hasta allí. Se revolvía en cuanto bajaba la guardia y regresaba a la barra para saldar cuentas con su nueva enemiga. No obstante, al cabo de tres refriegas pude encerrarla en el baño y explicarle nuestras circunstancias.

—¿Quieres ser una estrella mediática sí o no? A mí lo mismo me da. ¿Qué sacaré yo de esto? Seréis tú y el doctor quienes os llevéis la gloria. Yo… problemas, eso es lo único que me dará.

—Bueno, déjame pensarlo. Por el momento seguiremos con lo del ventrílocuo. Es más interesante de lo que pensaba. La forma perfecta de conocer a aquellos que piensan que no existes.

—No me dejes en muy mal lugar —dije abriendo la puerta del baño para volver a la barra.

La condesa de Bathory ya iba por el segundo Bloody Mary, así que casi me vi obligado a pedir otra copa. A pesar de que deseara marchar de allí cuanto antes y arreglar mi situación, el nuevo aire que daba el doctor Hoffmannn a mis perspectivas parecía el atajo más corto para conseguir mis propósitos. Los saludé a ambos con una leve reverencia, como si de mi auditorio se tratara, siempre con la mano instalada en el cuello de Hans-Georg, que aparecía más sumiso y guasón que nunca.


sábado, 23 de abril de 2011

Pequeñas historiasz de un niño llamado Max

El pequeño Max va por primera vez a las Ramblas el día de Sant Jordi. No hay dragones y las rosas huelen a violeta y a jazmín, pero le gusta ver a la gente amontonada encima de los libros, leyendo a fragmentos, intentando adivinar si el libro que están a punto de escoger les va a gustar, si va a llenar ese incómodo espacio vacío de lo que no se sabe. Centenares de piernas le empujan y sólo ve a sus padres a través de pequeños fragmentos de cielo. La gente que busca historias le arrastra y moldea su cuerpo como piedra de río. El pequeño Max, agarrado al principito en pop-up, va dejando un reguero de sangre para que no se pierda el dragón.

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max está en un bar. Las mesas de mármol le dividen el mundo en dos. Se escabulle entre ellas y asoma la cabeza y su mano para beber de los culos de las copas ya bebidas. Cuando le ven, Max dice que sólo quería probar o que quería saber cómo olían. De repente su madre le llama para jugar una partida de mus y el pequeño Max corre antes de salir de debajo de la mesa y cuando sale, el mármol esculpe en su cabeza, y con los ojos abiertos Max ve su degoteo y el rojo de los párpados cerrados frente al Sol.

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max va en bicicleta. Sus padres le ajustan el sillín y le conducen en el mundo, seguro. Max siente su mano y las curvas. Le sorprende la velocidad de la bicicleta y de su madre, acompañándolo a zancadas. De golpe ya no la ve y él rueda sobre ruedas, coge el camino de la derecha que le lleva al bosque. Va aferrado con la barbilla al manillar y cuando se levanta trinfal una rama baja de abedul le tiende en el suelo y el pequeño Max ve las estrellas que se forman entre las hojas por la luz del sol.

viernes, 22 de abril de 2011

Pequeñas historias de un niño llamado Max

El pequeño Max oye la sirena danzarina del camión de los helados. Max baja desde su habitación y se planta delante del camión antes de que éste haya frenado. ¡Quiero un polo! El heladero, que ha bajado ya el alféizar que le sirve de aparador, le invita a subir por la puerta trasera del camión y rebuscar entre las cajas a la caza de su sabor. El pequeño Max se relame conjugando sabores y texturas en su lengua aún virgen. Espera el sabor de las pipas, de las fresas, del chocolate. Cuando le encuentran, frío y feliz, su boca es una pallasística mancha irisada.

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