domingo 6 de diciembre de 2009

'll bekommen oder ich werde nicht bekommen



"nosotros estamos en la posiciòn eterna del vencido" (michel houellebecq)

Estas paredes no se me dan muy bien.
Oyò dar la hora màs allà de las puertas cerradas y las paredes contiguas.
Menos mal que la noche acaba.
Siete y media la noche se acaba.
El hambre de pàrpado le vence con la vigilia nocturna recièn.
El cortejo de pensamientos por fin
pasa de largo en este valle anegado.
Los hombros siguen tensos como si mantuvieran todavìa el peso del cuerpo.
Ahora a solas con el cuerpo.
Ya no es lo mismo.
Los hombros.
Ya no vierten, ya no tiemblan.
Gimen. Sòlo gimen. Sòlo cubren.
Por una vez cada dìa unos hombros dèbiles apisonando la noche.

sábado 5 de diciembre de 2009

El autor III

No fueron prótesis sino baños de asiento, lo que le había recomendado el médico para las molestias lumbares; y eran aquellos momentos, sentado con el trasero hundido en agua helada, rasguños al tiempo que aprovechaba para relajarse con algún clásico y, leyendo en voz alta, tratar de absorber su pátina, el ritmo, la epifanía. Notábase eso mucho en su prosa, y cuanto más dolorido, más retrógado se tornaba; pero no ocurría lo mismo con la lírica, tanto es así que de una mala lumbalgia nacieron unos versos cuya rima se encontraba en las terceras sílabas de cada vocablo, lo que infundía a la frase la extrañeza de un eco, como si todos ellos no fueran más que la repetición de los primeros y, las palabras rimadas, sonidos vacuos que se rieran del sentido.
Era, el autor, un ser extraño y confortable que, a despecho de su pasión por las letras, no gustaba en absoluto de la poesía, y que impedía a toda costa la conjunción de dos palabras aunque sólo ligeramente homófonas en sus párrafos. Es por eso que cuando un buen amigo le hizo notar la asonancia de sus terceras palabras, sacó sin pensarlo la pluma del bolsillo y bebió su contenido. No contento con eso, al llegar a casa ingirió también todo el tintero, dos onzas y media que hicieron de su sangre, oscura tinta con la que escribir su enajenado epitafio:

Quiz: Leerá mi valor. En Voraz Lira, Rizar Novela, Era Vil Razón.

jueves 3 de diciembre de 2009

El autor II

Era tal su empeño, sin embargo, que pasaba gran parte de su tiempo entre diccionarios enciclopédicos, a la pesquisa de una palabra o de un nuevo hilo para su última novela, que a esas horas era ya una madeja indescifrable escrita casi por entero en subjuntivo. Confiaba, como se ve, en la renovación de las formas y la fuerza del lenguaje para la creación de un clima total, de una atmósfera capaz de envolver al lector y conducirle a una experiencia trastornadora. Pocos, sin embargo, se sometían a tal tortura, y entre los pocos, todos, amigos suyos. Si bien no tenía nuestro autor suerte con las letras, sí la tenía con los compañeros, de quiénes recibía una cariño afable y protector, y a quiénes sometía asiduamente al duro trance de criticar sus textos; y, diremos, les había convertido, con el tiempo, en avezados eufemistas.
Tenía, nuestro autor, un carácter amable y humilde; sin embargo, tal era su voluntad de convertirse en un buen escritor, que las pocas críticas que recibía de sus amigos, le servían únicamente para abrir nuevos caminos, o, si acaso, para renovar los ya andados; pues jamás desistía de una idea. Podía, eso sí, transformarla mediante otra para acatar, aunque parcialmente, el juicio de sus estimados y, digámoslo de nuevo, muy sacrificados lectores. Confiaba en que el mucho trabajo, los sabios consejos recibidos y una atenta reformulación de sus lecturas, le proporcionarían el talento necesario para crear una obra imperecedera. Por el momento, sin embargo, sólo le habían suministrado unos centenares de páginas que ningún extraño había querido leer, y un intenso dolor lumbar que no parecía querer desaparecer a pesar de los muchos cambios de asiento.

martes 1 de diciembre de 2009

El autor

No fueron tantos, ni nunca tan pocos como ahora, aquellos que pensaron que una novela era la historia de un fracaso, la crónica desencantada de una imposibilidad, de un desengaño, de una decisión cuyas consecuencias muestran el fatal destino que cualquier otra hubiera, también, traído consigo. No fueron tantos, pero fueron aquellos que ahora recordamos, los que sometieron la alegría y la inocencia del lector a la confrontación desencantada con la dolorosa experiencia de la existencia, con el engaño que sustenta al optimismo. Y entre ellos, fueron aún menos los que hicieron de la gramática y el léxico su ciencia y respondieron, sabiendo que mentían, a las preguntas que su tiempo les formulaba. No fueron tantos, porque además, muchos de los que lo intentaron alcanzaron, únicamente, el fracaso.
Fue, nuestro personaje, uno de estos últimos. Muy a su pesar, y a despecho de las muchas horas dedicadas a la escritura, sus frases no mostraban la clarividencia de una mente brillante, o si lo hacían, era a despecho de la musicalidad de su prosa, anteponiendo entonces el sentido a la cadencia. En otras ocasiones y muy al contrario, uno podía dejarse mecer por sus palabras en una combinación perfecta de vocales frías, palatales y líquidas, o por ejemplo, de vocales cálidas, sibilantes y fricativas, pero en esas ocasiones, al llegar al destino desembarcaba de la frase con una angustiosa sensación de sin sentido, tal si hubiera estado navegando por la superficie de la idea sin que la quilla hubiera hecho en ella ni siquiera el surco del recorrido. Era un mal escritor, pero, sin duda, un buen personaje. El suyo era un fracaso total, pero un fracaso burgués, en modo alguno uno trágico; era, incluso como fracaso, un fracaso.

sábado 28 de noviembre de 2009

El apagón. Capítulo II

Tras hacer un esfuerzo titánico de concentración y varias respiraciones profundas para calmarme, decidí salir por la ventana. En ese momento me agradecí a mí mismo el haber alquilado ese lúgubre tercero en un edificio de treinta plantas. Había permanecido varios minutos tumbado en el suelo, medio soñando. La sensación de claustrofobia traía a mi mente las más terribles ilusiones. Imaginaba la ciudad en ruinas, como en esas fotografías de posguerra. Recordaba todos y cada uno de los libros que había leído sobre sociedades utópicas, todas esas películas catastróficas en las que solo se salvan dos, y me horrorizaba al pensar que yo estaba siendo víctima de uno de esos posibles mundos. Como esos héroes de ficción, yo estaba solo, ya me había acostumbrado, y no echaba de menos a nadie.
Aliviado por este último pensamiento, reuní las fuerzas suficientes para levantarme y llenar una mochila de cosas que intuí que podría necesitar en mi incursión a la vida real. Fue incluso divertido –jamás se plantea uno qué forma material tienen sus necesidades primarias. Cogí un buen cuchillo, pan, agua, chaqueta, cigarrillos, libreta y bolígrafo. Por un momento creí que exageraba, pero como no salía apenas de casa, decidí que eso era casi una tarde de ocio y no tan sólo ir, ver y volver.
Con uno de los cabos de la liana de sábanas que me fabriqué bajo la lavadora –necesitaba algo que aguantara bien el peso-, me fui deslizando más o menos sin problemas hacia la calle. Al final tuve que saltar tan sólo unos dos metros, puesto que mi invento no había podido ser más largo. Le pegué un susto tremendo a un vecino que se había sentado delante de la puerta a esperar, al no poder insertar el código de entrada. -Vaya qué inteligente -me dijo con aprobación. -Sí, es que me he agobiado y no podía salir por la maldita puerta. Oye, ¿qué narices ha pasado? -Ni idea tío, pero parece que el país entero está sin electricidad y sin conexión inalámbrica. No funciona nada.
Un par de manzanas más allá, una ambulancia fugaz y estruendosa hacía que me percatara de que la ciudad parecía estar rugiendo. Se distinguían miles de sonidos aquí y allá, ladridos,
choques, mazazos,
bocinas, sirenas y gritos.
Jamás había visto el cielo así. Estaba anocheciendo y ya se podían percibir las estrellas más brillantes del firmamento. Me pregunté cuán oscura iba a ser aquella noche.

martes 24 de noviembre de 2009

Diccionario (auto)bombástico de emergencia



(sin comentarios)

lunes 23 de noviembre de 2009

Hijo de puta más

Me apetece salir a la calle y gritarle hijodeputa a todo gilipollas que se me cruce por la calle.
¿Cómo distinguir a los gilipollas a los que gritar hijodeputa de los demás?
Simplemente no es posible. Así que tildaré de gilipollas susceptibles de ser gritados hijodeputa a todos los tipos que se me crucen en el camino.

Simple.

viernes 20 de noviembre de 2009

El apagón: nota

En el suelo, a mi lado, caído en uno de los bandazos que había repartido en mi angustia, me encontré un viejo reloj analógico, redondo, un despertador que repicaba las horas y que, como la maza, había conseguido en alguna subasta virtual en una hora de hastío y nostalgia. Funcionaba. Curioso. Miré la hora. Era difícil de decir en la ambigüedad de las agujas. Decidí que la aguja larga estaba más cerca del 11 que del 10: eran las cinco y cincuenta y cinco. Me di cuenta de que eso, en un reloj normal, serían las 5:55. Pensé que en un espejo esos números digitales marcarían las 2:22, con lo que era una hora que bien podrían ser dos, las dos. En fin, una tontería, pero por eso me acuerdo.

jueves 19 de noviembre de 2009

EL APAGÓN

Ni en la cabeza del más descerebrado de los vates populares, ni tan siquiera en la de Noam Chomsky, podría haberse fraguado la pesadilla que estábamos viviendo. Y es que nadie, por más intuitivo o conspiranoico que fuera, podía imaginarse un escenario como este. Que todas las operaciones, desde las financieras hasta las que antes eran manuales y domésticas pasaran a hacerse a través de la red era algo que todos vimos como el curso natural de las cosas. Era lo más pragmático. ¿Pero quién podía pensar que ese sistema iba a caer por su propio peso? ¿Quién me podía asegurar entonces que no era tan solo un engaño, un asalto previo a una actuación en contra de la población, tal vez para reducirla drásticamente para una mejor repartición de los recursos? ¿Qué pasaría si por una vez no estaba del lado de los buenos? Sin el control de la información no podía saber a qué bando pertenecía. No tenía nadie ni nada que me orientara. ¿Quién era yo?

Empecé a pensar que tal vez hubieran destruido las torres de conexión inalámbricas y las centrales del cable. No me importaba mucho cómo, lo que más me inquietaba era quién. Estaba claro que aquel que lo hubiera hecho se había convertido en mi enemigo. Necesitaba conocerlo a toda costa.

Intenté salir a la calle pero, como la conexión había caído, el sistema del servidor no me permitía abrir la puerta. La pantallita junto a la cerradura decía system failure-open manually. Resultaba gracioso, porque ¿cómo demonios se abre manualmente una puerta digital? Sí, el marco estaba allí, su blanco metalizado impoluto resplandeciendo como una hoja de afeitar, la puerta también estaba allí, claro está, no era ningún holograma. Pero la cerradura no tenía bombín. Era, pueden apostarlo, totalmente digital. Yo jamás había oído que se pudiera abrir manualmente. Tampoco es que lo hubiera necesitado, cierto. Hasta ahora ninguna queja con el servidor de internet. ¡Bueno, tendría que haber alguna forma de hacerlo!

La examiné de abajo arriba por el lateral comprobando la ínfima ranura entre el marco, la puerta y la cerradura digital. Intentaba encontrar algún punto de unión por el que se viera el mecanismo que permitiera accionar manualmente el resorte. El problema era que por esa rácana hendidura no se veía nada en absoluto. Revolví el cajón de las herramientas en busca de una pequeña linterna láser con haz graduable y dirigido. Una vez con ella pude ver el fondo de la muesca. No había nada, ni el botón más pequeño que pudiera ser accionado. Empecé a desesperarme bastante. Di unas cuantas pataletas al suelo y grité «hijo de puta» unas cuantas veces para calmar mis nervios y poder pensar con claridad. Yo ya sabía que probablemente serían varios los hijos de puta, pero dirigir mi ira contra un solo individuo me rearmaba de valor y me daba fuerzas para seguir hacia delante. Tras unos minutos de deliberación contemplativa decidí emprender la aventura de revisar todo el reborde de la puerta en busca de algún saliente que invitara a apretar. El dibujo del marco interior hacía un ángulo que me llamó la atención, así que apreté con la esperanza de que se abriera cual compartimento secreto. Tampoco hubo suerte. Resolví darle uso a una maza de goma que había comprado como curiosidad y que había pasado años de hastío como adorno en la pared en que tenía la pantalla táctil central. En su momento me pareció gracioso el gesto iconoclasta de colocarla ahí, ahora veía en la incongruencia una broma de mal gusto, pero esperaba que mi instinto irreverente me brindara ahora la oportunidad de sacarme de aquel agujero. Lo curioso es que hacía dos meses que no salía de casa más que para hablar con el portero. Me había hecho mi espacio propio en mi hogar y al haber optado por el celibato voluntario también me parecía lo más lógico optar por el encierro voluntario. Trabajaba desde casa, así que no tenía necesidad de salir como la tienen algunos otros. Me traían la compra a casa. La comida me la hacía yo siempre, ese era uno de mis pasatiempos. Después, la lectura y las relaciones virtuales colmaban toda mi necesidad de socialización. Con la puerta abierta no había necesitado salir en ninguna ocasión y ahora que me moría de claustrofobia no había manera de ingeniárselas para escapar a la ratonera. Puse todas mis esperanzas en esa mágica maza, espíritu del pasado, símbolo de la destrucción del presente. Empecé de nuevo a golpeando desde abajo en una prospección vertical. Golpeé toda la superficie del marco de la puerta, los cuadros interiores, el pomo, la cerradura, el visor, las bisagras, cada maldito milímetro de la puerta y del umbral hasta que empezó a agarrarme una ataque de furia y la emprendí a mazazos cada vez más fuertes, con lo que los rebotes de la goma en mi cabeza empezaban a hacer mella en mis sentidos. Cuando me di cuenta de esto salí completamente de mí y me dirigí hacia el salón, arrasando con todos los objetos que encontraba a mi paso y cebándome especialmente en las pantallas táctiles en forma de manzanita que poblaban el piso y le daban su aspecto de huerto cibernético. Me coloque frente a la pantalla central pero para mi sorpresa esta me devolvió el golpe. Tuve que tocarme en la sien para comprobar que no llevaba las gafas de realidad virtual, y también para verificar que esta vez el golpe recibido me había hecho sangrar. Me tambaleé y volví ante la puerta como pude. Con mis últimas fuerzas ya nubladas, grité socorro aún con miedo de que alguien viniera en mi ayuda. Me di de bruces contra la puerta. Sentí como mi labio y parte de mi cara, en contacto con el frío metal, se estiraban hacia arriba y besaban el objeto de mi infortunio mientras el peso de mi cuerpo sucumbía a la gravedad. Me escurrí zigzagueando hasta el suelo.

¿Continuará?

miércoles 18 de noviembre de 2009

...Despertè con la sangre cocida sobre mi cabeza. No habìa luz. No habìa luz de ningùn tipo. De cojones, todo se ha ido a la mierda. Cojonudo. Y ahora y ahora y ahora...vaya puta mierda. Las ventanas de la casa eran pantallas de plasma apagadas. Yo mismo estaba dentro de una de esas pantallas de plasma. No se veìa absolutamente nada. Creo que casi todo en mi vida me la ha sudado. Silencio. Un grito desesperado. Tres, cuatro, cinco, seis: otro grito desesperado, hijos de puta tal vez, me quereis joder tal vez. Silencio. Decidì volver a concentrarme en mi casa. En mi habitaciòn. En mì.
-Necesito ver...
No funciona nada. Aunque sea un poco de penumbra. Un poco de penumbra. No funciona nada. Joder. Me duele la cabeza. Con cuidado me incorporè. Casi de inmediato algo me rozò la pierna izquierda a la altura de la espinilla. No pisar al gato no pisar al gato no pisar al gato. Era lo màs parecido a ver por el momento. Lo màs parecido a un cuerpo a parte del mìo en los dos ùltimos meses. Què puedo hacer. Me entraron unas ganas terribles de fumar. En los ùltimos momentos antes de algo inminente las ganas de fumar es uno de los sentimientos màs grandes a los que somos capaces de llegar a sentir. Fumar. Despuès dejarse llevar.
-Soy tonto, de lo màs tonto que hay.
C-E-R-I-L-L-A-S.
Pasè la mano por la frente y pequeñas costras de sangre saltaron en la negrura.






PD. Por una vez el gato està vivo y vive en mi casa.

lunes 16 de noviembre de 2009

Von Tobi Streifen betet der anständigen Bruch...
anständigen Bruch...
què bonito

lunes 9 de noviembre de 2009

¿Que tienen en común una piedra, un armario raro con una cara dorada y un coche verde?




Bueno, mirénlo otra vez: en realidad se trata de un Crevrolet, un juego y una roca con forma de algo.

...


¿No?

Pistas: la primera foto es en Cayafate. La segunda en La Plata. La tercera en Avellaneda.

...


¿Aún no?

Más pistas: los tres lugares están en Argentina.



...


Ahora sí, ¿no?


...

tras un día de pobres deliberaciones, ahí va la respuesta:

foto 1: El Sapo de Cayafate
foto 2: el juego del sapo
foto 3: Chevrolet modelo Sapo

¡¡¡¡Un beso fuerte, mucha suerte y bife al Sapo Treze en su aventura argentina!!!!

lunes 26 de octubre de 2009

Premática del desengaño contra los poetas güeros, chirles y hebenes (II)

¡Ay, parece que fue ayer!

"Itén, advirtiendo que después que dejaron de ser moros -aunque todavía conservan algunas reliquias- se han metido a pastores, por lo cual andan los ganados flacos de beber sus lágrimas, chamuscados con sus ánimas encendidas, y tan embebecidos en su música, que no pacen, mandamos que dejen el tal oficio, señalando ermitas a los amigos de soledad. Y a los demás, por ser oficio alegre y de pullas, que se acomoden en mozos de mulas.

Por estorbar los grandes hurtos, mandamos que no se pasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España, so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese, y si reincidiese de andar limpio un hora.

Pero advirtiendo, con ojos de piedad, que hay tres géneros de gentes en la república sumamente miserables, que no pueden vivir sin los tales poetas, como son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que pueda haber algunos oficiales públicos desta arte, con tal que tengan carta de examen de los caciques de los poetas que fueren en aquellas partes. Limitando a los poetas de farsantes que no acaben los entremeses con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos, ni hagan trazas con papeles o cintas. Y a los de ciegos que no sucedan los casos en Tetuán, desterrándoles estos vocablos: cristián, amada. humanal, y pundonores; y mandándoles que, para decir la presente obra no digan zozobra.

Y finalmente mandamos a todos los poetas en común que se descarten de Júpiter, Venus, Apolo y otros dioses, so pena de que los tendrán por abogados a la hora de su muerte".


Francisco de Quevedo y Villegas
Vida del buscón llamado Don Pablos

sábado 24 de octubre de 2009

Premática del desengaño contra los poetas güeros, chirles y hebenes (I)

Colectivo Autobombo propone desfacer entuertos, en este caso literarios, y premiará con un exquisito lote de libros, a quien ofrezca un mejor desenmarañamiento del tratado aquí expuesto que, por viejo, el pasar lo ha hecho rancio y de difícil comprensión. Ayúdanos a entender el barroco y gana con nosotros miles de premios. Como hizo el mismo autor (premio extra para quien lo acierte), nos saltaremos el prólogo:


"Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son nuestros prójimos, y cristianos, aunque malos; viendo que todo el año son cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más inormes; mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y cantoneros, como a malas mujeres y que los prediquen sacando Cristos para convertirlos. Y para esto señalamos casas de arrepentidos.

Iten, advirtiendo los grandes bochornos que hay en las caniculares y nunca anochecidas coplas de los poetas de sol, como pasas a fuerza de los soles y estrellas que gastan en hacerlas, les ponemos perpetuo silencio en las cosas del cielo, señalando meses vedados a las musas, como a la caza y pesca, porque no se agoten con la prisa que las dan.

Iten, habiendo considerado que esta seta infernal de hombres, condenados a perpetuo conceto, despedazadores de vocablos y volteadores de razones, han pegado el dicho achaque de poesía a las mujeres, declaramos que nos tenemos por desquitado con este mal que las hemos hecho, del que nos hicieron en la manzana. Y por cuanto el siglo está pobre y necesitado, mandamos que mar las coplas de los poetas, como franjas viejas, para sacar el oro, plata y perlas, pues en los más versos hacen sus damas de todos los metales, como estatuas de Nabuco (...)".

miércoles 21 de octubre de 2009

Noche de gitanos

Sin más motivo que el azote de los zotes y la reversión por la diversión me propongo comentar una anécdota que me ocurrió la otra noche mientras dormía, o pretendía hacerlo. Una historia cotidiana de aquellas que marcan el carácter y el espíritu de las gentes que la viven, sin otra pretensión que la de que entiendan con quién se tiene uno que jugar los cuartos en la calle, y que, si a veces aflora el sentimiento amodorrado más verdulero, es porque inevitablemente, como decía el cantaor: "Capullo lo lleva dentro".


Una barahúnda de gritos me despertó. Yo soñaba que estaba en una azotea, bebiendo, disfrutando, correteando, jugando con Jale y Antonio, unos amigos que viven cerca del lugar en el que ocurrieron los hechos,no sé a santo de qué fiesta. El caso es que de pronto empecé a escuchar un helicóptero que se cernía sobre nosotros. Al parecer eso de beber y disfrutar debía de estar prohibido en aquel sueño porque corrimos a cubierto y a esconder nuestras bebidas. Nuestra asociación ilícita hubo de ser disuelta ya que, aunque creímos haber despistado al gigante haciéndole creer que no hacíamos nada malo, juntando nuestras manos y formando un corro de la patata bailarín, como niños que no saben por qué se les acusa, cuando vimos volver a nuestro perseguidor tuvimos que salir corriendo, saltar por las azoteas y cornisas, bajar escaleras de caracol con la certeza de que seríamos prendidos. Entonces desperté y el ensordecedor sonido de la hélices se convirtió en el estrépito de la calle. Diferentes voces de hombres y mujeres con una cadencia repetitiva y en evolución ascendente salían al paso. Y digo al paso porque más bien parecía la procesión del Cristo de los Gitanos o el Prendimiento que ninguna otra cosa, del bullerío y el escándalo que se había formado. Las mujeres gritaban cosas incomprensibles de manera fanática, una especie de rezo a gritos que parecía querer acabar con la vida de alguien así, a puro chillido, o si se prefiere a puro cuchillido, que más bien parecían dagas infestadas que simples lamentos. Los hombres daban fuertes golpes contra los coches. El griterío conjunto era como una marea que avanzaba hasta desaparecer calle abajo para luego volver como la resaca y golpear de nuevo los oídos y los sueños de todos aquellos que intentábamos dormir. En cuanto conciliaba el sueño de nuevo volvía la barahúnda calle arriba y me despertaba a mí y a mis vecinos. Y de nuevo se asomaban caras pálidas y asustadas tras las ventanas, sin atreverse a abrir la boca, temerosos de que llegara hasta ellos la marea infernal, sin querer saber y queriendo, aparte de que cada cual estaba seguro de todo lo que pasaba, pues quien más y quien menos albergaba alguna razón que era del todo indiscutible. Yo por no dormir, imagino que como muchos otros, me daba a las conjeturas, y llegué a la conclusión de que las dos familias de gitanos que andaban a zarzazos de un lado de la calle hasta el otro intentaban dirimir su querella sin poder llamar al orden público pues la ley gitana así lo exige. Probablemente el hijo de una gitana había recibido una puñalada por parte de otro gitano, la razón es probable que fuera, o bien que alguien había descastado y arruinado el líbelo virginal de una de las hijas de otro, o bien que algún gitano se lo había montado con la mujer del otro. No se me ocurre otra causa válida más que el crimen sexual, si bien es posible que hubiera cualquier otra, una riña por controlar el negocio de la droga por ejemplo. Más me gustaría meterme en las elucubraciones de mis vecinos, y tal vez lo haga en otra parte, porque de seguro que ellos tendrán más información para contrastar con sus imaginaciones. Como bien podría hacerlo la regente de Tu Tienda Mari, justo frente a mi portal, a la que todos los parroquianos van a contarle sus disputas y sus historias. Para tres libros de los que nadie leería darían las confidencias que a esta cuentan, así que tal vez salga mañana a comprar el pan y la interrogue. Por hoy me tendré que conformar, como todos, con mis propias fábulas. Fuera lo que fuera aquello que lo provocara, lo que es indudable es que las dos familias de gitanos bailaban tarantos y bodas de sangre calle arriba y calle abajo, yendo a por el patriarca, el único con potestad para solventar sus causas y hacer justicia, y volvían de nuevo al lugar de los hechos, descontentos los unos y descontentos los otros, desangrados unos, desalmados todos.

Tras varias veces intentando conciliar el sueño y siendo despertado cuando llegaba al duermevela, por fin las voces callaron, o tal vez se entremetieron en mis sueños como los faldones de una camisa arrugada que uno no se quiere poner y ya forman parte de mi mundo onírico y real, para siempre y de una manera imposible de evitar.


martes 20 de octubre de 2009

La barba de Schopenhauer

Decía Arthur Schopenhauer que «la barba, al ser casi una máscara, debería estar prohibida por la policía», para afirmar acto seguido que «además, como distintivo del sexo en medio de la cara, es obscena y por eso les gusta a las mujeres». Este verano se han dejado barba el Rey, el Príncipe y el portero del Real Madrid, así que yo me pregunto: ¿de qué habrían hablado este mes las revistas del corazón si la policía hubiese hecho caso a don Arthur Schopenhauer? Y, sobre todo: ¿será verdad que les gusta la barba a las mujeres? Yo me la dejé en pleno invierno y no ligué ni más ni menos, sino exactamente lo mismo: es decir, nada. Tampoco es que hiciera una encuesta para saber si estaba más agraciado, pero nadie me dijo que le pareciera obscena, y como a mi mujer le gustaba, pues qué carajo, me la dejé crecer. Al principio pica un poco, pero luego uno se acostumbra… ¡y qué descanso no tener que afeitarse cada mañana! Vale que yo me afeito una vez a la semana, pero eso no quita que a partir del octavo día me levantara todas las mañanas pensando: ay, si no me hubiera dejado barba, ¡qué pereza me daría hoy afeitarme! Luego está la cuestión de la seriedad: vamos, que la barba, como que impone. Te da un aire de gravedad. Para un escritor eso es fundamental: mira Tolstói, mira Dostoievsky, mira Hemingway, ¡mira Valle-Inclán! Cuando el editor te pregunta cómo llevas la novela, si no tienes barba estás perdido; en cambio, si la tienes, te mesas con fruición los pelos de la papada y respondes como un viejo lobo de mar: ¡viento en popa, marinero! El efecto es insuperable.

Desde luego, la barba tiene también sus detractores, y no solo el viejo Schopenhauer: que si en verano da calor y en invierno atrae a los fideos como el imán al polvo de hierro. Pero nada comparado con el placer que da dejarse crecer una buena barba. Y es que yo creo que, en el fondo, los hombres no nos dejamos la barba ni para gustar a las mujeres, ni para cabrear a los filósofos, ni para tranquilizar a los editores, sino para sentirnos un poco rebeldes. Rebeldes sin causa, por supuesto, pero rebeldes al fin y al cabo, que a cierta edad es lo que da más gusto. Por eso lo peor que nos puede pasar es que nuestra madre nos vea y diga: pues te queda muy bien la barba, hijo mío, ya era hora de que te la dejaras. Entonces no nos queda más remedio que encerrarnos en el baño y descubrir que el mayor placer de dejarse barba consiste en rasurarse de nuevo.

domingo 18 de octubre de 2009

Ahora conoceréis la verdadera historia de Zozobra.

Aquí la tenéis.

miércoles 7 de octubre de 2009

Pamplinas

No recuerdo cómo, ni por qué, me encontré tumbado entre aquellas adormideras que infestan los sembrados de suelo arenisco. Más tarde, aunque también puede que ocurriera con anterioridad, tuve conocimiento de que su verdadero nombre era "pamplinas". Me parecía haber tenido algún tipo de fiebre, o que aún era presa de ella. No era muy capaz de distinguir las sensaciones ni los estadios por los que atravesaba mi pobre y aturdido cerebro. A mi alrededor todo, como si de la última pesadilla de Molière se tratara, se teñía de amarillo enfermedad, un amarillo que no se veía atenuado por la continuidad reflectiva del sol (Aviso: La palabra reflectivo no está en el Diccionario) ni por el imparable trino de los pájaros que revoloteaban a mi alrededor. Me quedaba preguntarme si aquel lugar en el que estaba formaba parte de un fin o de un principio, si se trataba del comienzo de algo o es que había alcanzado algún destino final, a partir del cual, se resolvería alguna de las muchas incógnitas que jalonan la existencia de cualquier ser cuya capacidad de raciocinio ponga en entredicho cada uno de los actos que acomete. Lo cierto es que no quería salir de allí. Bueno, no tenía ninguna inclinación a hacerlo, aunque también es verdad que de haberlo intentado no habría tenido posibilidad de llevarlo a cabo. ¿Qué era aquello que me mantenía paralizado y anonadado, si no la belleza de todo aquello que me rodeaba?

martes 6 de octubre de 2009

viernes 2 de octubre de 2009

Lo que faltaba...

"Desde que me comprometí con la candidatura de Madrid 2016, cuando termino un partido no sólo me pregunto cómo he jugado. Me pregunto también qué ejemplo he dado, especialmente a la gente joven.Tanto dentro del estadio como en mi vida diaria. Esos son los valores por los que trabajamos en la candidatura de Madrid. I believe. We believe."

Raúl, en Copehagen

lunes 28 de septiembre de 2009

Auto-Auto-¡OGRO!


De nuevo (y no paramos...) nos regocijamos cual trol entre camachuelos por la publicación de la colección de relatos de Mavis Gallant, soberbiamente traducidos por nuestro querido Ogro.

Un libro que no nos deja indiferentes, pero que hay que saber saborearlo, despacio, que los cuentos esperan, como dice su autora. 1001 Libros

Los mejores relatos de una de las grandes cuentistas contemporáneas, publicados en España por primera vez en una sola obra. Cada cuento de esta genial escritora canadiense es un viaje a un lugar nuevo, donde el lector tiene la ocasión de sorprenderse y mirar su propia vida de manera distinta. La Casa del Libro

jueves 24 de septiembre de 2009

Acknowledgments polbinescos

Estimados miembros y miembras del Colectivo:
Me llena de alegría y satisfacción saber que mientras yo defendía a capa y espada los cimientos del oulipismo autobombástico, el Colectivo Autobombo me daba su apoyo desde este espacio que resiste contra viento y marea.
Ante ello, solo puedo confesaros algunos datos relativos a la tesina:
- en la p. 63 aparece la palabra "autobombo".
- en la p. 127 aparece citada, en otro nuevo ejemplo de autobombismo, "Marta Polbín".
- en la p. 75 he conseguido colar la palabra "gilipollas" (porque me apetecía, qué coño).
- y en las pp. 38 y 106 se menciona a un tal Alberto Caturla.
Por otro lado, y aunque no salgan citados de forma explícita, quiero dar las gracias específicamente al miembro Pere Rovira (por pasarme artículos sobre el hipertexto en el último momento, el muy cabronazo), a El Ogro del Sí y la Zorra Alevín (por haberme pasado también un excelente trabajo sobre el hipertexto... que nunca leí, jeje) y a El Sargento Pioje, a Leli Vorratxes y a El Sapo Treze por su apoyo incondicional.
Por supuesto, hago extensivo el agradecimiento y el abrazo a todos los miembros del Colectivo Autobombo, pues suyo es también, indudablemente, este trabajo. Siempre vuestra,
Marta Polbín, magíster.

lunes 21 de septiembre de 2009

Mañana es un gran día para el autobombismo

Y así lo celebramos por anticipación, y le deseamos todo el éxito (que es el nuestro) a la compañera Polbín en su defensa de tesina sobre el Oulipo y el hipertexto.

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