sábado, 3 de enero de 2009

(Intentando que el 2009 no sea el del ocaso...)

Entras en tu habitación del hotel, te diriges a la ventana, miras hacia fuera. Observas la casa de enfrente, vas recorriendo con la mirada las ventanas, contraventanas de madera marrón, viejas, llenas de polvo. En el 1º ves, en picado, a un bebé jugando sobre una manta de patchwork, en el 2º las cortinas están echadas e impiden tu visión. En el 3º ves, con sorpresa, la repetición de la escena de la película de Hitchcock La ventana indiscreta en la que una mujer de unos 30 años, body negro, hace ejercicios de gimnasia sosteniendo unas pesas en ambas manos. Se apaga la luz y dejas de verla. Miras hacia el 4º, justo a la altura de tus ojos. La visión es perfecta. La luz está encendida y las ventanas abiertas. Te extrañas porque hace frío. El comedor es bastante amplio. Paredes blancas recién pintadas, un reloj kitsch de color rosa en la de enfrente, una planta que se enreda en la lámpara de pie, Ikea, un sillón que imaginas viejo, cubierto con un plaid de rayas negras y blancas con una línea roja, más ancha, alrededor. A juego con el que cubre el enorme sofá colocado contra la pared de tu derecha. Sobre este, hay además dos cojines, naranja y negro. Y, por encima, otra planta. Ves entrar por la puerta, viniendo de un pasillo estrecho, a una mujer de 60 años. No te distraigas, sigue observando la habitación. Deja que el personaje se instale en el sofá, coja la taza que hay sobre la pequeña mesa camilla, la levante a la altura adecuada y se la lleve a los labios. La mesa camilla está cubierta con unas faldillas de color hueso y un mantel de ganchillo. Años 70. A tu izquierda, junto a la pared, la esquina de una nevera y una mesa-comedor con cuatro sillas. Algo pasa. La mujer gira de golpe la cabeza y mueve los labios. No ves con quién habla. Se levanta, da unos pasos y vuelve a sentarse. Por los gestos de sus brazos, de su cabeza, la imaginas furiosa. Ten cuidado, está mirando hacia tu ventana. Corres la cortina, tres cuartos. Te das la vuelta, vas hacia tu bolsa de viaje que dejaste sobre la silla, la abres, te enfadas con tu desorden. De encima de la cama coges la digital. Cuando vuelves a la ventana y miras, te das cuenta de que el paisaje ha cambiado: la luz que antes estaba encendida está ahora apagada, alguien ha encendido la lámpara de pie, una de las cortinas, la de la ventana desde la que veías la mesa-comedor y el pasillo, está corrida. En el sofá donde antes estaba tu personaje, no hay nadie ahora. Estás intrigado. Incluso algo inquieto. De repente, crees oír un grito agudo que atraviesa la calle y perfora tus oídos. Luego, silencio; y una sombra en la pared, justo debajo del reloj kitsch, una sombra que da unos pasos y se desvanece.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Inquietante, inquietante, me suena este talante...

Ogro et laboro dijo...

Alguien se esconde. Alguien que quiere jugar. Alguno de los jugones. Yo tambiçen quiero jugar, peromúlyimamente me pueden las palabras. Señor, siento no ser digno de entrar a tu casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Ogro et laboro.

Io te absolvo dijo...

Ya véis, faltas y más faltas. Si es que pueden conmigo.

Ego te apolvos dijo...

macarroni di latini! Minchia! Ma que cosa dici! Io non sono americano. Me piace molto la butifarra catalana. Io sono de Belluci. Belluci non e a Lugano, Pater misericordioso

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