viernes, 21 de septiembre de 2007

Algo que decir, por Marta Polbín

[A pesar de la avalancha de material publicado últimamente -de una calidad y un gracejo incuestionables, todo hay que decirlo-, no podemos olvidar el compromiso con nuestra ruleta hebdomadaria, y (puesto que la camarada Lenin ha cometido prevaricación y ha roto el círculo virtuoso) con este texto iniciamos la segunda vuelta de esta sección (sería recomendable que en caso de incorporarse nuevos miembros los fuéramos añadiendo a ese camaleónico perfil que ya no hay quien entienda...) ¿Algún candidato para la semana que viene? ¿Alguna propuesta de castigo para la camarada Lenin? Yo, por mi parte, sugiero mano dura con ella...]

“Hay algo de exultante y de aterrador a la vez en la idea de que nada en el mundo sea tan único como para no poder entrar en una lista”, dejó escrito Georges Perec. Aunque sea en una lista tan disparatada y ecléctica como la que propone Borges en “El idioma analítico de John Wilkins”, se podría añadir. Perec y Borges de la mano: dos ejemplos nada casuales, pues el primero trabajó como archivador en el Centre National de Recherches Scientifiques (CNRS) hasta que ganó el Médicis con La vida instrucciones de uso, y como bibliotecario lo hizo el argentino hasta que se quedó ciego, dos oficios muy dados a las listas y a las clasificaciones. Y es que, ciertamente, somos animales taxonómicos por definición. Nos encanta clasificar, fichar, ordenar, compartimentar, incluir, descartar. Ya no recuerdo quién me dijo un día que la humanidad está dividida en dos clases de individuos: los voyeurs y los exhibicionistas, que se complementan a la perfección y hacen avanzar el mundo. Otro añadió un tercer elemento a la división binaria y afirmó que el mundo estaba dividido en tres tipos de personas: las que les gusta el fútbol, las que lo odian a muerte y las que les importa un pepino. Luego hay algunas teorías aún más excéntricas, como la del Burrot Català (o de un amigo de un amigo de un amigo de), que afirma que todos los seres humanos son susceptibles de ser asimilados a tres tipos de animales: pájaros, perros y tortugas. Sólo recuerdo el ejemplo para el tercer grupo: Saramago es el prototipo de tortuga.

Pues bien, el terreno de la escritura tampoco parece libre de la fascinación por las taxonomías, y como no quiero ser la excepción afirmaré que existen dos tipos de escritores: los que escriben porque tienen algo que decir y los que escriben porque no tienen nada que decir. El que tiene mejor prensa es, sin duda, el primero. Sin ir más lejos, y literalizando la metáfora, el otro día leí en el periódico lo siguiente: “Cuando no se tiene qué contar, se busca la inspiración en el cómo”, dando por supuesto que el contador es alguien que tiene algo que contar y, por tanto, lo cuenta (lo cual, si lo pensamos bien, no deja en muy buen lugar al escritor, cuyo oficio se ve así reducido al de traductor o incluso transcriptor de historias: primero se componen en la mente y luego se trasladan al papel). Y quien no lo haga así corre el riesgo de ser tildado de formalista –o lo que es peor: de frívolo– y ser condenado a la lista negra (pues de listas va la cosa) de los escritores intrascendentes o experimentales.

Incluso un autor al que admiro por su manera de entender la escritura, como es Roberto Bolaño, resulta ser también de la opinión de que para escribir hay que tener algo que decir. Sin embargo, yo tiendo a preferir la postura de Eduardo Mendoza (a quien apenas he leído, valga la paradoja), quien en uno de esos cursos de verano en donde lo que menos interesa es escuchar al escritor de turno, vino a decir que él escribe precisamente porque no tiene nada que decir. Y desde que le oí afirmar aquello me apunté al carro de su proclama y no me ruborizo al declarar que yo escribo precisamente porque no tengo nada que decir. Porque si tuviera algo que decir lo diría y punto (en un bar, en una tertulia, en un programa de radio); pero si escribo es justamente para descubrir cosas que no habría podido decir si no hubiera escrito, encontrar por ahí dentro esos pensamientos o esas imágenes o esas historias que no habría conocido nunca si no me hubiese puesto a escribir. Aunque, ya puestos en plan nihilista, añadiré que tampoco creo mucho en eso del adentro, o por lo menos no acabo de saber muy bien qué significa: a ver si al final resultará que el adentro no existe y sólo existe el afuera, pues como dijo Valéry “lo más profundo es la piel”. En realidad es una postura antisolipsista: lo que está dentro de mí no existe hasta que no lo expreso. Y por eso escribo. Porque sólo se puede tener algo que decir cuando se ha dicho. Al fin y al cabo, si ya Robert Walser sabía que escribir que no se puede escribir también es escribir, decir que no se tiene nada que decir ya es estar diciendo mucho.

8 comentarios:

el ogro dijo...

Dentro de estas nuestras categorías también existen al menos dos tipos de lectores: los lectores agrícolas, que leen exclusivamente para cultivarse, y los lectores vitícolas que lo hacen exclusivamente para embriagarse.
Bonito regalo de cumpleaños. Gracias.

lletrós dijo...

quan vaig començar a llegir, anava a impulsar una proposta per a condemnar l'ús reiterat de Borges a la literatura polbina (tot i aprofitant el judici sumaríssim al cmaarada lenin que tindrà lloc durant el Congrés; un cop llegit, retiro el cas i em trec el barret fort davant aquest article tan ben travat. de qui és el torn?

marta polbín dijo...

Voleu que seguim el torn de la primera ronda o que sigui sorpresa cada vegada? Si repetim la ronda li toca al Burrot Català... i, si no, al lindo decretazo! (sempre i quan no surtin voluntaris, és clar). Per cert, Sargento, moooolt bons els make ups del perfil!!!!!! (I un altre per cert: què passa amb el make up d'aquesta setmana??? Jo no el pillo... Crec que hauríem de fer com a l'Eleusis: si no surten profetes, Déu perd! Què nazi que és la polbina...)

la divinitat dijo...

Eza Quilla lo quiere to'ma' blanco...............................................y Claudio Magris.....
en fi, principiants (digué déu...)

Anónimo dijo...

Yo sigo sin entender la relación existente entre Eza Quilla/Claudio (requisito indispensable para un correcto make up, no lo olvidemos), ni esa superpista de "ambos me llamo", pero en fin, tendré que aceptar lo de principiante y reconocer que la cosa tenía su gracia... Por cierto, quién ha sido el autor/a?

Anónimo dijo...

a ver, a ver. puedo aceptar que la relación entre la Quilla y Claudio es difícil, pero nótese que 'Claudio' es otro nombre de un miembro del Colectivo (revísense textos archivos y textos). EL autor, vista la fría acogida a los makeups experimentales, prefiere mantenerse en el anonimato a la espera de ambientes más propicios a la experimentación.

el sargento dijo...

Polbina, qué cosas no/s dices! Qué has querido decir? o no escribir? me perdí, ahora no se si tengo que escribir para no decir, o no escribir para querer decir... en fin, creo que volveré a leerlo.

Sin embargo, me parece bonito clasificar, hasta concienzudo. Pero si tuviera que hacerlo prefiero otras dos categorías: los que no lo son y los que son de AB.
Uéééeeeeeeee!!!

S.P.(intrascendente experimento vitícola de tortuga -que se saca el bombin)

Anónimo dijo...

Propongo como castigo de Lenyn llevarla al congreso a la fuerza y hacerle escuchar todas las canciones ininterrumpidamente de... Poet, por ejemplo.
Con los ojos abiertos con palillos y viendo el pase El asesino del Bombín en Bratislava, hasta que los lobos se vayan a dormir.
Lo curioso es que esto me suena, no? pero servirá.

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