viernes, 27 de agosto de 2010


Ahora es tiempo de olvido y recuerdo, olvido y recuerdo a la vez.

Berlìn.

Alemania.

Berlìn.

La isla de los museos y los negocios aparece pacìfica como la hierba entre las làpidas, cuelgan Grosz, cuelgan Kischner, cuelgan Nolde, cuelgan Beckman...Otto Dix...Horst Strempel...despuès olvidar y recordar a la vez. Camino entre una muchedumbre que camina y deja caminar, para las bicicletas el invierno es complicado aquì pero ahora ruedan y ruedan, las camareras tras las barras ponen buenas caras llenan sus pechos se apoyan para coger el pedido, puedes comer lo que quieras, hablarlo, cruzar el Overbaum brücke, ver a los turcos pisar a fondo sus automòviles y entonces ser todos lentos...caminar, pedalear, las avenidas son amplias como el bosque en los parques, los guardias se preocupan de que no entres en el parque de atracciones abandonado, puedes ver los cisnes navegando despreocupados, hay màs cuervos de camisa gris que palomas y solamente hay un par de puntos altos desde los que poder contemplar la gran llanura de edificios bajos, la torre de telecomunicaciones, la escultura fracturando una cruz…las casas de culto... los rusos estuvieron hace poco por aquí…

La natalidad crece, el nivel de vida todavìa està por encima del precio de la vida...

La historia hace su trabajo por delante del pasado construyendo a buen paso, la nube de polvo se esfumò pero las piedras se mantienen vivas haciendo suelo bajo la topografìa del terror, la ciudad es vieja y experimentada y es joven y juiciosa y quiere recordar y olvidar al mismo tiempo y dejar que los niños aprendan a correr y a hacerse daño y a llorar y a curarse y que aprendan a crecer sin mirar atràs porque es desde atràs de donde vienen...

Paramos en un fotomatòn y hacemos una tira de mirillas en blanco y negro, buen papel, buena luz, agradable noche, alguien encuentra a una amiga de cuando el instituto, mitos eróticos que caen con los cuerpos que crecen, espaldas que crecen, cogemos un taxi, no pagamos el transporte pùblico a partir de las ocho, àngeles rubios-piel blanca enmembrados entre la multitud, viajo y alguien me quiere, el dueño del restaurante francès hace mapas comensales-sujeta el peso cuerpo con manos sobre mesa-mira relativamente absorto horizonte que no llega y recita tres menùs, inglès y alemàn suenan igual de terribles y amables en su boca...

Desde el aviòn una rayuela ordenada, desde la acera una rayuela ordenada...me impregno hago sudor, voy de la mano de mi gente y fotografìo su belleza, me desplazo con orgullo pacìfico por las calles, el muro a la derecha o el muro a la izquierda, nunca entre nosotros…cruzamos puentes…el jinete azul abreva sus caballos…las piedras se mantienen vivas…los pechos se sienten en el abrazo...vivir es la mejor manera de hacer frente al terror...

Esta es mi construcciòn de los hechos, este es mi anuncio optimista, esta es mi forma de hacer hogar, la victoria de mi gente sobre la rutina, rociar la vista con lo desconocido y sentir miedo y paz y que todas las cosas estàn donde deben estar, un lugar familiar y extraño que no deja de moverse, hojando y deshojando soles, marginando y uniendo conciencias de ser a las que sòlo prestan atenciòn las propias conciencias, mientras el lugar acompaña al mismo ritmo de andar o se va alejando...

20 de agosto de 2010 un vuelo en algùn lugar entre Madrid y Berlìn, sobre el cielo marcado de nubes un lugar muy similar a los mares de hielos, nubes como gigantescos bloques de hielo que no se derriten con el sol.

Cada palabra un sìmbolo, todo el tiempo que he callado un lenguaje, nada màs que añadir por el momento, lo màs inteligente por mi parte seguir viajando, que es como olvidar y recordar a un mismo tiempo.



martes, 17 de agosto de 2010

WG Episodio 5, por El Ogro del Sí

Aturdido como estaba, me costó bastante entender el significado de aquella nota, así que cuando lo hice, avergonzado por mi propia ineptitud, decidí comérmela de todas formas para evitar que quedara prueba alguna de ella, y esto a pesar de que se había manchado con unos restos de inmundicia que había pegados entre las rendijas de la suela de mi bota. Llamé, esta vez con insistencia y decisión a pesar de la hora, ya que a un portero se le puede molestar en cualquier momento. Cuando oí su voz somnolienta, tal vez inspirado por el agente que hacía un par de horas me había tocado interpretar, dije con la voz más severa que pude: «¡Meyer, ábrame ahora mismo!». Casi pude ver cómo aquel pobre hombre se ponía en posición de firmes de inmediato y pulsaba el interruptor del intercomunicador. Me dirigí hasta su puerta antes de que le diera tiempo a abrirla. Hizo esto lentamente, como si estuviera asustado o hubiera cometido alguna falta de la que aún no era consciente. Entreabrió unos ojillos de topo gris bajo los cuales asomaban las ojeras de quien lleva durmiendo ya varias horas. Aquel hombrecillo, que probablemente habría pasado muchas noches en vela pensando en sus parientes desaparecidos y soportado las incursiones en su casa a cualquier hora por parte de los oficiales del Ministerio para la Seguridad del Estado, me miró a los pies, vio mis botas relucientes y tan solo dijo:

—¿Hay algún problema, señor agente?

—Señor Meyer —le dije yo—, se le ha confiado un documento de suma importancia, y quiero que me lo entregue ahora mismo.

No sé de dónde salía aquel ímpetu, aquella voz de mando y autoridad, pero igual que pasara momentos antes con el subterfugio del agente de seguridad, parecía estar causando el efecto deseado. Meyer balbuceaba y le temblaban las manos.

—Pe-pero, señor agente, yo no tengo ningún documento.

—Señor Meyer —volví a repetir con aquella voz todopoderosa—, lo sabemos todo. El documento que le ha confiado Herr Düster.

—¿Herr Dü-Dü-Düster? —dijo el viejo acongojado.

—¡Sí, Herr Dü-Dü-Dü-Dü-Düster! —repliqué, imitando su tono lastimero.

—Sí señor. Lo siento señor, lo había olvidado, señor. En seguida se lo traigo, señor.

Volvió al cabo de un rato con un sobre cerrado en el que estaba la nota. La abrí ante sus ojos, le eché un rápido vistazo, y le dije casi sin querer, movido por la inercia del espíritu que me dominaba: «¡Retírese! ¿No ve que ya puede retirarse?», ya que no entendía una palabra de lo que había allí escrito y quería leerla con detenimiento. Yo mismo cerré la puerta ante sus narices y comencé a intentar descifrar el misterioso contenido de la nota. Unos segundos más tarde la puerta volvió a abrirse.

—¿Qué? —le dije.

—Pe-pe-perdone señor.

—¿Qué? —le repetí con un tono de una aspereza desconocida para mí mismo hasta aquel momento. El viejo blandía ante mí un sonajero ridículo mientras seguía mirando mis lustradas botas.—Las llaves —me dijo.

Me quedé observándolo durante un buen rato sin comprender nada, pero como sus ojos de topo seguían dirigidos hacia el suelo resolví que lo mejor sería desprenderle de aquello que sostenía y cerrar la puerta de nuevo a fin de resolver el enigma que se escondía en aquella extraña misiva. Me senté en la escalera y comencé de nuevo las tareas de desencriptado. No lograba entender ni tan siquiera una frase completa, y aquí debo decir que, aunque mi acento ordinario un tanto extraño pudiera pasar por polaco excepto cuando imitaba a la perfección las frases que había aprendido de memoria en el transcurso de los cientos de visionados que había hecho de la película Die Brücke, y a menudo no entendiera del todo lo que me decía la gente de la Renania del norte, mi educación alemana se había llevado a cabo bajo la más estricta vigilancia del severo tutor del colegio alemán en el que estudié de pequeño, el profesor Trottel, y por ello mismo era imposible que mostrara fisuras tales como para no entender una simple misiva de apenas una carilla. A decir verdad lo único que entendía claramente era que había diferentes epígrafes, claramente delineados gracias a los números romanos que había empleado el pícaro Herr Düster. Pensé en llamar a la puerta y volver a molestar al viejo, pero hubo algo que me hizo apiadarme de él y dejarlo en paz. Si no hubiera sido tan tarde podría haber llamado a alguno de los vecinos para que me ayudara a desentrañar lo que seguramente estaba escrito en algún tipo de dialecto desconocido para mí, pero a esas horas no habría sido recibido en casa alguna. Por otra parte, tal vez el contenido de aquella carta fuera secreto, de no ser así por qué no había de dejarla en la misma puerta de entrada junto a la otra nota. Tal vez lo mejor sería actuar con precaución hasta que el día arrojara algo de luz sobre aquel asunto. Así pues, tras casi media hora de unas deliberaciones estériles durante las que mi culo volvió a congelarse sobre el suelo de mármol, pero gracias a las cuales llegué al fantástico descubrimiento de que tenía las llaves de la vivienda en mi poder, y habida cuenta de que el propietario no estaba en la casa y los servicios de metro ya no funcionaban, decidí subir hasta la primera planta y hacerme fuerte en el interior de la vivienda para al menos pasar allí aquella noche.

La llave entró en la engrasada cerradura como un cuchillo que atraviesa un bloque de mantequilla derretida. La falleba cedió suavemente con dos golpecillos metálicos secos, como los tacones de un oficial del ejército del pueblo en retirada. La puerta se abrió sin un solo chirrido, cortando el viento como una balsa que se desliza por las aguas del Spree. Había un cuarto de la entrada iluminado, como una puerta dibujada en el plano de un arquitecto. Al apagarse el automático de la escalera la estancia quedó totalmente a oscuras, como una ciudad sitiada en medio de la noche. El interruptor no ofrecía respuesta alguna, parecía un oficial del ejército del pueblo guardando una ciudad sitiada, que atraviesa la mantequilla con su cuchillo mientras mira los planos de un arquitecto deslizándose río abajo.

Encendí mi mechero y busqué el cuadro eléctrico junto a la puerta. No me costó mucho dar con el diferencial y poner en marcha la luz de la casa. Y qué luz. Todo resplandecía. Parecía que Herr Düster hubiera dejado los interruptores conectados para que cualquier visitante desprevenido se maravillara. Me interné por el pasillo y entré a lo que parecía la sala de estar. La decoración no era muy moderna, aunque en conjunto resultaba decente. Respondía perfectamente a lo que se estilaba en los bares de moda de la ciudad: un salón confortable con sillones tapizados de pana, muebles de madera recia y paredes empapeladas con estampados de tonos claros y fríos pero a la vez acogedores. Daba la impresión de encontrarse uno en el propio hogar. Hice el recorrido completo por el piso para comprobar si había habitación, cocina y baño completos. La cocina no estaba mal, amplia, limpia y completamente equipada. El cuarto de baño contaba con aseo, lavabo y bañera. La habitación tenía una hermosa cama de matrimonio nueva, casi diría que sin estrenar, con sus dos mesitas de noche, cómoda, escritorio, y un espacioso armario empotrado sin ninguna ropa en él. «Vaya, así que este es el lugar en el que no podré quedarme», me dije. Y luego: «Un momento, quién ha dicho eso, primero habrá que descifrar lo que dice en la carta». Volví a la entrada para cerrar la puerta y apagar algunas de las luces, porque a pesar de que yo no pagara las facturas, había que hacer honor a la hospitalidad, aunque yo no creyera el cuento del ahorro energético. Con la del salón, que parecía un foco de interrogatorio, era suficiente para leer. Revisé aquella nota de principio a fin llegando a comprender al menos un par de párrafos y consiguiendo que me quedaran claras un par de cosas. Uno, aquel no era un mensaje común. Dos, había muy poco en élque estuviera al alcance de mi inteligencia. Sin embargo dos de los epígrafes no llamaban a confusión. El primero decía: 200€ solo ud. de lunes a viernes. sábados y domingos solo yo. El segundo decía: Viernes dejar llaves y dinero sobre la mesa. Caminé por la casa de un lado a otro haciendo resonar los tacones de mis botas para concentrarme en la dilucidación de aquel mensaje misterioso. Durante la primera hora de paseos resolví que 200€ se refería al precio. El resto de la noche lo dediqué a la segunda parte del epígrafe. Sí, era cierto. Yo estaba solo, eso cualquiera podía imaginarlo porque en ningún momento le hablé de una pareja y se suponía que ambos compartiríamos el piso. ¿Pero qué demonios era eso de «de lunes a viernes». ¿Y qué diantres me importaba a mí que él no tuviera compañía los fines de semana? ¿Qué era eso? ¿Una invitación homosexual? ¿Eran esas las condiciones estrictas que me iba a imponer? ¿Sería uno de esos hombres dominantes que buscan un juguete sexual?

En aquel momento la duda se apoderó de mí, intenté despejarla pero se me fue al córner. Un momento, yo había visto este anuncio en una página de clasificados. Tal vez me hubiera equivocado de sección y había mirado en la página de contactos. En ese caso me encontraría en un terrible peligro. Era posible que Herr Düster volviera en cualquier momento y me sometiera a sus caprichos al verme allí en su casa. Para cuando le explicara que todo aquello era fruto de una confusión tal vez fuera ya demasiado tarde. Tenía que salir de allí como fuera. ¿Pero a dónde podría ir? Cavilé dando vueltas por la estancia durante una hora más, golpeando el parqué con firmeza para reafirmar mis pensamientos. Puede que me estuviera precipitando. En cualquier caso no había más que revisar la página en la que vi el anuncio y comprobar si estaba en lo cierto o tan solo eran imaginaciones mías. Busqué un ordenador. Había conexión de internet ¿no decía eso el anuncio? Si había conexión habría un ordenador ¿o no? Busqué en la habitación, pero se veía claramente que no había nada. Busqué en el salón. Había una cómoda con cajones de la que saqué un router wi-fi y cables de conexión telefónica. Abrí una consola tras la que se escondía hábilmente una televisión, pero el ordenador no aparecía por ningún sitio. Miré las instrucciones que me había dejado el casero en busca de algún indicio, alguna parte en la que dijera «computer» o algo así. Nada. En ese momento oí ruidos que provenían del rellano, unos pasos contundentes que sin duda se dirigían hacia el apartamento.

martes, 10 de agosto de 2010

Daniliana #3, by Leliovich

Era tarde cuando el aire de la estepa empezó a vibrar al ritmo de la propulsión espiral de las hélices de un avión. Me pareció que el grito de una urraca al caer la noche era el rumor de otra era. En ese nuevo amanecer, mis ojos doloridos verían de nuevo una instantánea (a vista de pájaro) del terrible panorama de la devastada región del Volga.


Donde antes mis carreras se sincronizaban con el trepar de los tractores y de los locomóviles en la dorada pradera de los campos de trigo, quemaban ahora los maizales bajo el fuego escalonado de la artillería. Yo, que había presenciado el grandioso incendio del petrolero en el Puerto y que había sobrevolado las torres del Kremlin en el océano del aire, no podía evitar que el rojizo reflejo del sol en las turbias aguas del Dniéper fuera espejo de sangre.


El vaivén optimista de las turbinas me devolvía precariamente el vuelo de las bailarinas tejidas con espuma con que mi madre me hiciera soñar. Un bodegón con una taza de té, que mi abuelo pintó junto a una cucharilla de plata y un búho estrangulado, aparece ahora grotesco por la aparición de la cabeza del comandante Frounzé en la mesa de operaciones con el embriagador aliento del cloroformo. El ronco ladrido de los perros del pueblo, cuyas fauces sin esperanza son como las negras bocas de las minas de carbón de Kursk, resuenan ahora en los rincones donde antes contemplara los ojos encantadores de las mujeres circasianas, donde habitaba el recuerdo de una despedida amorosa en el valle del Kama.


Sé que volveré a acariciar la dulzura del terciopelo púrpura de los palcos de un teatro, acaso también la horrible narcosis de las rimas de las comedias de estos tiempos, y que intentaré abandonarme al apacible efecto que el viento tiene sobre los pliegues de mármol de las Cariátides; sé también que nunca abandonarán ya más mi rostro los ojos cárdenos de un caballo de tiro, y que incluso la magia de las noches blancas será para mí dolorosa como una navaja clavada hasta la empuñadura en la costilla de un lobo de las estepas.


Tiergarten con la arboleda de los tilos en flor traerá a mi memoria los árboles desnudos en el patio de la Lubianka: la memoria no se asemeja al impresionante equilibrio de unos bloques de hormigón, sinó al cauteloso andar de un gato siguiendo la huella del pardillo en la nieve: uno necesita ser cauto para todos sus recuerdos no sean destruidos por el fuego y su ser no se convierta en las fantasmales figures de las estatuas de bronce en el destello de unos fuegos artificiales, fugaces y crueles en su explosiva irrealidad. Para mí, las farolas de la Puerta de Brandemburgo guiarán siempre mis pasos hasta el cementerio militar al lado de Sabastopol.

Como ese conjunto de historias jamás contadas que acaban en el cementerio militar al lado de Sabastopol.

Tres son las formas que conozco para atisbar al otro: la lectura, el viaje y la conversación. Las tres son formas de leer, las tres también lo son de viajar y claro está: la tres son formas de conversar

Andreiev, Leonid La ventana



Paseas las pupilas desde uno de los miradores que dan al río que rasga el mapa de Kiev y Ucrania como argentina navaja clavada hasta la empuñadura en la costilla de un lobo de las estepas. Tras una vuelta por uno de los parques de la ciudad, acodado en la baranda, intentas conversar ahora, iluminado por el rojizo reflejo del sol en las turbias aguas del Dniéper, con unas líneas cuya lectura has ido difiriendo inexplicable y penosamente. Comprendes que por fin has llegado, junto al huidizo Juan Preciado, a Comala:

«Platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir a dormir.

–A, mí me dolió mucho ese muerto –dijo Terencio Lubianes–. Todavía traigo adoloridos los hombros.»

Inopinadamente, las palabras del viejo Terencio te ayudan a leer –desentrañar o descifrar– la mirada del anciano que se sienta tras de ti, sentado en el banco, en el que acabas de reparar. Primero, pruebas de alinear tu mirada con la del viejo, dando con una dirección determinada en la otra orilla, allá donde se levanta la parte más soviética de la ciudad –te dices, sonriéndote por el inapropiado cuantificador. Quedas absorto ante el impresionante equilibrio de unos bloques de hormigón. Ves en la monumental presencia de aquel estatismo el minucioso y paranoico control que ejercía el gobierno de la URSS sobre el último y más remoto de sus rincones, dominio que si variaba lo hacía a la velocidad de la deriva continental –hasta la llegada de la glásnot.

No puedes evitar imaginarte en la piel del anciano lustros atrás, arrastrando sus pies entre los árboles desnudos, en el patio de la Lubianka, la antigua sede del KGB. Cómo resuenan en tu cerebro de repente las palabras, que habías cogido al vuelo por la calle, de que la Gran Lubyanka era el edificio más alto de Moscú porque ya desde el sótano se divisaba perfectamente Siberia.

Esa mezcla extraña de sentidos (del homor o del hurror), como negras bocas de las minas de carbón de Kursk, te ha llevado a hermanar al bueno de Terencio con el viejo del banco: formas de convivir con el terror que estabas leyendo hace un momento en tu paseo a orillas del río, donde el vuelo de las bailarinas tejidas de espuma acaban por devolverte al presente más físico e inmediato.

Por un segundo te olvidaste que eres espectador de la historia, cómodamente sentado en el terciopelo púrpura de los palcos de un teatro, y entreviste al abrir las piernas sobre el sillón, cómo el color púrpura se tornaba cada vez más bermellón.


Del cuaderno de viaje del Burrot

jueves, 5 de agosto de 2010

Los tilos en flor de Tiergarten


Siguiendo la propuesta de nuestra amiga Leli y una de las máximas no oficializadas del autobombismo, aquella que dice que es obligatorio participar con entusiasmo en cualquier propuesta abiertas por un miembro del colectivo, aquí os dejo un trozo de relato inspirado por las primeras frases regalo de Danilo Kis, para que sea continuado o reconvertido por quien le apetezca hacerlo. Ánimo, ya solo quedan 29 frases del listado.




"La verdad es que no tengo ni idea del efecto que tiene el viento sobre los pliegues de las cariátides de mármol, y tampoco es que me interese mucho", le dijo el joven Roco al hombre, tan solo unos años mayor que él, que le acompañaba liándose un cigarrillo a la salida del museo de Pérgamo. No dijo nada más. Si hubiera podido evitarlo ni tan siquiera habría dicho esto, pero las normas de la cordialidad le obligaban a decir algo, y además necesitaba dejar de oír la voz de aquel hombre que con su discurso erudito le hacía sentir inferior en casi todos los aspectos. Nada importaba que él fuera más joven, más guapo, más apuesto, que tuviera éxito en sus relaciones y siempre fuera el centro de atención de los círculos que frecuentaba. Ante él se sentía ridículo, frágil. Temía ver expuestos todos sus defectos y se sentía inseguro. "Bueno, tampoco es que tenga mucha importancia. Los detalles de la historia del arte acaban siendo como los pormenores de una batalla. Al final solo importa el número de muertos". Aunque pareció no oírlo, ni darle la más mínima importancia, Roco se quedó pensando en esto largo rato, intentando descifrar su significado. Permanecieron en silencio mientras el hombre mayor se fumaba su cigarrillo y hacían tiempo hasta que llegaran sus respectivas compañeras. Ambas se habían quedado en la tienda del museo mirando libros y curiosidades y salían riendo a carcajadas. El hombre mayor se quedó mirando a la chica del joven. Se trataba de una de esas bellezas imposibles de evitar. No se trataba del corte perfecto de su cara y sus facciones filosas. No eran los pómulos marcados, las cejas delineadas con pincel ni los labios carnosos y bien perfilados, pero apenas insinuados. Tampoco se trataba de su silueta, un cuerpo pequeño de espalda esbelta y una trasera de las que hacen a hombres y mujeres mirar hacia atrás. Se trataba más bien de la necesidad de sentirse admirada que tenía aquella chica. Esto hacía que se preocupara por seducir con la boca y los ojos a todo aquel que no le prestara la suficiente atención. Era como si se preocupara por que no quedara nadie que no estuviera dispuesto a rendirse a sus pies y caer ante el mínimo chasquido de dedos que ella hiciera. Roco le había dado la espalda al hombre sin darse cuenta y no podía apreciarlo, pero era a esto a lo que se refería cuando hablaba de los pliegues de las cariátides, el roce de la tela, la erosión del viento.

miércoles, 4 de agosto de 2010

¡Propuesta!



Hace tiempo que Autobombo no juega: propongo un juego/ concurso para activar nuestras neuronas estivales, mientras esperamos la siguiente entrega de "WG".



Proponemos: armar un relato con (todos o parte de) los ingredientes que se presentan a continuación:



El apacible efecto que el viento tiene sobre los pliegues de mármol de las Cariátides

Tiergarten con la arboleda de los tilos en flor

Las farolas de la Puerta de Brandemburgo

El rojizo reflejo del sol en las turbias aguas del Dniéper

La magia de las noches blancas

Los ojos encantadores de las mujeres circasianas

Una navaja clavada hasta la empuñadura en la costilla de un lobo de las estepas

La propulsión espiral de las hélices de un avión

El grito de una urraca al caer la noche

Una instantánea (a vista de pájaro) del terrible panorama de la devastada región del Volga

El trepar de los tractores y de los locomóviles en la dorada pradera de los campos de trigo

Las negras bocas de las minas de carbón de Kursk

Las torres del Kremlin en el océano del aire

El terciopelo púrpura de los palcos de un teatro

Las fantasmales figures de las estatuas de bronce en el destello de unos fuegos artificiales

El vuelo de las bailarinas tejidas con espuma

El grandiosos incendio del petrolero en el Puerto

La horrible narcosis de las rimas

Un bodegón con una taza de té

Una cucharilla de plata y un búho estrangulado

Los ojos cárdenos de un caballo de tiro

El vaivén optimista de las turbinas

La cabeza del comandante Frounzé en la mesa de operaciones con el embriagador aliento del cloroformo

Los árboles desnudos en el patio de la Lubianka

El ronco ladrido de los perros del pueblo

El impresionante equilibrio de unos bloques de hormigón

El cauteloso andar de un gato siguiendo la huella del pardillo en la nieve

Los maizales bajo el fuego escalonado de la artillería

Una despedida amorosa en el valle del Kama

El cementerio militar al lado de Sabastopol


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El listado ha sido prestado de las notas que el narrador de “Una breve biografía de A.A. Darmolatov” toma sobre la poesía de Darmolatov, la cual “como las viejas postales o las fotografías de algún álbum raído, son testimonios de viajes, del éxtasis y de las pasiones, como también de la moda literaria”. El relato forma parte de Una tumba para Boris Davidovich, del autor serbio Danilo Kiš, publicado en español por Acantilado en una infame edición llena de erratas que no obstante sirvió para que Marta Polbín se ejercitara como editora de lujo, recibiera por gentileza de la editorial otro ejemplar, en esta ocasión de la segunda edición (incomprensiblemente también llena de erratas, y corregidas en esta entrada) y yo acabara conociendo a este gran escritor cuya lectura recomiendo encarecidamente.


L.V.




sábado, 31 de julio de 2010

Mónica Copérnica versiona a Monterroso

Queridos miembros y miembras: como teníamos un tanto olvidado al bueno de Monterroso, Mónica Copérnica nos ofrece una última versión del archiconocido cuento del dinosaurio, que aquí hemos imitado, plagiado y tergiversado hasta la saciedad.
Se trata, efectivamente, de la traducción al farsi que ha hecho la propia Mónica Copérnica.
¿Acaso no es para quitarse el bombín?:


viernes, 30 de julio de 2010

WG Episodio 4, por El Ogro del Sí

Salir de todo aquel tumulto se convirtió en una odisea, una carrera de obstáculos en la que hube de pasar por innumerables controles que me cerraban el paso. No conseguía avanzar más que hasta la siguiente barrera policíal sin llegar a pasar a través de ninguna. Intentar dar pena, gimotear, y suplicar por que abrieran la salida no dio los resultados esperados. Nadie se conmiseraba de mi situación. Al fin, hastiado ya de tanta contrariedad y cerrazón, decidí pensar en «Alte Kamaraden» y adoptar una aptitud militar. Es cierto que hay himnos nacionales mucho más emotivos y enaltecedores para un soldado de la patria. Pero con esta marcha en la cabeza yo había conseguido ganar mis batallas más importantes. En alguna ocasión incluso la usé para aderezar mis actuaciones como payaso en fiestas de niños y mayores. Y también hay que aceptar que el nivel de composición de Carl Teike y sus compañeros de la ciudad de Ulm es mucho más brillante que el de los españoles. Por otra parte, nadie puede negar los orígenes prusianos de nuestra propia «Marcha Real». Así pues, me saqué el gorro de la cabeza y lo tiré al suelo. Dirigí mis pasos al ritmo de aquella vieja marcha hacia la valla con todo el descaro, empujando y propinando codazos a cuantos salían a mi encuentro. Elevaba la pierna todo lo que podía, tal y como me habían enseñado en la Legión Española, y a pesar de mi escasa estatura llegué a puntear más de una nariz teutona. Saqué la billetera y presenté en alto mi carnet de identidad español como si se tratara de una tarjeta de identificación de los servicios de seguridad, gritando: «Sicherheit». Al parecer aquella estrategia funcionaba. La actitud despótica convencía a los agentes, que ni tan siquiera miraban la placa. Se cuadraban como autómatas, abrían las vallas y me protegían de la muchedumbre. Algunos individuos suspicaces intentaban seguir mis pasos aprovechando la situación, en tanto que otros me vituperaban e incluso me empujaban al ver el trato de favor que se me daba. A punto estuve de llevarme esposado a una señora altanera con cara de aristócrata venida a menos que me opuso resistencia, pero —dejando a un lado que por más que me convenciera mi papel, no llevaba esposas— al mirarla y ver su bello rostro, tan avejentado como horrorizado, decidí que era mejor seguir guardando el respeto por según qué cosas. Avanzaba con rapidez y seguridad, pero a pesar de todo, me costó una hora más salir de aquella barahúnda. El trayecto desde el centro hasta la dirección que me habían dado, contando mi incursión en Alexanderplatz para recuperar la maleta, duró el tiempo record de cuarenta y cinco minutos. Llegué tres horas tarde a mi cita, rozando la medianoche, pero con la esperanza de que el tipo viviría allí, aún no se habría acostado y comprendería los motivos de mi tardanza. Nada de esto ocurrió, sino algo inusitadamente extraordinario.

Las calles estaban desoladas, pero todavía quedaban locales abiertos, antros sin letrero en los que los turcos jugaban a las damas o al backgammon. A decir verdad, para cuando llegué a aquella calle tan mal iluminada no las tenía todas conmigo. No sé que razones habían llevado a que mi humor tomara un cariz algo más sombrío. El apartamento estaba en las inmediaciones de Landsberger Alle, en una callecita, Chrysanthemenstrasse, cuyo nombre no ocultaré que me daba cierta mala espina. Los alrededores me producían escalofríos. Si la avenida por la que había llegado hasta allí desde la estación de tren ya era lo suficientemente desangelada y espectral, aquella calle, que para colmo acababa en un callejón sin salida, me pareció digna de un secuestro político. Por suerte no eran ya tiempos en que ocurrieran ese tipo de cosas, ni yo tenía nada que ver con la política, pero por un momento pensé que aquel hombre, cualquiera sabía a santo de qué, me había preparado una emboscada. El piso de Herr Düster, que así se llamaba el propietario, estaba en el 2º1ª. Presioné el timbre primero con precaución y después, ante la falta de respuesta, con mayor insistencia, siempre con miedo a que el casero estuviera ya dormido y con el convenciminento de que de allí no saldría nada bueno. De ser así, debía tener un sueño muy profundo, porque lo cierto es que no contestaba. Volví a insistir. Algo me decía que llamar a esas horas con tanta obstinación podía molestar a los vecinos, así que a los treinta minutos de andar quemando el timbre decidí dejarlo como cosa perdida. Tal vez aquel hombre no viviera allí y además, estaba muriéndome de frío y se me había quedado dormido el dedo de tanto darle al interruptor. Me agarré a la reja de la puerta y sostuve mi peso a pulso, tanto para calentarme un poco con el esfuerzo como para curiosear qué tipo de vivienda era aquella a la que por mi celo conmemorativo ya jamás podría acceder. No estaba mal, ancho vestíbulo con paredes recién pintadas, suelo de mármol y barandilla de madera labrada. Se trataba de un edificio de cuatro plantas de construcción antigua, por lo menos de los años cuarenta. Junto a la escalera había una puerta desde la que se veía un parque interior iluminado. En él había una playa artificial de esas que parecen hechas antes con serrín que con arena, una fuente en medio a modo de lago y una zona de juegos para los niños que alternaba su uso con el de la obligatoria área de residuos donde dejar la basura. Al final de este jardín interior había una portezuela de madera que comunicaba con otro parque exactamente igual que el anterior, solo que en este caso el área de residuos hacía las veces de lago. Al fondo de este otro jardín se atisbaba con toda claridad un edificio de oficinas siniestro de colores amarillo y verde que presidía la vista. En una de las ventanas de este edificio me sorprendió sobremanera poder ver el perfecto reflejo de la torre de comunicaciones de Alexanderplatz y en ella, a un hombre con uniforme de operario fumándose un pitillo asomado a una balaustrada sobre el restaurante. Cuando lo hube visto todo con deleite y mis fuerzas ya no me sostuvieron más, me dejé caer sobre el escalón. La mala fortuna hizo que resbalara con algo ante lo que mis dos pies patinaron al mismo tiempo y fueran a dar contra la reja. Este impacto causó el desequilibrio consiguiente y necesario para que mi figura cayera de espaldas y se golpeara contra el frío e indecoroso suelo de la acera. Me quedé allí sentado sobre mi trasero unos instantes, maldiciendo y buscando el objeto causante de mi desgracia, seguramente una de esas estúpidas hojas de castaño que tienen la manía de colarse bajo la planta del pie para intentar quebrar las caderas de los viandantes. Por curioso que parezca, el único espacio de la calle en el que no había hojas era aquel en el que se encontraba este portal. Busqué y rebusqué para darle su merecido castigo y aliviar mi frustración, pero no encontré nada. Entonces, ofuscado por mi mala suerte, pataleé y pataleé. Hice esto primero para demostrar mi enojo y luego para volver a calentar mi cuerpo, que había quedado entumecido. Allí fue cuando apareció, por debajo de la suela de mi bota derecha. No se trataba de una hoja de castaño, sino de la hoja de un cuaderno, una cuartilla a cuadros con un vestido de garabatos ridículos garrapateado en ella. «¡Aquí te tengo bellaca!», le dije. «¿Qué vas a hacer ahora? ¿Llamar a tu mamá? ¿A la policía? ¡No ves que esto está desierto! ¡Eres mía!». La agarré del cuello y me la puse ante los ojos mostrándole los dientes, con la intención de introducirla entre mis fauces y devorarla de un bocado. Entonces me miró con unos ojillos tristes, pero a la vez simpáticos, que me hicieron enternecer. No necesitó hablar para apelar a mi conmiseración. Al parecer aquellos ojos, insólitos en una hoja por lo demás bastante común, los había dibujado el casero para que me fijara en su débil y desapercibida figura. Supe esto porque bajo ellos había una nota que decía: es ist mir unmöglich sie zu treffen . hinweis bei hausmeister meyer.


Ver: WG, Episodio 5

Petición popular

Por cuestiones de márgenes de página, no se ve bien el vídeo si se cuelga aquí. Por ello, quien quiera ver el vídeo de la Oda a Jetope, el Peón, que clique AQUÍ

martes, 27 de julio de 2010

¿Me estoy volviendo loco? Veo caras en todos lados, incluso en el baño.

miércoles, 21 de julio de 2010

WG Episodio 3, por El Ogro del Sí

La puerta de Brandeburgo resultó estar más lejos de allí de lo que pensaba. Por el camino encontré paneles explicativos que querían conmemorar el lugar en el que estuvo el muro de una manera pedagógica. Allí se detallaban sus medidas, qué sectores dividía, qué tenía que hacer la gente que quería pasar de un lado al otro, y en general cómo era la vida bajo aquella división. También había una exposición de torretas dispuestas en el lugar donde antes moraban los antiguos puntos de control, desde las que los soldados disparaban con ametralladoras de fogueo a diestro y siniestro, para ofrecer una experiencia de realidad aún más viva. Al día siguiente leí en los periódicos que algunos berlineses ya mayores, además de varios turistas, habían tenido que ser internados en hospitales, los primeros con infartos de miocardio y los otros con quemaduras de primer grado. Pero no se le puede achacar nada a la organización. La culpa es de esos incautos que acuden a cualquier evento sin estar preparados para este tipo de empresas. Yo por mi parte disfrutaba como un enano con todo ese espectáculo organizado de manera metódica y precisa para aquellos que no pudimos vivir la experiencia en nuestras propias carnes.

El monumento estaba sitiado. Policías y militares acordonaban todos los accesos conformando auténticas cadenas humanas. Los efectivos de la secreta se repartían por doquier. Eran perfectamente identificables gracias a sus mostachos setenteros y a los calcetines de deporte blancos, siempre mal conjuntados con los zapatos y pantalones de vestir. El parque de Tiergarten, plagado de minas y rodeado por trincheras teñidas de rojo sangre, se había convertido en un laberinto del que era imposible salir con vida. Bueno, eso tal vez solo fuera resultado de otra de mis alucinaciones, pero lo que sí es cierto es que las vallas, que yo supuse electrificadas, parecían haberse reproducido como bacterias en un humedal. No había manera de acceder hasta el sitio donde tendría lugar la celebración. Pero aquello no pudo desanimarme. No, cuando estaba en juego la consagración de todo mi ideario político-filosófico.

Tras muchos rodeos y un dolor de pies considerable, conseguí encontrar un resquicio, una pasarela minúscula custodiada por los servicios de seguridad. La multitud que había formada era enorme. Me puse a la cola e hice lo que todos, poner cara de expatriado del este que busca una nueva oportunidad en el próspero mundo de occidente. Para mí, que ya había sobrevivido con éxito a la cola de los Ángeles de la Noche en un par de ocasiones, a la del paro en múltiples y a las de las discotecas de postín en un sinfín de ellas, aquello no supuso problema alguno. Además, con el frío que hacía, el castañeteo de dientes me daba un aspecto lamentable que ninguno de mis competidores era capaz de conseguir. No sé cuánto tiempo tuve que esperar para pasar al otro lado. Lo cierto es que, recordando con mis compañeros aquellos tiempos en los que detrás del muro no nos esperaba más que la desesperanza y la desazón, el tiempo pasó volando.

Tuve que engañarles diciendo que mi nombre era Potocki y que venía de Varsovia, pero aquello me granjeó la simpatía inmediata de todos los que había a mi alrededor. Uno de ellos, incluso me prestó un gorro de lana para darle más veracidad a mi indumentaria. Junto a los guantes con los dedos cortados y aquella chaqueta de aviador, nadie podría negar que completaban un atuendo inmejorable. Y parece ser que tenía su efecto. Las fuerzas de ayuda humanitaria repartían Glühwein para hacer más llevadera la espera. Recogían a los que identificaban como turistas perdidos y los llevaban hasta la boca del metro. Los más débiles tenían que ser atendidos por los servicios médicos. Muchos de ellos quedaron en el camino. Pero yo, con ese disfraz de refugiado polaco con el que me había ataviado, soporté la travesía como el más experimentado de los desplazados y conseguí llegar hasta el final del pasillo de una sola pieza.

Al fin alcanzamos el espacio de entrada al recinto. Era magnífico. Una espléndida gradería con capacidad para unos miles de espectadores dirigía su mirada hacia el inmenso escenario plantado ante la famosa Puerta. Sobre la arenisca aguijoneada de sus columnas, una multitud de haces de colores resplandecían dándole un aspecto inusitado a su anciana figura. Proyecciones que recordaban el deslumbrante estilo de las mejores firmas de la pasarela de Milán cubrían el monumento como si quisieran dar a entender a la concurrencia que aquello era mucho más que una conmemoración. Dado que el pasillo que conducía hasta aquella maravilla era tan estrecho, y que uno se encontraba con el prodigio tan de sopetón, era toda una delicia observar las expresiones que se formaban en los rostros de los presentes. Aparecían todos coloreados, cual si ellos mismos formaran parte del mítico muro que, como por arte de magia, había quedado convertido en un mural ecléctico que conmemoraría la comunión de todas las culturas en una sola. Me sonreí ante lo ingenioso de aquella idea de mentes preclaras.

A mi cabeza vinieron las obras de los más egregios muralistas: El hombre en una encrucijada de Diego de Rivera, Nueva Democracia de Siqueiros, el panegirismo de Orozco y el mágico mundo de Frida Khalo. Todo ello, junto a las luces violáceas y azuladas de las grandes marcas patrocinadoras del momento, comportaba un escenario sin igual. Los cuatro caballos tiraban del carro de la Victoria con más fuerza que nunca y parecían recordarle a Napoleón que quien ríe el último ríe mejor. La diosa estaba esplendorosa. Se cubría la cara para protegerse de los rayos proyectados sobre ella y los devolvía a su vez reflejados en la cruz de hierro, que lanzaba centellas azuladas de reminiscencia celestial. Sobre ella, el águila imperial coronaba la cuádriga con su bronce dorado. Y a los pies del monumento, también rodeado de vallas, como no podía ser de otra forma, unas pocas decenas de fichas gigantes en forma de segmentos del muro pintarrajeado, firmadas por los mejores diseñadores y subvencionadas por todas las grandes empresas que operan en Europa, habían sido colocadas a la distancia justa para crear el efecto de una perfecta caída en cadena y dar principio al que sería el dominó más grande de todos los tiempos. Como todos, quedé extasiado contemplando aquellas obras de arte en las que, para mayor regocijo de la feligresía, niños de colegios de todo el orbe seleccionados por UNICEF, habían escrito con rotulador sus mensajes y deseos de libertad para un mundo que, por fortuna, ya no tenía nada que ver con aquel que se había vivido hasta hacía veinte años. Las observé una a una, cada una de sus bellas inscripciones subyugándome como la primera, y debieron pasar horas, claro, porque tan absorto estaba yo en esa creación, que ni tan siquiera escuchaba la algarabía que se había montado a mi alrededor. Habían empezado ya los conciertos de los adalides culturales de la libertad y la democracia, y supuse que ya habrían acabado todos los discursos. Tuve que darme una colleja a mí mismo por no asistir al tan esperado mitin de Sarkozy y Merkel, unidos una vez más por el bien común de Europa y la unión de civilizaciones.

Pero pronto se me olvidó aquello ante el arrobamiento general causado por Sunday Bloody Sunday. El público estaba extasiado. Mi deseo era encaminarme hacia el escenario entre la muchedumbre para formar parte de la algaraza y así mantener aquel momento siempre vivo en mi corazón. Al llegar a la valla protectora del graderío, avisté a un oficial y le pedí que me diera paso, a lo que contestó en pocas palabras que el aforo era limitado y había que estar en una lista para obtener el pase. Contrariado, comprobé que desde donde me apostaba no se veía nada. Apenas podía vislumbrar el lateral del escenario, entre cuyo fastuoso equipo de sonido no había hueco alguno para atisbar, y las malditas gradas llenas de gente con cara de vivir una experiencia única. Le pregunté al oficial cuánto tiempo faltaba, pero me entendió mal y me dijo que eran las diez de la noche. ¡Las diez de la noche! Confiando en que fuera un hombre de paciencia, haría ya una hora que el casero me estaría esperando.

Ver: WG, Episodio 4

domingo, 18 de julio de 2010

entrada para un comentario

sentir que quiero a alguien y vosotros lo mejor que puedo hacer en un dìa como hoy...
he impreso ametlles amargues, una de realidades, WG episodio 1y2 del ogro del sì, y me lo he llevado como quien compra un periòdico...
què mejores cosas le pueden suceder a uno? las que desconoce...el peor miedo el que uno se inventa...
rotura espera siempre lo mejor de vosotros
rotura os desea
rotura os quiere
rotura orgulloso de vosotros

viernes, 16 de julio de 2010

WG Episodio 2, por El Ogro del Sí

En principio, cuando encuentras la ganga soñada después de muchas horas de desesperación y de acudir a una cita decepcionante tras otra, estás muy alerta a la hora de dar credibilidad a lo que intentan venderte, porque sabes que siempre se esconde algún factor que hace que lo barato sea caro. Sin embargo yo, que no sabía cuales serían esas «Genau Bedindung», —¿sin calefacción en Berlín? ¿tendría agua corriente? ¿instalación eléctrica? ¿muebles?—, que no había llegado a concertar cita alguna, dado que no pensaba moverme de la silla sin antes haber conseguido algo que mereciera la pena ver, iba a la primera de estas con toda la confianza del mundo. No me cabía la menor duda de que me encantaría y de que sería allí donde me quedaría, costara lo que costase —doscientos euros y ni un céntimo más—. Con esto en la cabeza y totalmente convencido de mis actos volví al hostal, hice la maleta, me despedí de los inquilinos con un insulto soez y le dije hasta nunca al recepcionista húngaro y sus diarreas.

Había hablado con el casero por teléfono, una voz neutra y nasal que pareció impacientarse ante mi pobre capacidad de manejo del idioma y chistó un par de veces para asegurármelo, pese a lo cual habíamos conseguido convenir vernos a la entrada del edificio, en las escaleras, a las nueve de la noche. A pesar de mi anterior optimismo, la reacción negativa del casero —más que previsible por otra parte—, hizo que dudara del éxito de mi empresa. Como tenía tiempo de sobra antes de la cita, decidí darme una vuelta por la Puerta de Brandeburgo y ver aquellos fastos que estaban preparando para la celebración del vigésimo aniversario de la caída del muro, con la intención de contentarme y levantar el ánimo. Toda Europa parecía entusiasmada con la celebración. Hacía ya unos meses que la ciudad venía siendo protagonista en los telediarios, siempre ávidos de noticias que susciten el interés popular general, y en las más diversas revistas, desde las de motor y deportes hasta las de ganchillo y punto de cruz. Yo me sentía parte de la historia por tener la oportunidad de vivir ese gran momento. Acudirían figuras políticas y culturales de toda índole, Gorvachov, Helmut Khol y Bush padre, en calidad de artífices del milagro de la apertura, los adalides de la intelectualidad y la política mundial, toda la cantera de insignes premios Nobel que tenían salud para asistir al evento, e incluso alguno en su último estertor que prefería morir en acto de servicio antes que perderse aquel momento tan importante. ¡Por todos los santos, pero si vendrían incluso U2, Bon Jovi y el flamante Nobel de la Paz, el nuevo salvador de todas las democracias y esperanza de todos los negros hambrientos del continente africano! Por supuesto que me enorgullecía estar allí presente. Yo también sería parte del progreso y los adelantos que pronto se materializarían en nuestra tristemente descompensada sociedad. Cuando pensaba en la importancia de estos acontecimientos, imaginaba la alegría que transportarían a los más desfavorecidos, las grandes propuestas que se llevarían a cabo a raíz de la multitud de encuentros por la paz que se habían generado en torno a la celebración, la libertad de maniobras con que contarían a partir de entonces organizaciones como las Naciones Unidas y el siempre atado de manos FMI. Sólo pensar en ello bastó para que me olvidara de la posibilidad de que algo fallase en mi encuentro con el casero.

Pasé por la estación de Alexanderplatz para dejar la maleta en una taquilla. A las cinco de la tarde me bajé en la estación de Friedrichstrasse y lo primero que hice al salir fue buscar un muro que, por más que intentaba encontrar a cada ocasión que se me presentaba, aún no había conseguido ver. Tuve que preguntar a una infinidad de personas hasta que me indicaron dónde podría encontrarlo. No sé porqué, tal vez fuera por mi acento, porque no me entendían bien o por el pelo, que me acababa de rapar aquella mañana, lo único que hacían era sonreír, soltar alguna gracieta incomprensible para mí, que yo tan solo era capaz de detectar gracias a la mueca perversa que se dibujaba en sus rostros, y marcharse de allí sin darme ninguna dirección concreta.
Llegué al puesto, una fina pared llena de colorines que a duras penas podía llamarse muro, cuarteada, dividida en secciones, abarrotada de turistas que la miraban como si fuera la octava maravilla del mundo e indagaban en sus inscripciones, tal vez en busca de algún mensaje en clave que hubiera dado pie a alguna revuelta al otro lado, o de una consigna preclara hecha el mismo día del derrumbamiento. Parecía extraño que un tabique tan débil y fino como ese hubiera servido de separación para cosa alguna, si acaso entre dos habitaciones contiguas. Tras él había un figurante de rostro adusto vestido con el uniforme de la RDA que conversaba en actitud severa con una señora mayor que llevaba un perrito. El tipo me fulminó con la mirada y hizo una mueca de asco. Hay cosas que se me hacen insoportables. Una de ellas es la insolencia; otra la desfachatez. Tras quedarme mirando un segundo a la extraña pareja tuve que intervenir enseguida. Le di por fin buen uso a las botas militares que había comprado la semana anterior. Lo cierto es que con la chaqueta de la aviación negra, los tirantes con la bandera y mis vaqueros ajustados hacían un conjunto perfecto que me llenaba de orgullo y satisfacción. Pero mejor efecto hizo en mí propinarle aquel tremendo puntapié al descarado animalito. El muy sinvergüenza se estaba meando en pleno monumento nacional. Cuál sería mi estupefacción al ver que todos los presentes, amparados en la muchedumbre, empezaron a increparme. No lo podía creer. Me increpaban por defender el muro. Sin querer entrar en más disputas, me escabullí con todo mi asombro e incredulidad de aquel lugar. Hay veces en que es mejor no hacerse preguntas.

martes, 13 de julio de 2010

Una de realidades


I
"Pecamos de vanidosos y pensamos que podemos comprender la realidad. Pero que categoricemos esto y aquello no significa que comprendamos la vida. Tenemos que vivir más y acostumbrarnos a andar perdidos". Las palabras vienen del tipo sentado junto a mí, un hombre negro de unos cuarenta años y acento estadounidense, que comparte charla con otros dos compatriotas a las puertas de la llamada Biblioteca Americana. Se trata de una charla profunda, pero a medida que la escucho me doy cuenta de que no es una de esas disquisiciones banales y fútiles acerca de la comprensión que nos rodea, que tantas veces pronunciamos simplemente por escuchar el eco de nuestras teorías. Se trata de una conversación práctica. Una de esas que ponen los pelos de punta, no por lo que dicen, sino por la tranquilidad con que son habladas. "Bueno, eso es lo que he intentado hacer. Y llevo consiguiéndolo casi sesenta años. Sobrevivir", replica con calma el aludido, un hombre de apariencia indulgente, con varios tatuajes en los brazos que no llegan a ser del todo estrafalarios y revelan, tal vez, la vida de un hombre que ha vivido las revueltas del pasado siglo y ha luchado por ellas.

II

Mientras escucho este intercambio disimulando mi atención, veo a un pobre hombre. No sé cómo se reconoce a un pobre hombre, pero este es completamente distinguible. Se trata de un chico de unos treinta años al que ya había visto rondar por la biblioteca. Un ser oscuro. De esos que visten de invierno en verano y pasean su mirada por la de los otros intentando encontrar alguien a quien vampirizar. Tiene el pelo corto, negro como su alma, y unos ojos también tan negros que pareciera que los llevara pintados para dar profundidad a su caústica mirada. Una sensación de malestar, eso es lo que recorre todo mi cuerpo cada vez que lo veo. Pues bien, allí está a la caza indisimulada de alguna presa fácil. Una chica preciosa, probablemente turca, pasa frente a mí y se dispone a entrar en el edificio. El tipo, que franquea la entrada, le sale al paso y le pregunta algo a lo que la chica responde con una cara de estupefacción. Continúa con ella durante un par de minutos hasta que ella le despide con media sonrisa forzada. No obstante, la alimaña no se retira. Continua acechando en busca de la próxima presa. Otra chica, curiosamente también hermosa, aunque esta vez hablando por teléfono, se acerca a la entrada. Pero en esta ocasión su posición es poco ventajosa, ya que ella le precede y está ocupada. De haber observado la situación con detenimiento no se le habría ocurrido incurrir en este error fatal. Pero se ve que alguna desesperación atormenta su pensamiento: el terror de la insatisfacción. El cazador se acerca por detrás y la interpela. La chica se da la vuelta y al verlo escrito en su cara, hace un gesto de desdén con la mano y obvia su presencia. El chico, derrotado, vuelve al banco donde estamos sentados.

III

Presenciar estos intercambios me parece de lo más curioso. Pero ayer, aunque en ese momento no le diera importancia, pasó algo mucho más interesante dos bancos más allá de este en el que me siento. He sido capaz de advertirlo gracias al periódico de hoy. Ayer por la tarde, al salir de la biblioteca, pasé con la bicicleta ante un hombre de unos sesenta y tantos, solo, sentado a la sombra y disfrutando del asueto como si fuera la última vez que podría hacerlo. Me hizo mucha gracia verlo, no solo por su actitud, sino porque mirándole bien la cara me dio la impresión de que se parecía mucho a Polansky. Es cierto que la semana pasada vi El cuchillo bajo el agua, aquella primera película del director judío polaco-francés-estadounidense. De lo que no tenía ni idea es de que era imposible que viera al director en Berlín a esas horas porque se encontraba bajo arresto domiciliario en su casa de Suiza, controlado por una pulsera para violadores que él mismo pagaba de su bolsillo según dicen los periódicos. Curiosamente el arresto domiciliario acabó ayer, según leo, creo que a las 12 del mediodía, ya que los tribunales suizos han decidido que no lo extraditarán a Estados Unidos para que lo juzguen bajo la premisa de que es posible que con el arresto ya haya cumplido condena por lo que hizo. El periódico informa de que lo primero que hizo Polansky en cuanto acabó su cautiverio fue partir hacia el aeropuerto en el asiento de atrás de un todoterreno con las lunas tintadas.

IV

La conversación continua. "Y eso es lo que ha pasado con aquella chica. También ella tendría que haberlo sabido", dice la mujer que les acompaña, que rondará la edad del hombre de los tatuajes y también parece haber vivido historias similares.
Entonces recuerdo el motivo por el que había salido de la biblioteca. Sí, quería darme un respiro y hacer una pausa. Pero solo me he decidido ahora porque la atractiva chica que tenía delante acababa de salir para marcharse y esperaba cruzarme con ella. Había sido la chica la que había hecho este movimiento, el de seguirme, presumo, las dos anteriores veces que yo había hecho una pausa. Pero ahora, viendo al depredador y escuchando la conversación que tiene lugar ante mí, me parece que los papeles se confunden. No sé si soy yo el vampiro o el perseguido."Así que si no quieres que te ocurra lo mismo, no vuelvas (a América, se entiende)", cierra la conversación la mujer mirando con ojos duros al hombre de los tatuajes.

lunes, 12 de julio de 2010

Extra!

Las agencias de calificación económica han dado el campanazo esta mañana al otorgar a España la mejor nota de las economías en recesión. El PIB ha subido un 21% y hay indicios de que el paro pasará en apenas un mes del 20% a tan solo el 5%. La espectacular bajada no se debe esta vez a la temporada estival y el auge de contratos basura, sino a una sorprendente campaña del Ministerio de Agricultura y Espectáculos que ha llevado a la bolsa con un éxito rotundo la marca "Champiñones del mundo", como denominación de origen exclusiva pero no excluyente. La noticia ha significado un rotundo varapalo para los índices de crecimiento de las llamadas economías emergentes, en especial Argentina y Brasil, que se han quejado al FMI sobre una posible irregularidad en la OPA presentada por el gobierno español. El presidente José Luis Rodriguez Zapatero ha tirado de órdago declarando que "estoy seguro de que ahora Grecia, Portugal, Italia y las repúblicas bálticas querrán tener "Champiñones del mundo" para mejorar su economía. Por su parte el presidente de la Generalitat de Cataluña también ha querido manifestarse diciendo que "el gobierno central debería tener en cuenta las aportaciones históricas según los estatutos de soberanía de cada nación, ofrecer una contraprestación y reconocer de una vez por todas de donde provienen la mayoría de estos champiñones".

domingo, 11 de julio de 2010

WG Episodio 1, por El Ogro del Sí


La corta historia democrática de la ciudad, la tan anhelada reunificación de las hermanas, la congregación de borrachos desempleados en el parque al otro lado del muro, llevaba ya mucho tiempo siendo la excusa perfecta para la creación de una ciudad joven para jóvenes, algo así como la utopía de una juventud eterna, en la que el espíritu de los cincuentones seguía luciendo con el mismo resplandor y brillo que en la adolescencia. No obstante, uno podía darse cuenta en cuanto se topaba con alguno de esos pocos que pertenecía a la generación oscura, la de los que rondaban los ochenta, o con cualquiera de aquellos de mediana edad del otro lado del muro que habían sido víctimas de las privaciones y los abusos de un régimen castrante que solo mejoraba gracias a la delación, de que no se pasa del terror a la alegría, del gris al color, de la mueca a la sonrisa, en una mera par de décadas, por más que los vestigios de la muerte y sus representantes masculinos yacieran la mayoría bajo un manto de cenizas sobre el que todos habían optado por plantar flores cada año a la llegada de la primavera.

Ya llevaba un par semanas en aquel cochambroso hostal en el que chinches y pulgas pugnaban por el control de las pocas migajas que dejaban escapar sus míseros inquilinos, así que empezaba a quedarme sin recursos. Cada mañana me levantaba a las siete para poder llegar a tiempo de disfrutar del frugal desayuno. Tras una noche colmada con los ronquidos, ruidos y efluvios varios que proyectaban mis compañeros de situación, aquel zumo agrio de naranja industrial me daba la vida. No negaré que a mí también se me escapaba alguna ventosidad que otra y que, de algún modo, a falta de otra cosa, me satisfacía poder colaborar al desapacible ambiente que allí se creaba. Y sí, también yo me guardaba de dejar caer las migas de mi pequeño cruasán, aunque estaba claro que lo hacía más por tener la sensación de aprovechar todas las posibilidades ofrecidas que por una necesidad real.

Una vez desayunado, iba directo al ordenador a mirar las ofertas de las paginas de empleo y de búsqueda de piso. Contaba con algo de efectivo, así que decidí que lo más urgente en ese momento era encontrar un sitio en el que vivir y escapar cuanto antes de aquel antro que hacía mella en mi espíritu e incluso parecía haber trastornado mi personalidad hasta el punto en que a veces olvidaba mi procedencia y qué había venido a hacer a la ciudad. Entre tanto extranjero, había días en los que no sabía cuál era mi nacionalidad ni qué lengua hablaba. Esto era algo que se acentuaba los fines de semana durante el turno de Gregory, el recepcionista políglota húngaro, que insistía en hablarme en finés, danés, griego, turco y farsi fingiendo entender parlamentos enteros de una lengua que yo misma inventaba. Y todo porque tenía propensión a la diarrea y le venía bien que le sustituyera durante sus continuas escapadas para evacuar.

Lo malo de buscar trabajo o alojamiento en la red es que sueles olvidarte de que necesitas desplazarte de la silla para conseguir lo que buscas. Me pasé horas y horas intentando encontrar la ganga perfecta. Pensaba que si invertía buena parte del dinero que poseía en esta minuciosa búsqueda, acabaría dando con un buen precio que compensara el tiempo y estipendio gastados, y que a la larga saldría ganando. Pero por más minutos y nervios que me dejara en ello, los precios no acababan de bajar. Pagar trescientos euros por una habitación minúscula en una ciudad en la que la mayoría decía estar compartiendo piso por doscientos, e incluso menos —eso es lo que había leído yo en los foros de internet—, era algo que, aún cuando podía entrar en mi presupuesto, no estaba dispuesto a permitirme. Empezar así habría sido rendirme antes de participar en la primera batalla.

Aún no era consciente de que un extranjero siempre parte en desigualdad de condiciones aunque combata en el bando aliado. Parecía que hubiera un rasero diferente para el trato con los recién llegados en razón de su procedencia, como si vender la ciudad tuviera realmente un precio, y no fuera el mismo según vinieras de Baden-Württenberg o Baviera que de Cataluña, Liguria o el Algarve. Estaba claro que yo no era precisamente uno de esos rezagados que volvían a la ciudad para ayudar a reconstruirla después de la segunda guerra mundial. Ni tan siquiera había llegado a tiempo para ocupar alguno de los edificios abandonados de la zona este tras la caída. Hasta aquellos con las fachadas más deterioradas, esos que parecían haber sido arrasados por las ametralladoras de los americanos, no estaban ahora en poder de grupos desfavorecidos o familias arruinadas. Ni mucho menos. Miles de edificios habían quedado desocupados y abandonados, con sus antiguos propietarios enterrados en alguna fosa, deportados o exiliados en países remotos, pero incluso lo que a mis ojos parecían casas ocupadas por colectivos marginales antisociales, eran viviendas protegidas por el ayuntamiento, al cual sus habitantes pagaban religiosamente una renta acordada cada fin de mes.

Había llegado a la ciudad empujado por una especulación cuyos precios abusivos finalmente habían conseguido expulsarme de mi tierra de origen. Buscaba un paraíso de construcciones deshabitadas que anhelaran un morador, unas calles desangeladas que necesitaran pies para estampar sus huellas, pero a mi entrada en la tierra prometida me encontré con que el sueño ya había sido explotado años atrás. Sentí en mí la maldición del que siempre llega tarde para la cena. Y era de esperar. Habían pasado ya veinte años tras la caída. Desde entonces venían llenándose los barrios más pobres, aquellos de los que habían huido las fábricas, aquellos de los que con tan poca visión de futuro habían escapado los trabajadores de la otrora república democrática, perseguidos por la sombra de los soviets y la Stasi, en busca del sistema de producción de bienestar del capitalismo, sin saber que tras ellos no corrían bolcheviques a lomos de caballos rojos enarbolando naranjas en la punta de sus sables como si se trataran de cabezas cortadas, sino turistas deseosos de vivir la experiencia prefabricada del desasosiego, de la caída del símbolo al precio económico de un billete para una sesión doble. Así que ahora hasta los barrios más descuidados, fuera por puro simbolismo, por razones económicas, o por las fluctuaciones de la migración, acababan convirtiéndose en lugares de moda.

Sentía que formaba parte de un ejército de inconscientes, una legión de estúpidos bohemios europeos que había llegado tan solo un año tarde, lo justo para que la ciudad que me interesaba se acabara por todas sus fronteras, es decir, las marcadas por la línea de transportes de la ciudad, del anillo ferroviario hacia adentro. Así pues, no. No era esa la capital ideal que yo imaginara alegremente con ilusión y nerviosismo mientras metía en la maleta todo aquello que consideraba imprescindible para mi viaje. No obstante, ni tan siquiera llegué a preguntarme por qué demonios no volvía inmediatamente a España o a cualquier otro destino. Frente al ordenador, y perseverancia aparte, conseguí no una habitación, sino un estudio completo por tan solo doscientos euros. El anuncio estaba en la sección de pisos compartidos. Pero pronto me quedaría claro que los términos implícitos en esa categoría no se adaptaban lo suficiente a la apertura conceptual de la oferta que se presentaba ante mí:

WG

ICH SUCHE MANN FÜR EINE WOCHENTAGEN WOHNGEMEINSCHAFT LEBEN 200 €
(GENAU BEDINDUNG)

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