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miércoles, 27 de julio de 2011

algunas de las últimas tantáticas

LIII


Dos minerales, la columbita y la tantalita (un compuesto de óxido de tántalo, hierro y manganeso), prestan cada uno una sílaba para formar una mezcla de color negro mate, el tan codiciado coltán. Abandonada la col, el tantalio (Ta) se convierte en los condensadores, cada vez más pequeños, eficientes y superconductores, de móviles, cámaras y ordenadores.


Así, aparece hoy una nueva laguna infernal en el lago Kivu, entre Congo y Ruanda, donde los habitantes de sus riberas penan entre la guerra y el expolio de sus masivas reservas de coltán, manzanas inalcanzables que otros apartan de estos tántalos modernos.


LVII


La epidemia se extendió quedamente. Más tarde, demasiado, recordábamos sus síntomas iniciales: el que se encerró por desamor, una crisis personal o la simple locura; quienes descuidamos, u olvidamos, a conocidos desaparecidos bajo el ruido ensordecedor de la hiperconectividad. Cuando la mayoría ya había perdido irremisiblemente el contacto con amigos y familiares, pues nadie respondía a llamadas ni correos, pocos tuvieron el coraje y la dignidad de rebuscar en cajones y remitentes de otra era, dar con direcciones que sabían aproximadas, y con pasos vacilantes, aventurarse hasta una puerta, llamar, y esperar un rostro, una voz, y sus peligros.


LXII


Este es el ritmo de mi vida, el del constante ir y venir de la plancha por las solapas, las perneras, incluso por los humildes calcetines. La cadencia que empieza de nuevo cuando la ropa regresa al cesto hecha un higo, la llamada a devolver orden y pulcritud, a remedar la entropía crepitante de este mundo que todo lo arruga. Tan solo el metal constante, la quilla ardiente que deja a su paso una estela de mares calmos, y yo, oteando el horizonte, al acecho de la más ínfima cresta de ola que delate el empuje del pliegue rebelde.

lunes, 11 de abril de 2011

Agamenón: final

8


Agamenón parece tener una percepción extraña de lo que significa ser un ser humano. Dice que le encantaría mantenerse erguido, tener más perspectiva. Dice que le encanta la perspectiva, que pagaría por ver la columnata de un claustro o una catedral. Dice que le gustaría vestirse, y ver como el uso va ajando la ropa, como se pierde el color y los tejidos empiezan a tornasolarse. Que le gustaría usar un martillo, perseguir un globo a soplidos, conocer la rabia. Le pregunto por la crueldad. Por el dolor. Por el odio. Me siguen preocupando esos temas. Hablamos a veces de literatura, pero no creo que sea interesante. Parece no seguir ningún patrón en los volúmenes que se come, si bien algunos libros se han mantenido a salvo una vez que sus vecinos han sido devorados. Algunos ejemplos: Piège de Méduse, de Erik Satie; La Guardia Blanca, de Bulgakov; Llengua estàndard i variació lingüística, Gabriel Bibiloni.


Manolita sigue como siempre. Su comportamiento no se ha alterado lo más mínimo. No sé si extraña a Agamenón (como tampoco sé por qué este no la visita: dudo que me atreviera a rescatar el manuscrito durante su ausencia, aunque aún lo pretendo y paso muchas horas arriba). A ella no le gustaron las setas shitake. He probado y sí que ha mordisqueado el libro de Bulgakov.


9


Hoy he visto volar a Agamenón.


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Agamenón ha empezado a salir, cada vez por más tiempo. Hoy he entrado en la habitación y me he dirigido al manuscrito. Tan solo existe la primera página: todo el grueso, por debajo, es en realidad el manual de la impresora. Si existiera una multiplicidad de universos, me he dicho ¿habría yo escrito ese manual alguna vez? ¿Lo habría escrito una cabra, una cabra que habla y vuela? Los del desalojo no han vuelto más, mejor así. Creo que voy a ir a comprar setas shitake.

lunes, 4 de abril de 2011

Agamenón: parte 1

1

En casa tengo dos cabras: ella se llama Manolita y él Agamenón. Entendámonos (y mejor empecemos con buen pie, porque luego se pondrá la cosa más complicada): las cabras no viven dentro de la casa, sino fuera, en el huerto y el trozo de bosque que forma parte de la finca. De nuevo, aclaración, ya que finca suena demasiado terrateniente. La casa es una cabaña que a fuerza de sufrir ampliaciones se ha tornado en una bonita residencia, si bien algo caótica. La cocina es amplia e invita a largas cenas, que empiezan tomando vino y conversando mientras alguien cocina un mero o un cordero y pueden extenderse durante horas mientras la digestión y la charla se escurren con dulzura por los meandros de un anochecer estival. Las puertas y ventanas se abren en estas ocasiones y a la cocina acuden las fragancias del secarral mediterráneo tras un día de lenta y persistente insolación. Allí fuera, entre los márgenes de piedra antiguos, las hierbas olorosas y alguna que otra hortaliza, que crece más por obcecación que por mis cuidados, pasan sus días las cabras. Sobre el trozo de bosque, baste decir que una docena de olivos arrugados sirve de territorio a tres o cuatro tortugas de tierra, pero no a las cabras, excepto cuando yo las acompaño hacia ahí para que repasen el sotobosque.


Pero hoy el macho ha roto la traba que asía sus patas delanteras, y se ha escapado. Agamenón, disfrutando de una libertad largamente aplazada, desperezando sus piernas hechas para el brinco, la ha emprendido a saltos. Al acercarme, se ha puesto a zigzaguear con un estilo y un vigor instintivo. En vista que el ataque directo era baladí, he empezado a arrinconarle muy despacio, sin que la cabra se diera cuenta. En la batalla Agamenón me supera, mas no en la guerra. Heredero de grandes estrategas, mi visión estratégica supera sus tácticas de corto alcance, con lo que en un momento dado he tenido a Agamenón acorralado en una esquina.


Cuando me disponía, cual vaquero, a atrapar a Agamenón con una lazada, la cabra me ha hablado. Con parsimonia, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, la cabra me ha dicho que en una multiplicidad de universos, el lazo que ahora quedaba colgando a mi anonadado costado volaría y se anudaría a mi cabeza, y sería yo quien se enzarzaría, retorciéndome en espasmos, en una lucha que hincaría cada vez más la cuerda en mi piel y acaso terminara provocándome la asfixia. Me ha preguntado si, en mi opinión, la relatividad abierta por tal apreciación podía alterar mi resolución, aportándole consideraciones metafísicas que antes, desde la perspectiva pobre del universo habitual, no tenía, y ha aprovechado mi estupor para dar un esbelto salto por encima de un pequeño muro y escapar así de la esquina donde lo tenía acorralado.


La siguiente parte de la historia tiene lugar en mi escritorio, de vuelta a la casa. La habitación que se alza en lo alto de la casa, con amplias ventanas a ambos lados, y una decoración austera que la hace ideal para la reclusión, casi franciscana, que requiere mi escritura, es el destino único para alguien que entrara por la puerta y tomara las escaleras. Es el lugar donde me encuentro a Agamenón tras perseguir su sombra saltarina. La cabra ha empezado a comer libros y ha escogido bien: como aperitivo qué mejor que novela rosa, algo ligero y apetitoso. Pero pronto descubro su juego, y me pongo en alerta: una de las pezuñas de Agamenón está sobre mi manuscrito, las galeradas de correcciones que llevo nada menos que seis meses preparando. Así que, sin tiempo para debatir la naturaleza de esa voz que, si bien con un timbre algo contrahecho, he oído muy clara, los actos de la cabra me obligan a creer en la realidad de lo que está pasando. Lo que está en juego, para mí, es muchísimo. La pregunta a la que me enfrento ahora es la siguiente: ¿existe maldad en la cabra, o se trata tan solo de transferencia antropocéntrica por mi parte? Interpretar los actos e intenciones de un animal puede ser relativamente fácil, si bien nunca podamos tener ninguna certeza, pues ningún animal nos ha dicho nunca que tengamos razón. Sin embargo, saber, conocer a un animal que habla, multiplica la dificultad.


Por si acaso, adopto una actitud relajada y hago un esfuerzo monumental para apartar mi mirada del manuscrito. Esbozo una media sonrisa, y mientras me acerco a la ventana de poniente, digo:

- Bien, bien...


viernes, 11 de febrero de 2011

hoy se han conseguido: ¡50 tantálicas! Ya falta menos...

jueves, 27 de enero de 2011

El pequeño Max se acuesta después de un atareado día. Las actividades extraescolares, sumadas al rigor de los nuevos planes educativos, dejan mella en su fragil constitución. Está cansado, y aún así, no consigue conciliar el sueño. Se revuelve entre las sábanas, intranquilo. Intenta pensar en cosas que de normal lo apaciguan: ovejas degolladas, carneros violando a potras, las carcasas putrefactas de bovinos consumidos, mas nada funciona hoy. La noche se alarga, y el anhelado descanso no llega. De pronto, cae en la cuenta, qué obvio, cómo no lo pensó antes, abre el cajoncito de su mesita de noche y tomando entre sus deditos el cutter de la clase de plástica se raja la yugular con un tajo seco y feliz.

viernes, 7 de enero de 2011

En el Papa & Sons, la bodega puerto-riqueña de al lado del metro y que no cierra de noche, que ni tan siquiera cerró por Navidad (habráse visto, los excesos del capitalismo, que no respeta nada), hoy venden las manzanas a dólar el par. Tomo dos manzanas verdes, que brillan tanto que parecen bolas de navidad para decorar el árbol, y más tarde dos más, acaso deslumbrado por su sugerente refulgir, como si al tomar esa bola esférica reflectante me sucediera como al grabado de Escher, que todo el mundo se comprime, incluyendolo a uno mismo, y lo diposita en la palma de la mano. Sigo por el pasillo (fruta, verdura, leche entera, medio entera, sin ninguna entereza) y cojo un brick grande de zumo de naranja de Tropicana, el de 'Algo de pulpa', porque los hay con poquita pulpa y sin nada de pulpa. Las contradicciones de la comida sana, cómo va a serlo cuando le han metido tanta mano? *. Más contradicciones de la comida, la sana y la no sana, cada vez que cojo una de estos jugos, como con los plátanos Del Monte, me siento pagándole a una gran corporación que explota campesinos en islas del Caribe, que soborna caciques sudorosos y condiciona los acuerdos de la OMC. Pero que bien, tan solo tiene un poco de pulpa (yo también, tan solo tengo un poco de culpa). Sigamos. Capítulo aparte, la carne (girando al final hacia la izquierda, tras evitar los panes, esas baguetes industriales, esos panes portugueses (?), esos moldes rellenos de almidón de maíz). Para mí, español, pobre y compañero de una mujer con cierta aversión a ingerir animales muertos, la visión de la carne supone siempre una tentación: añoro las bacanales gastronómicas de una buena barbacoa (cualquiera que haya estado en casa de mis padres, no hace falta ser Freud, para que entienda mi condicionamiento familiar) o un asado argentino. Pero la carne buena es cara, y comida en solitario no ofrece ni la mitad del placer (bueno, miento: sí que lo ofrece pero es algo melancólico). Con lo cual uno se ve relegado a las carnes baratas, ya lo sean porque el animal es tan común como este pollo mutante que puebla brevemente los criaderos de todo el mundo encerrado en diminutas cajitas, o ya lo sean porque, además de eso, los animales están clambuterolados, infestados de antibióticos o alimentados con harina de pescado. Quedan además los cortes raros, los que se usan para caldos o rellenos: la espalda del pollo, el pecho de cordero, el cuello de cerdo. Si son tan baratos será por algo, pero aún así carne es carne y frita toda grasa es costra. En fin, cerdo que luce tierno (grueso, con mucha grasa, seguramente poco sutil, pero luce tierno). Girando a la izquierda aparece el pasillo de las mañanas, digamos: cafés, tes, cereales y mermeladas, mayormente. Me medio obligo a coger unos cereales para intentar seguir con un régimen alternativo a mis desayunos más mediterráneos (con pan, con fiambre o queso) que percuten mis triglicéridos arriba, hacia afuera de los parámetros recomendados. Dónde quedan esos cereales guarros, tipo Cornflakes, que de pequeño, en España, le sonaban a uno a película de adolescentes americanos, a gente atlética despertándo con energía mientras uno se amorraba, somnoliento, a la caja para leer algo, esa lacónica lista de ingredientes, esa promesa incumplida de premios? Ya no hay nada de eso. La frescura risueña de los ochenta ha dejado paso a la ansiedad aséptica del siglo XX, y todos los cereales, aparentemente, son organícisimos, sanísimos. Por cinco dólares no solo compras tu ración de grano diario, esa fibra que limpia tus cañerías intestinales y ofrece un asiento para tu flora intestinal, si no que además compras limpieza, piel tersa, pureza moral y tranquilidad espiritual. Por cinco dólares, está tirao'! Así que, antes de irme me doy un premio por ser tan sano y añado al cesto dos cervezas, dos Negra Modelo Especial, oro líquido mexicano. Y ya para la caja, donde la chica que suele trabajar las noches está extrañamente locuaz y simpática: le está haciendo broma a una mujer negra de mediana edad, o eso me parece, porque por estos barrios míos de boricuas y caribeños, de trinidanios y tobaguenses, de poblanos y jamaicanos, no siempre me queda claro cuando la gente se toma el pelo, se hace una broma o se menta a la madre. La verbalidad es fluída y ruidosa, tanto en la broma como en el enfado. Por otro lado, la agresividad verbal es frecuente pero rarísimamente va acompañada de las manos. (Inciso: la noche que Pere Rovira me invitó a cenar en su casa temporal de Harlem, encontré al salir del metro una de estas peleas-creo que era una pelea. O sea, un grupo de chicos y chicas de no más de 16 años vociferaban, se desgallitaban a unos gritos que parecían salir del mismo origen del dolor y el odio. Pero las bocas, los dientes y las manos, como si hubiera una extraña pared invisible, como un perro luchando contra si mismo en un espejo, nunca llegaban a cruzar hacia el otro, los otros, los odiados. Sónicamente: la guerra, la muerte, la destrucción. Corporalmente: una charla entre chavales en medio de la calle al salir de clase. Acaso por eso llegué medio atolondrado y me acabé todo el vino, me llevé el queso y le robé una foto a su casero). Pero parece que la señora no se indigna, aunque la otra le diga que no da golpe, no como ella que empezó a trabajar a los siete (?) años, y ésta tampoco se ofende cuando la señora le dice que con ella sus papás la explotaron para ahorrarse un trabajador. En fin, lo que cuenta es que la cajera está simpática y ella, como el tipo que vende el fiambre y hace bagles con queso, bacon y mermelada por las mañanas, bailan tras sus respectivos mostradores al ritmo del Black or White de Michael Jackson. Hay días que salir de casa es una aventura.

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* O como dice Zizek (y yo traduje, ADVISORY AUTOBOMBO, pulse aquí):
"En el mercado de hoy en día, encontramos toda una serie de productos a los que se les han quitado sus propiedades malignas: café sin cafeína, crema sin grasas, cerveza sin alcohol. Y la liste sigue: que me dicen del sexo virtual, ¿acaso no es sexo sin sexo? La doctrina de Colin Powell sobre la guerra sin víctimas (de nuestro lado, claro), ¿no es una guerra sin guerra? La definición contemporánea de la política como el arte de una administración experta, ¿no es política sin política? Lo que nos lleva al multiculturalismo tolerante y liberal de hoy, como una experiencia del Otro a la que se le ha restado su Otredad—el Otro descafeinado."

martes, 11 de mayo de 2010

Shoji Ueda


WORKS

jueves, 12 de febrero de 2009

Congriesta (salvando las distancias...) en NY

En la recepción, una mesa mostraba las acreditaciones del congreso. Tras pagar cinco dólares, el interesado recibía una sobria tarjeta con su nombre y el de su universidad dentro de una funda de plástico, y, adherido con una gota de silicona, un imperdible que serviría para que la acreditación permaneciera ensartada en su pecho al alcance de las miradas curiosas de los demás participantes. Tras conseguir así la patente de corso para moverse a su antojo en los paneles y los diferentes refrigerios a lo largo del día, nuestro protagonista se fue a su casa. Lo que hizo ese día no tiene ninguna relación con nuestra historia y por ello no tiene lugar en este relato.

Al día siguiente, tras una noche de buen dormir, nuestro protagonista se desayunó en una cafetería próxima al lugar del congreso. Hízolo así para no molestar al señor Yamabata, un asistente al congreso que había pasado la noche en el living de su casa, y que cuando nuestro protagonista salió a la calle aún dormía. Dejamos así al señor Yamabata, dormido sobre un colchón dispuesto directamente sobre el parqué (pero no por ello incómodo), bañado por la luz matinal que ya entraba por las grandes ventadas del living. Sin embargo, no lo olvidemos, pues más adelante tendrá un papel importante en este relato. O quizá mejor decirlo ya, porque luego quién sabe donde nos llevara el relato. En conclusión, el señor Yamabata, un joven tímido y cordial, resultó ser ultraconservador, cristiano practicante (misa tras noche de copas y bendición de mesa incluidas) y ex-miembro de un clan mafioso en Corea del Sur. Intentaba ahora infructuosamente que el gobierno de Corea del Norte le dejara visitar el país, lo que le negaban después que los servicios de inteligencia norcoreanos atendieran alguna de sus conferencias, donde destacaba la corrupción del régimen y la afición de su Líder por el coñac francés.

Mientras nuestro protagonista se tomaba un café con leche y un croisant, repasó sus notas, su peinado y su camisa, y tras pagar y dejar 25 centavos de propina, se encaminó a la universidad. Llegado allí, conoció a otra de las panelistas, una estudiante llamada Zhang, quien resultó ser extremadamente gentil y que le ofreció a nuestro protagonista valiosas informaciones relacionadas con su propio campo de estudio. Algunos asistentes al panel fueron llegando, y tras unos minutos, dio comienzo la sesión con la presentación de la señorita Zhang. Tras unos minutos durante los cuales la erudición de la señorita Zhang quedó menoscabada por su pobre dicción y falta de prosodia, llegó el turno de nuestro protagonista, que a su manera habitual, encandiló a los presentes con hermosas e intrigantes fotografías, con el tempo pausado, sereno y grave de su voz y alguna que otra metáfora arriesgada, en conclusión, con los fuegos artificiales propios de quien oculta su falta de conocimientos con arriesgadas piruetas circenses de peligrosidad innegable. Tras su presentación le tocó el turno a la señorita Ping, pero eso ya no nos interesa. Sigamos pues los pasos de nuestro protagonista, que ahora se encaminan de vuelta a la cafetería anteriormente citada, pero esta vez en compañía de una amistad, con la que comentarán su presentación, y el guión que ésta tiene que escribir para un rodaje próximo: una mujer está en su casa, y recibe una llamada de su padre. Aunque no lo oímos, entendemos que el padre la está advirtiendo de algún tipo de peligro. Ella lo tranquiliza y le miente, diciéndole que no está sola sino con su amiga X viendo la televisión. Tras esto, toma su bolso y sale a la calle. Este era el patrón del ejercicio de dirección al que la amistad de nuestro protagonista tenía que dar cuerpo.

Más tarde, nuestro protagonista volvió al congreso, donde los asistentes estaban probando los diferentes sandwiches que la organización había provisto como almuerzo. Recibió con agrado unos comentarios laudatorios de quien había dirigido el debate tras su presentación, y algunas recomendaciones futuras. Intercambió algunas palabras con colegas académicos, y se colocó estratégicamente para poder presentarse a la mujer más hermosa de la sala. Era el suyo uno de esos rostros que presentan ligeras trazas de sangre oriental, sin serlo. La tarjeta identificativa de la susodicha, a quien llamaremos Laura, confirmaba que al menos su padre parecía ser europeo o norteamericano. Quizá entonces los genes regresivos de su madre (¿japonesa, acaso?) había acentuado el perfil de los ojos, la redondez del rostro y la altura de los pómulos. Su serenidad mental-la de nuestro protagonista- agradeció que, como a menudo sucede, tal atractivo físico no fuera acompañado por una actitud generosa ni un carácter amistoso; de esta manera, a las cuatro palabras que intercambiaron no les siguió ningún pensamiento estratégico por parte de nuestro protagonista, quien pudo así concentrarse en elegir cuáles serían los paneles a los que asistiría después. Quizá impulsado por el escaso éxito de su aproximación, nuestro protagonista finalmente eligió el panel sobre planificación urbanística por encima del de Erótica y Sexualidad. Quizá cierto elitismo le llevó a evitar las masas que ya oía iban a llenar el panel más sensual. Acaso un atisbo de solidaridad gremial hizo que apoyara a los urbanistas, que aventuraba solitarios. O seguramente, su propia investigación parecía más propensa a beneficiarse de lo que los investigadores en ciudades le pudieran decir. En cualquier caso, nuestro protagonista escogió ese panel y allí se dirigió, a la sala 411. De nuevo les advierto que aunque esta elección parezca alejarnos del panel de Erótica y Sexualidad, no por ello lo borren de su memoria, porque más adelante los dos caminos se volverán a encontrar, como si, y perdonen la metáfora, los urbanistas le hubieran enseñado a nuestro protagonista a trazar unos caminos que se bifurcan y se encuentran a la vez.

Las presentaciones resultaron ser poco brillantes, y a nuestro protagonista se le fueron las ganas de oír más, con lo que se dirigió a su casa a descansar un poco y decidir si atendía la recepción. Lo que hizo acertando, esta vez sí, el desvío acertado, o sea, el que llevaba sin demorarse a la buena elección. El lugar era la biblioteca del departamento de Asia Oriental, una sala larga e imponente rodeada de diccionarios, periódicos y libros de referencia. Madera añeja en el mobiliario y las columnas, y techumbre sostenida por ligeras bóvedas blancas tapizadas de octógonos con flores de ocho pétalos en el centro. Como la spina de un circo romano, las largas mesas alcanzan hasta el final de la sala; las primeras estaban llenas de comida; las centrales vacías; la última, transversal, ocupada en su totalidad por bebidas, alcohólicas en su mayoría. En un nicho en el extremo derecho, un dj amenizaba la velada. Tras un inicio tranquilo, donde cenó con el señor Yamabata y el señor Nga, un académico filipino especialista en cine transexual y gangsters de barrio, nuestro protagonista fue acercándose más a lo que con los minutos se transformó en una auténtica pista de baile: las largas mesas de madera. Tras quitarle las pantallas a las lámparas, los organizadores del evento, a guisa de ejemplo, se subieron a las mesas, e invitaron a los demás, que en su mayoría pospusieron la oferta hasta después de la siguiente cerveza. Si hacemos un breve fastforward, veremos como nuestro protagonista se sube a un extremo de la mesa y se pone a bailar precisamente con las chicas del panel de Erótica y Sexualidad, que además de chicas de opiniones avanzadas resultaron ser bailarinas avezadas. En un momento dado, una de ellas intentó utilizar el pie de una lámpara, que no subía más allá de su tibia, como una barra como las que se encuentran en barras americanas y lugares de striptease, o sea, retorciéndose a su alrededor de manera sugerente. Como la pobre lamparita resultó obviamente insuficiente, le dio por utilizar a nuestro protagonista para tal menester, el cual, pese a no ser muy alto, resultó mucho mejor elección. Y así siguió la noche, con las escapadas de rigor a la oscuridad de las estantes donde se encuentran los estudios sobre la dinastía Song y los diccionarios de tibetano; con una caminata nocturna hacia Harlem durante la cual nuestro protagonista cargó sobre su hombro izquierdo una caja de 24 cervezas; con un grupo chisposo de gente en un piso pequeño pero acogedor donde se pudo fumar y hablar con tranquilidad y hacer lo que los académicos hacen mejor cuando se sueltan la careta: flirtear con todo lo que se mueva.

martes, 2 de septiembre de 2008

Un paseo por Manhattan

Salí del JFK con la clara intención de conseguir un taxi y no complicarme demasiado con la tarifa. Quería arreglarla desde el principio para que no me timaran, pero la verdad es que no iba a ser capaz de oponer demasiada resistencia, tal era mi cansancio. Tenía los tobillos hinchados, las piernas pesadas y la cabeza como un bombo. Lo último que me apetecía era bregar con trenes y estaciones de metro o autobuses, así que opté por la opción más cabal. El taxista resultó ser un afgano que accedió a llevarme por el justo precio de 28$. No regateé. Metimos mi equipaje en el maletero y me lancé al asiento de atrás, derrengado. Le di la dirección que tenía apuntada en un papel y me preparé para mi primera inmersión neoyorquina. Intenté entablar conversación con el taxista, de nombre Abdel Khalif, según decía su licencia. Como parecía no entenderme modulé mi acento pretendiendo hacerlo un poco más new yorker:

-So, how long have you been working as a cab driver, buddy? -me salió, en lo que yo creía que era el colmo de la expresión yankee.
Como no hubiera respuesta tras varios intentos, decidí que el tipo sabía mucho menos inglés que yo, y que probablemente llevaría allí pocas semanas. En media hora, y tras minutos interminables consultando su guía, el buen hombre me depositó en una calle que resultó ser Manhattan Ave. y en su inglés rudimentario me dijo que estaba muy cerca:
-112th, very short, very short.
Estuve a punto de decirle que yo le había pagado para que me llevara a la puerta, pero de qué me iba a servir si el tipo no entendía nada en absoluto. Como tampoco tenía muchas ganas de discutir en dialectos desconocidos me bajé del taxi y le di el dinero.
-27 bucks. Keep the change. -Al ver la cara que se le quedó al pobre taxista me arrepentí de mi mezquindad e imaginé toda una prole afgana abriendo sus bocas como polluelos en el nido.
Me encontré frente al parque. Central Park, me dije. Leli me había dicho que vivía a siete minutos de allí, así que no me preocupé mucho. Tiré de mi maleta y me puse en camino en dirección opuesta al parque ya que allí se acababa la calle 112. Pensé que tenía mucha suerte de no haber llegado de noche porque el vecindario tampoco me daba mucha confianza, acostumbrado a los relatos peliculeros de la gran manzana. A mi derecha había un edificio en obras y un poco más adelante me encontré con la típica cancha de baloncesto enrejada en la que había unos cuantos chavales de color -ya intentaba acostumbrarme a no decir negros, pues eso parecía no estar muy bien visto según me habían contado- corriendo y sudando la camiseta. Me sorprendió encontrar uno de esos vehículos paramédicos, una caravana de una empresa que se hacía llamar Atlantic Paratrans. Crucé el semáforo de la 7th Avenue en rojo y me encontré con un parking abarrotado de coches y una enigmática señal de tráfico que rezaba RAISE PLOW. Seguí el camino cavilando qué querría decir eso. Plow significa arado en español, así que debía significar "alzar el arado", bastante impropio para una señal de ciudad. Intenté buscar su correlación pero no encontré nada que pareciera justo. Así cavilando vislumbré a lo lejos lo que parecía una tintorería: Perfecto, me dije. Así podré dejar directamente el traje para la ceremonia de entrega de premios de excelencia de alumnos de Columbia, que para eso había venido, y limpiarlo, ya que dos días antes de aquello había estado en Madrid en una entrega de premios, esta vez literarios, en la que Marta Polbín había sido seleccionada, y la noche había acabado con vomitera en la solapa de la chaqueta. Maldije mis expectativas porque en ese momento pude apreciar a corta distancia que el cartel verde de K-CLEANERS no había sido limpiado en años, y que el local al que daba sombra estaba cerrado. Mejor, así llego antes, me consolé. Pero en la puerta de al lado me detuve junto a GEOS, una verdulería con delivery en la que compré un Chicken Tika Massala de no muy buen aspecto. En seguida me di cuenta de mi error, ya que en la esquina con St. Nicholas Ave. había otro delivery de mucha mejor apariencia. Fue justo en ese cruce que presencié un curioso accidente entre un Buick gris metalizado y un Chevrolet familiar. Fue curioso porque ambos se bajaron y ni tan siquiera se gritaron, sino que se pusieron a rellenar partes como si ya lo hubieran pactado todo de antemano. Yo ni tan siquiera me quedé a mirar el espectáculo. Los rodeé inmediatamente, lo que puede dar cuenta de la celeridad con la que dieron solución al asunto. América, me dije. El paso de peatones de Lenox Avenue se me hizo interminable. Empezaba a caerme de golpe todo el cansancio de las horas viajadas. No podía aguantar más, sobre todo viendo que no cruzaba el campus de Columbia, que Leli me había dicho tenía que atravesar para llegar hasta su casa. Crucé una urbanización en la que me encontré a un señor bastante obeso que me preguntó por Lexington Ave. Ni idea, le dije. ¿Y usted no sabrá dónde queda Broadway? Sí, más abajo, me dijo. Así que seguí bajando casi con los ojos ya cerrados. Tal vez por eso estuve a punto de ser atropellado por un carrito de bebé conducido por un padre despistado. Seguro que iba borracho. Al llegar a la 5ª Avenida busqué el Bloody Bucket pero se confirmaron mis dudas que me indicaban que la 4ª con la 5ª jamás se podrían cruzar. Licencias poéticas de los saineteros, qué se le va a hacer. Sí que vi un grupito de afroamericanas (supuse) bastante guapas en su conjunto, y estuve a punto de preguntarles, pero al final, no sé si por vergüenza o cansancio, acabé no haciéndolo. Un Lincoln blanco pasó junto a mí y tocó el claxon. Miré esperanzado, pensando que podría encontrar una cara conocida, pero no, se habría confundido. La interminable Madison Avenue me estremeció. Confundía su final con la línea del horizonte. Me encontré a mí mismo buscando la Torre Agbar al final de la avenida. O comenzaba a alucinar o tal vez se hubiera levantado una nube de polvo huracanado. La verdad es que casi no me sostenía en pie y tenía la lengua como un zapato. Maldita sea, me dije hastiado, ¿es que no me podía haber dado Leli el maldito número del edificio? No, es muy fácil. Te será más difícil encontrar el número. Joder, al menos me habría dado orientación ¿Y por qué fui tan estúpido como para no insistirle? Perdido en Brooklin y con menos fuerzas que un dingo en el desierto, genial. La situación comenzaba a ser desesperante. No podía tirar ya de las maletas. Me dolía hasta el último centímetro de mi cuerpo, músculos, huesos y terminaciones nerviosas. Pasé bajo un puente por Park Avenue. Me imaginé que ese puente llevaba a Central Park. Esto me desconcertó por completo: ¿Era posible que a pesar de haber andado en línea recta hubiera hecha el camino en círculos? Habría intentado buscar otro taxi de no ser porque me había gastado los últimos dólares que me había prestado Pere Rovira en aquel asqueroso pollo. "Toma 50" me dijo, "Con eso es más que suficiente para llegar. Ya sacarás más dinero allí que al cambio es más barato". Maldije a todos los demonios del infierno por mi mala suerte: Damm it!, me decía haciendo un esfuerzo por integrarme. Un poco más adelante vi una cabina de un trailer roja averno que me hizo pensar en El Diablo Sobre Ruedas, aquel primer film de Spielberg. Al menos el paseo turístico era entretenido. Curiosamente me encontré de bruces con la calle que buscaba el gordo. Un School Bus de esos típicos amarillos cruzaba la avenida y entonces me di cuenta de qué me sonaba esa calle: Going to Lexington... decía Lou Reed en  Waiting for my man, la canción de la Velvet. Así que el gordito lo que quería era pillar mercancía. Aunque no me alivió mucho la idea, me hizo sonreír por un segundo. Junto al edificio de la esquina, afeado con una lona azul para andamios, una pareja de amas de casa discutían, pensé que sobre el precio de las cebollas que ambas llevaban en bolsas de plástico azul transparente -Sí, de plástico. Yo también pensaba que aquí todas las bolsas serían de papel reciclable. Seguí esa lona azul horrible pensando que debían estar haciendo trabajos en el jardín y descartándolo al comprobar lo viejo de la tela y la verja. Todo esto le daba a la ciudad un aspecto humano y familiar que me hacía no perder el ánimo del todo. Además vi en un segundo piso lo que me pareció la bandera cubana. Aunque después caí en la cuenta de que era la de Puerto Rico -la diferencia entre franjas azules o rojas no debe ser fácil para un daltónico- y esto me hizo sonreír de nuevo porque me recordó al barman del Bloody Bucket. En una esquina de la 3ª Avenida me encontré con el típico puesto de Hot Dogs que me pareció una vez más mucho más sabroso que mi triste pollo. Más adelante había un parque de juegos con otra cancha de baloncesto, esta vez desierta. Los jugadores ausentes me miraron con compasión. Resultó ser el patio de la escuela católica de Our Lady Queen of Angels. Al ver desde la puerta su imagen tan piadosa me dije que allí debían acogerme. Así que me introduje en el edificio y, como no viera guardia alguno, entré directamente en la capilla a descansar en sus bancos al fresco. Por suerte estaba también desierta. Nadie me preguntaría. Yo sí que le pregunté a Our Lady si alguna vez llegaría a mi destino. Entonces vi que la iglesia tenía un reloj y que daban las cinco. Aquello me pareció una señal, por lo que, más descansado, salí de nuevo a la calle dispuesto a preguntarle al primero que pasara. Pero no, no pasaba nadie, ni un sólo coche, en ese momento. Pasé por lo que me pareció un edificio de viviendas de protección oficial más allá de la 2nd Ave. Entre los edificios había un espacio para los contenedores de basura, y en las esquinas, había unas cámaras de vigilancia que no me hicieron sentirme más amparado. Así fue cómo llegué a la 1ª Avenida, dándome cuenta de que siendo la primera, allí empezaba, y no había más camino que recorrer al este de la calle 112. Por un lado el parque, y por el otro la primera avenida. Había atravesado toda la calle y no había dado con Columbia, ni rastro de Leli. Me tiré en el suelo destrozado. Estaba muerto, realmente muerto. Entonces vi en el cielo un ángel, una paloma se posó sobre una señal que decía East con una flecha, West en la otra dirección. Y caí en la cuenta. Le pregunté a la paloma y ella me lo contó todo. Cruza el parque, me dijo. Y después se cagó en mi cabeza y marchó volando alegremente.*


*Si queréis llegar al nuevo hogar de Leli recordad que está cruzando el parque, siempre en dirección Oeste. Es muy fácil. Ni tan siquiera necesitáis el número del edificio.

Por El Ogro del Sí

viernes, 4 de enero de 2008

Kbeza bi-sible


Nuestros reporteros en Madrid tomaron una instántanea de Leli Vorratxes en una fiesta de fin de año, entregada a su actividad más habitual: la promoción de los principios del Autobombo.

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