Mostrando entradas con la etiqueta congriestas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta congriestas. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de febrero de 2009

Congriesta (salvando las distancias...) en NY

En la recepción, una mesa mostraba las acreditaciones del congreso. Tras pagar cinco dólares, el interesado recibía una sobria tarjeta con su nombre y el de su universidad dentro de una funda de plástico, y, adherido con una gota de silicona, un imperdible que serviría para que la acreditación permaneciera ensartada en su pecho al alcance de las miradas curiosas de los demás participantes. Tras conseguir así la patente de corso para moverse a su antojo en los paneles y los diferentes refrigerios a lo largo del día, nuestro protagonista se fue a su casa. Lo que hizo ese día no tiene ninguna relación con nuestra historia y por ello no tiene lugar en este relato.

Al día siguiente, tras una noche de buen dormir, nuestro protagonista se desayunó en una cafetería próxima al lugar del congreso. Hízolo así para no molestar al señor Yamabata, un asistente al congreso que había pasado la noche en el living de su casa, y que cuando nuestro protagonista salió a la calle aún dormía. Dejamos así al señor Yamabata, dormido sobre un colchón dispuesto directamente sobre el parqué (pero no por ello incómodo), bañado por la luz matinal que ya entraba por las grandes ventadas del living. Sin embargo, no lo olvidemos, pues más adelante tendrá un papel importante en este relato. O quizá mejor decirlo ya, porque luego quién sabe donde nos llevara el relato. En conclusión, el señor Yamabata, un joven tímido y cordial, resultó ser ultraconservador, cristiano practicante (misa tras noche de copas y bendición de mesa incluidas) y ex-miembro de un clan mafioso en Corea del Sur. Intentaba ahora infructuosamente que el gobierno de Corea del Norte le dejara visitar el país, lo que le negaban después que los servicios de inteligencia norcoreanos atendieran alguna de sus conferencias, donde destacaba la corrupción del régimen y la afición de su Líder por el coñac francés.

Mientras nuestro protagonista se tomaba un café con leche y un croisant, repasó sus notas, su peinado y su camisa, y tras pagar y dejar 25 centavos de propina, se encaminó a la universidad. Llegado allí, conoció a otra de las panelistas, una estudiante llamada Zhang, quien resultó ser extremadamente gentil y que le ofreció a nuestro protagonista valiosas informaciones relacionadas con su propio campo de estudio. Algunos asistentes al panel fueron llegando, y tras unos minutos, dio comienzo la sesión con la presentación de la señorita Zhang. Tras unos minutos durante los cuales la erudición de la señorita Zhang quedó menoscabada por su pobre dicción y falta de prosodia, llegó el turno de nuestro protagonista, que a su manera habitual, encandiló a los presentes con hermosas e intrigantes fotografías, con el tempo pausado, sereno y grave de su voz y alguna que otra metáfora arriesgada, en conclusión, con los fuegos artificiales propios de quien oculta su falta de conocimientos con arriesgadas piruetas circenses de peligrosidad innegable. Tras su presentación le tocó el turno a la señorita Ping, pero eso ya no nos interesa. Sigamos pues los pasos de nuestro protagonista, que ahora se encaminan de vuelta a la cafetería anteriormente citada, pero esta vez en compañía de una amistad, con la que comentarán su presentación, y el guión que ésta tiene que escribir para un rodaje próximo: una mujer está en su casa, y recibe una llamada de su padre. Aunque no lo oímos, entendemos que el padre la está advirtiendo de algún tipo de peligro. Ella lo tranquiliza y le miente, diciéndole que no está sola sino con su amiga X viendo la televisión. Tras esto, toma su bolso y sale a la calle. Este era el patrón del ejercicio de dirección al que la amistad de nuestro protagonista tenía que dar cuerpo.

Más tarde, nuestro protagonista volvió al congreso, donde los asistentes estaban probando los diferentes sandwiches que la organización había provisto como almuerzo. Recibió con agrado unos comentarios laudatorios de quien había dirigido el debate tras su presentación, y algunas recomendaciones futuras. Intercambió algunas palabras con colegas académicos, y se colocó estratégicamente para poder presentarse a la mujer más hermosa de la sala. Era el suyo uno de esos rostros que presentan ligeras trazas de sangre oriental, sin serlo. La tarjeta identificativa de la susodicha, a quien llamaremos Laura, confirmaba que al menos su padre parecía ser europeo o norteamericano. Quizá entonces los genes regresivos de su madre (¿japonesa, acaso?) había acentuado el perfil de los ojos, la redondez del rostro y la altura de los pómulos. Su serenidad mental-la de nuestro protagonista- agradeció que, como a menudo sucede, tal atractivo físico no fuera acompañado por una actitud generosa ni un carácter amistoso; de esta manera, a las cuatro palabras que intercambiaron no les siguió ningún pensamiento estratégico por parte de nuestro protagonista, quien pudo así concentrarse en elegir cuáles serían los paneles a los que asistiría después. Quizá impulsado por el escaso éxito de su aproximación, nuestro protagonista finalmente eligió el panel sobre planificación urbanística por encima del de Erótica y Sexualidad. Quizá cierto elitismo le llevó a evitar las masas que ya oía iban a llenar el panel más sensual. Acaso un atisbo de solidaridad gremial hizo que apoyara a los urbanistas, que aventuraba solitarios. O seguramente, su propia investigación parecía más propensa a beneficiarse de lo que los investigadores en ciudades le pudieran decir. En cualquier caso, nuestro protagonista escogió ese panel y allí se dirigió, a la sala 411. De nuevo les advierto que aunque esta elección parezca alejarnos del panel de Erótica y Sexualidad, no por ello lo borren de su memoria, porque más adelante los dos caminos se volverán a encontrar, como si, y perdonen la metáfora, los urbanistas le hubieran enseñado a nuestro protagonista a trazar unos caminos que se bifurcan y se encuentran a la vez.

Las presentaciones resultaron ser poco brillantes, y a nuestro protagonista se le fueron las ganas de oír más, con lo que se dirigió a su casa a descansar un poco y decidir si atendía la recepción. Lo que hizo acertando, esta vez sí, el desvío acertado, o sea, el que llevaba sin demorarse a la buena elección. El lugar era la biblioteca del departamento de Asia Oriental, una sala larga e imponente rodeada de diccionarios, periódicos y libros de referencia. Madera añeja en el mobiliario y las columnas, y techumbre sostenida por ligeras bóvedas blancas tapizadas de octógonos con flores de ocho pétalos en el centro. Como la spina de un circo romano, las largas mesas alcanzan hasta el final de la sala; las primeras estaban llenas de comida; las centrales vacías; la última, transversal, ocupada en su totalidad por bebidas, alcohólicas en su mayoría. En un nicho en el extremo derecho, un dj amenizaba la velada. Tras un inicio tranquilo, donde cenó con el señor Yamabata y el señor Nga, un académico filipino especialista en cine transexual y gangsters de barrio, nuestro protagonista fue acercándose más a lo que con los minutos se transformó en una auténtica pista de baile: las largas mesas de madera. Tras quitarle las pantallas a las lámparas, los organizadores del evento, a guisa de ejemplo, se subieron a las mesas, e invitaron a los demás, que en su mayoría pospusieron la oferta hasta después de la siguiente cerveza. Si hacemos un breve fastforward, veremos como nuestro protagonista se sube a un extremo de la mesa y se pone a bailar precisamente con las chicas del panel de Erótica y Sexualidad, que además de chicas de opiniones avanzadas resultaron ser bailarinas avezadas. En un momento dado, una de ellas intentó utilizar el pie de una lámpara, que no subía más allá de su tibia, como una barra como las que se encuentran en barras americanas y lugares de striptease, o sea, retorciéndose a su alrededor de manera sugerente. Como la pobre lamparita resultó obviamente insuficiente, le dio por utilizar a nuestro protagonista para tal menester, el cual, pese a no ser muy alto, resultó mucho mejor elección. Y así siguió la noche, con las escapadas de rigor a la oscuridad de las estantes donde se encuentran los estudios sobre la dinastía Song y los diccionarios de tibetano; con una caminata nocturna hacia Harlem durante la cual nuestro protagonista cargó sobre su hombro izquierdo una caja de 24 cervezas; con un grupo chisposo de gente en un piso pequeño pero acogedor donde se pudo fumar y hablar con tranquilidad y hacer lo que los académicos hacen mejor cuando se sueltan la careta: flirtear con todo lo que se mueva.

viernes, 6 de junio de 2008

LO MÁS...


Demà dissabte, a l'Àtic Parnàsic (Casanova, 85), vine a la festa més...dels últims temps.
Sigues el més...de tots.

jueves, 28 de febrero de 2008


El sábado, ¡súbete al elefante y ven a bailar!
Uoo, uoo, ye ye
[A riesgo de cargarme la recién instituida hebdomeriedad, cuelgo ahora un texto por su relación con el aforementioned Guateque, y con el agradecimiento a Blake Edwards, a la cita del S.P., a los familiares reales o no del Burrot, i a todo el Colectivo.
Pero no se pierdan el texto 'O' del Burrot, más abajo, así como los últimos poemas erótico-gelatinescos de Rotura, la Copérnica, Sara Tusta, etc.]
Un cuento para una fiesta
de 55orratxes


Mis aspiraciones literarias sufren periódicamente vaivenes y zozobras, más motivadas por elementos externos que por mis propias aptitudes o inventiva. Actualmente vengo estando muy productivo—lo que me alegra, aunque eso signifique atesorar la secreta y mórbida ilusión de que la cantidad me acercará a la calidad—por el efecto que un nuevo grupo de amigos literatos, de grandes creadores y excelentes personas, ha tenido en mis ganas de escribir. Sergio Alevín, por ejemplo, además de ser un paciente opositor en el ajedrez y preparar el mejor Bloody Mary, ha escrito un conjunto de relatos, titulado Historias de Clonopios y Quillas, que, en un diálogo con los Cronopios y Famas de Cortázar, crea universos sorprendentes e inquietantes. Alberto Pioje, por su parte, es un gran conversador y bailarín de swing, así como un finísimo poeta, capaz de enhebrar versos ígneos de una elegancia cosmopolita (“Teresa: vamos a comenzar por el final,/una nueva carta hacia atràs/comenzada por el final.”).

Sin duda Carmen, mi esposa, lleva razón (aunque su recelo también se alimento de celos hacia las musas del grupo, Dora, o la inevitable Beatriz) y estas nuevas amistades, charlas en bares e incentivos creativos—los de imitar, ser escuchado y criticado con afecto—me perturban mucho, hasta niveles casi obsesivos. Sin embargo, quiero contarles algo para mostrar como, objetivamente, el mundo conspira contra mi estabilidad—también matrimonial—regenta mi camino y me oscila hacia mis nuevos amigos. En un puesto de libros de viejo encontré hace unos días una edición de Historias de Cronopios y Famas, la clásica de Edhasa, de lomos morados. Hace ya mucho que tengo mi ejemplar, y como suelo hacer con los libros así—como esa Rayuela firmada por Núria Espert en el 1978—miré la portadilla en busca de una firma, dedicatoria o curiosidad que me resolviera a comprar de nuevo el libro. Esta vez tan sólo encontré un nombre, sin firma ni garabato, y una fecha: “José Ángel Pioje, 11-XI-78”. Aunque no se trate de una celebridad, recordarán sin duda lo que les conté unas líneas más arriba: Pioje, apellido sin duda curioso y poco habitual, es también el nombre de mi correligionario Alberto, el ínclito poeta, por lo que rumie—desee—si este José Ángel acaso sería un padre o un hermano que yo desconociera. Ojeando el libro, descubrí algo que, si cabe, llamó más mi atención. Uno de los relatos del amigo Sergio Alevín, titulado “El timo de Lenin”, lleva como epígrafe unas líneas de Cortázar, pertenecientes al final del cuento “Simulacros” (página 31):

“y el colectivo 108 que pasaba cada tanto; nosotros ya nos habíamos ido a dormir y soñábamos con fiestas, elefantes y vestidos de seda.”

Siempre me inquietó ligeramente esa frase, ese colectivo irregular que pasa ‘cada tanto’, como una caprichosa sorpresa más que un servicio público. Y ese elefante en la fiesta, que una sinalefa mental me presentaba a veces vestido de seda. Ahora, acrecentado mi asombro por momentos, mis dedos buscaron y encontraron ese párrafo, pero destacadísimo sobre un subrayado firme. Aún más, alguien— ¿José Ángel?—había dibujado pequeños elefantes rosas, sutilmente diferentes, en cada una de las esquinas inferiores, por lo que al pasar velozmente las páginas uno podía ver, cinematográficamente, al pequeño elefante subir y bajar la trompa, guiñarle un ojo al lector y mirar el texto, o reír bajo una lluvia de confeti que caía desde su misma trompa sobre su lomo. Finalmente, mientras meditaba la cuestión y el precio, pasé hasta la última página, que debajo de la fecha y lugar de terminación de la impresión (el omnipresente Romanyà/Valls, 25 de mayo del 76) me deparaba lo siguiente:

"Tengo el inmenso placer de invitarlo al Guateque que tendrá lugar el próximo sábado 1 de marzo en el Ático Parnásico de Casanova 85.
Se ruega respeten el código de vestir, que será de etiqueta, vestido de noche largo, lentejuelas, boas; frac, pajarita o derivados: en todo caso exclusivo, elegante y/o extravagante al gusto.
Asimismo, traigan consigo esta invitación, y una tapa, ración o bandeja de canapés de su elaboración, o un cocktail, ponche o brebaje excepcional."


Sin fecha ni firma, pero la casualidad ha querido que este sábado siguiente también sea 1 de marzo. Yo, por lo que sea, he venido, y conmigo mi chaleco de seda violeta y mi corbata de elefantitos. ¿Encontraría a Alberto, acaso a José Ángel? ¿Tendrá mi bloodymary— destilado de todo lo que hay de Drácula en mí—que competir con un inigualable cocktail preparado por el maestro Alevín? Aunque seguramente mi esposa lleve razón y estoy delirando y no hago más que soñar con fiestas, elefantes y vestidos de seda.

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.