viernes, 26 de marzo de 2010
Historia zómbica (V): la soledad de los espejos
El espejo sigue ahí. Siguen ahí tus ojos lánguidos y tu sonrisa opaca. Sigue ahí el reflejo polifemo. Pasas el dedo índice por la superficie polvorienta del espejo, en diagonal, de arriba a abajo, de derecha a izquierda. Una reluciente cicatriz parece ahora rasgar tu rostro, la cicatriz que deja el rastro de un caracol en su camino. Vuelves a pasar el dedo, pero esta vez dibujando la diagonal contraria. Una gran X domina ahora el espejo. En la intersección que forman sus aspas, aparece nítidamente tu entrecejo fruncido. Parece el punto de mira de un incierto futuro de cañón recortado. Súbitamente suena el teléfono. Lo dejas sonar una, dos, tres, cuatro veces; a mitad de la quinta, enmudece. Con el flanco de la mano, compulsivamente, quitas el polvo que queda sobre la superficie del espejo y la limpidez con que ahora aparece tu rostro te resulta intolerable. De un manotazo haces girar el espejo, que parece ovillarse sobre sí mismo, perdiendo poco a poco velocidad. Le vuelves a dar impulso, como si fuese una ruleta. Una y otra vez. Finalmente, dejas que se detenga. Y el rostro desenfocado que el espejo te devuelve resulta ahora monstruoso, convexo, deformado, turbulento. Apagas la luz, y te preguntas qué demonios hacías tú esta tarde al volver de la oficina mirando el escaparate de una tienda de juguetes.
Marta Polbín
(espero me perdonen el reciclaje)
jueves, 25 de marzo de 2010
historia zoomórfica III
Al otro lado, allá afuera, la piel suda, los músculos abdominales se ensanchan por la comilona dominguera de verano. El lino del vestido floreado de Antonia parece adherirse a su cuerpo. Ella se siente incomodada. Disimuladamente, palpa con sus dedos dentro de su bolso blanco. La funda de las gafas de sol, la cartera, el lápiz de labios, las llaves de casa, ah si, ahi está el espejito. Lo agarra cuidadosamente con sus manos acaloradas. Lo abre. Frente a ella, una mujer de unos cuarenta, de piel morena de cala ibicenca, con ojos celestes como el mar balear, nariz respingona de clase media y lunar seductor cerca de la comisura de sus labios. Antonia los mira. No tienen tintes de comida. Sonríe aprovechando que Ana ha contado una graciosa anécdota de su viaje a Tailandia. Perfecto: ni un rastro de alimentos entre sus dientes.
Tras un movimiento fortuito de su mano, el espejo desvía su reflejo hacia la explanada que queda a espaldas de Antonia, detrás del restaurante. De un deportivo rojo baja su marido. También la conductora, una morena despampanante que tras estirar sus interminables piernas se acerca al esposo de Antonia y lo besa. En ese instante, una gaviota que rastreaba el tejado de uralita del chiringuito en busca de alimentos inicia su vuelo. Sobrepasa a la pareja de amantes y a su coche y se aleja de la costa. Cruza varios palmerales, huertos secos, y divisa rápidamente el campanario de la iglesia, a lo lejos. San Rafael parece un pesebre a esas alturas. Como una maqueta de casitas blancas con techo plano, a veces con terrado. El sol, ya vago, se va acercando al horizonte. Con calma. El cielo es como la acuarela anaranjada de un escolar. Un olor llega súbitamente. La fritanga que Juana Terroba cocina para la cena en honor de su cincuenta aniversario. La gaviota sigue el perfume como un perro. Y aterriza en picado en la ventana de la cocina. Su llegada espanta a una paloma aburrida que paseaba por el jardín de la casa. Echa a volar, y recorre el mismo camino que la gaviota, de vuelta. Al posarse sobre el techo de uralita, que todavía quema debido al sol de mediodía, ve a una mujer gritar nerviosa. La gaviota que la ha sustituido en su visita al pueblo había dejado antes de marcharse un regalito sobre el Porsche nuevo de esa modelo.
A pocos metros, un espejito doble se cierra como una claqueta en las manos de Antonia. -Jódete.
Más vale tarde que nunca.
Su Majestad
Definitivamente, la Polbina se ha vendido al capital y al autobombismo más carpetovetónico.
Que le lluevan los palos que se merece.
(La autora quiere agradecer la colaboración explícita para la escritura de este artículo a dos miembros fundadores del Colectivo Autobombo: Leli Vorratxes, a quien le debe una frase y una traducción del chino; y a El Sargento Pioje, que le dio la idea de la siesta...)
miércoles, 24 de marzo de 2010
PRACTICA ZOOMOFILICA (con todo mi amor Zorra)(Rotura)
lunes, 22 de marzo de 2010
Práctica zoómica de la historia de la literatura II
Si ahora nos acercamos un poco perdemos la mirada genérica pero vemos un navío. Nuestro patrón es un ser perdido, un vagabundo, navegante que busca la estela de otros barcos para no perder su rumbo, para entender el mar desde unos circos que jamás permanecen y que jamás cesan. Tiene ahora unos dos mil novecientos años y sin embargo su pecho es vigoroso y su mirada clara. Con la vista en alto, incapaz de fijarla en un punto conciso, recuerda el sonido de olas antiguas, compañeras fieles de su viaje por cuyo envite nunca detiene el bajel ni echa ancla que no le permita ladearse a la deriva. Tiempos ha habido más calmos cuando en un puerto podía permanecer seguro, pero siempre algo, una marea, un oleaje imprevisto le arrollaba el áncora y le llevaba de nuevo a mar abierto. Esos espacios calmos, en los que se entretenía, dejándose mecer suavemente por las leves olas que débilmente giraban el navío, esos remansos tranquilos en los que sentía el mar como suelo firme que uno pisa sin miedo a terremotos o desprendimientos, esos tiempos pasaron, cuando uno sabía cuál era su destino, el destino de un pueblo, y la lucha era sólo un modo de vida, cuando el mañana era suyo y la vida se arrojaba a las fauces de la Fortuna sin más deseo que ser gota de sangre en ese mar inmenso. Y entonces la violencia y el amor eran inevitables y el mundo tenía las respuestas que uno jamás buscaba porque las encontraba en el afuera, en la lucha y en el pueblo. Era el tiempo en que los dioses eran próximos y uno mismo era inconfundible. Después los dioses empequeñecieron y fueron a esconderse en las entrañas de los hombres, entonces los barcos se tornaron navíos de guerra, o solitarios veleros que surcaban el mar en busca de aventura, alguno había que sólo deseaba llegar a tierra dónde esperaba encontrar el resguardo de un pecho cálido. Hubo una vez un barco que surcó todos los mares guiado por un marine loco. Y hubo una época en la que sólo se pudo cantar el horror; y en el que la desesperanza y el descrédito lo cubrían todo. Alguno pronosticó que el mar se secaría, que ya no sería navegable y los marineros quedarían varados, aterrorizados por lo que sucedía en tierra. Pero ahora, si nos acercamos un poco más, ya no con la vista, al interior del patrón, vemos que está vacío, no lo habita un ser sino sólo recuerdos de olas y voces que chocan reclamando el espacio que los pequeños dioses abandonaron.
viernes, 12 de marzo de 2010
Práctica zóomica de la historia de la literatura
Ese sueño de nuevo. Es capital, por ello, que lo tomemos en cuenta. Un submarino, la falta de aire, personajes conocidos pero sin conexión aparente entre ellos mezclados con otros, desconocidos. Del mismo modo, y como en otras ocasiones, su despertar había sido parcial, al descubrir con los primeros atisbos de conciencia diurna su brazo derecho entumecido, falto del suficiente riego sanguíneo al haberse quedado oprimido bajo la almohada: ¿cómo tendría que influir la lenta recuperación de ese brazo en el desarrollarse del día, en el vigor de su mano al, más tarde, tomar pluma y encarar el papel?
Su gato decidió ignorar, como era habitual, que la mañana había llegado y siguió acurrucado en su rincón de la cocina. Qué felicidad la suya, pensó, que podía seguir durmiendo arrullado por el sonido de esta cafetera que ahora empezaba a burbujear. Los vecinos, puntuales como un reloj, llegaban a través de las finas paredes con su matutino concierto de portazos, gritos de niños y correrías. Se decidió por el traje beige, acaso porque anticipó que su editor lo recibiría vestido con uno de sus siempre oscuros y carísimos trajes italianos impolutos frente a los cuales era imposible no sentir su pobreza, fresca y siempre nueva, presente como invitado de piedra en la entrevista
Así salió a la calle, y se encaminó hacia la calle principal, donde su amigo alquilaba una sencilla habitación. Era siempre un buen lugar para tomar un segundo café y hablar de libros, de política, de fútbol o mujeres. Acaso para ser sorprendido por cualquiera de esas imprevistas visitas que los múltiples conocidos de su amigo le hacían sin avisar. Aparecían así extranjeros mezclados con cantantes, botellas de ron y pastelitos dulces, niñas con uniforme de escuela cara de la mano de bohemios poetas con hambre atrasada. Se discutían noticias de provincias, de países remotos. Se escuchaban con atención discos nuevos y acaso extraños para luego pasar a cantar una canción popular o un corte de moda. Sin duda entre esas paredes nuestro autor encontró a menudo inspiración, ideas para personajes, grandes y ambiciosas ideas para escribir, un día, la novela que reflejaría el frenesí de su tiempo y las emociones de sus habitantes.
Al salir de casa de su amigo, como tantos otros días, se detuvo una hora en la biblioteca de la ciudad, en la que leyó los periódicos y algún que otro semanario. Se mantenía este autor al día de la política y de las ideas que circulaban en el mundo, ya fueran las del arte, las de la ciencia, o las de la moda. Era, como se puede apreciar, un hombre bien asentado en su tiempo histórico, y cualquier historia de la literatura que se precie hará bien en conectar su obra con el devenir de los acontecimientos de su época.
Mientras se encaminaba, finalmente, a la gran avenida donde su editor tenía su oficina, se cruzó con un viejo conocido que había llegado recientemente a la ciudad desde el pequeño pueblo del cual los dos procedían. Mientras el otro lo ponía al día sobre familia, trabajo, y sus dificultades en sus primeros movimientos en la ciudad, nuestro autor no pudo ver como, por la otra acera, pasaba caminando la mujer de la que estaba enamorado. Nosotros lo vemos porque nos elevamos ahora por encima de las calles, y como un pájaro, por ejemplo una de esas gaviotas que sobrevuelan esta ciudad costera en su rutina carroñera, tenemos una perspectiva más amplia. Así vemos a una joven mujer que camina cabizbaja meditando la carta que más tarde le va a enviar a nuestro autor y en la cual lo va a despechar, lo que naturalmente va a ser causa significativa de la amargura con la que la siguiente parte de su obra va a estar impregnada.
Si ahora, siguiendo quizá el vuelo de la gaviota, nos posamos en la aguja de esta iglesia, tenemos una visión privilegiada de la ciudad. Vemos, allá abajo, a nuestro autor siguiendo su camino, parando en un semáforo y girar a la derecha, hacia esa gran avenida que cruza el centro de la ciudad con señorial majestad, esta vía regia que conserva aún los restos de la gloria de antaño, esa pomposidad en su trazado, balaustradas y remates que evocan victorias militares, progreso en las artes y las ciencias, y el convencimiento en la superioridad de su civilización, todos rasgos que, de forma directa o indirecta, con inconsciente adhesión o negociado rechazo, nuestro autor ha incorporado a su obra más insigne. Y es que es esta ciudad capital de una nación entre naciones, un heraldo de las artes que en el pasado tuvo que combatir por tierras y honra con sus vecinos, esas tierras que se extienden más allá de estas montañas, ríos y mares que ahora, desde nuestra atalaya atmosférica, podemos contemplar en toda su uniformidad geográfica, y es que aunque los niños-y algunos no tan niños-lo piensen así, entre países no hay línea alguna como en los mapas, ni colores distintos separan los territorios que pueblan la corteza de la tierra, ese orbe que aún gira, imperceptiblemente pero sin detenerse, desde que el enfriamiento de una explosión de anti-materia cohesionara masas de carbono, hidrógeno y oxígeno para crear este planeta azul que vemos desde nuestra órbita, un azul sólido que a ratos se divide en las agrestes líneas de los cirros vaporosos, como en un grabado para el que el hierro se ha rasgado de manera tosca e irregular.
-leli
domingo, 7 de marzo de 2010
Unos sentimientos indestructibles.
Cuando desaparezcan serà como si nunca hubieran existido, serà como si todos hubieramos sido personas corrientes. Son las propias palabras las que frenan con su pausa de palabras. Son los propios cuerpos los que frenan con su pausa de cuerpos. Pero no es asì. Somos detestables porque apartamos la vista de todo este amor. Lo necesario y lo que hay, necesidad y existencia. Personas corrientes, lo corriente y lo normal, necesidad y existencia, lo necesario y lo que hay, el sufrimiento y los cuerpos, amar y lo indestructible, perecer...no debemos ocultar el mal olor de la muerte, el hedor de la muerte, la muerte dignifica, sentir dignifica, sentir miedo dignifica...unos sentimientos indestructibles...cuando desaparezcan serà como si nunca hubieran existido...el tiempo nunca fue libre, el tiempo no marcha para atràs, recordar es un error, sentir no para en el recuerdo, la debilidad de sentir, la debilidad de sentir...CUÀNDO DEJARÊ DE VIVIR UNOS SENTIMIENTOS INDESTRUCTIBLES. Desesperar desesperar desesperar desesperar paciencia en tiempos pequeños, las cosas exentas de ser presas de las palabras. Desear sin palabras para que no pueda pensar en ello, los sentimientos indestructibles, sentimientos indestructibles, cifras que no se puedan contar para que no pueda pensar en ello, una matanza que no pueda matar para no pensar en ello. La finalidad movièndose ausente, la finalidad un reptil de sangre fria, la finalidad en mitad de la carrera sin alguien que la pueda calificar. Dejar que algo menor nos supere. Algo menor sentir, perder, quedarse a solas, retrasarse, ser torpe, la fortuna de ser dèbil, la pasiòn de ser destruido, una angustia suicida, estallar y languidecer, el hermano menor, siempre el hermano menor. Si continuo asì leyendo y escribiendo y asì leyendo y escribiendo ofrecerè la postura perfecta de mi nuca para el descabello, esta es la seducciòn por los pedazos. Pedazos. Sangre por todas partes. Cuàndo los pedazos dejan de ser pedazos para ser sangre. Compulsiòn. Intermitencia. Ausencia y presencia. Lo provisional en un patio interior. La emociòn vigila. El amor no tiene nada de confortable. Me conformo con poco, con los pedazos, con el fino hilo entre la sangre y los pedazos. La legitimidad de los pedazos, no la legitimidad de la sangre, nosotros no somos legìtimos, la sangre por si sola es legìtima, nosotros y la sangre. Fatigar. Ser como querìa que fuese, haberlo sabido ver. Imperdonable. No pido nada. Querer ver, todo es mejor conmigo que sin mì, contigo que sin ti. Unos sentimientos indestructibles en un patio interior. El empleo masivo de sentimientos, cooperar con la sinceridad y la amenaza de existir, la intimidaciòn cotidiana, matar inocentes, la culpabilidad del enemigo y ser el enemigo. No tengo nada que objetar a la muerte por su mano. La muerte por su mano. Esa mano no es humana. Nosotros no exponemos las condiciones de rendiciòn. Miseriar.
Es fundamental destruir. La violencia es indispensable. El martirio es esencial. El intercambio de humillaciones es esencial. Ser abominable es fundamental. Mutilar es esencial. Esas miradas...esas miradas al frente con las manos sobre las rodillas de la desapariciòn y el desencanto, rodillas hechas de carne que no reacciona y que ademàs no posee ni el impulso de la resurrecciòn...nuestras rodillas. Despuès entra el silencio en las cabezas y el conflicto cae en un olvido de plàstico, despuès aparecen personas vivas debajo de los escombros.
Despuès de cada asesinato caminamos hacia delante sin importar los muertos, los muertos no importan, hacemos como si nada, hacemos como si sentir no fuera indestructible, hacemos como si sentir tuviera recuerdos.
El cuerpo es una flor que se alimenta de la carne murièndose.
Lo que ves sospechoso por lo que has visto en otras partes, ùltimas sombras, viento, el oeste, nubes, terminales, azul nuevo y nada. Despuès a nada se parece en absoluto lo que has visto en otras partes. Lo que nunca se ha oìdo y despuès el silencio. La respiraciòn profunda de una habitaciòn, el olor a ganado y cuero y hombres, sentidos que han cambiado el alrededor para siempre en el espacio en que se encierra un borbotòn de sangre por un instante. Una voluntad de carne compacta y oscura. Voluntad recubierta y amortiguada de carne empujando, pasando el cerrojo para caer en el estrecho sin cautela y hacer dientes y no gritar, y hacer pecho y no gritar. No saber cambiar. Los dedos mutilados de señalar y ni rastro de la sustancia de aquella ira. El espacio de los latidos. La distancia ladra dèbil. La punzada es tan grande que detiene en seco cualquier intenciòn de movimiento, cualquier intenciòn de latir. Un segundo despuès comenzar a vivir, desangrarse en otro charco, un modo distinto de traiciòn lejos de ser cobarde, la navaja y el misterio del universo partidos y comenzar a hablar por el corazòn durante la oscuridad que se lleva el dìa y ondear apretado contra ella. Competir por la palidez y la desnudez, llover, decir, pedir, por un momento infinitivos, por un momento la desembocadura en un pañuelo de lino blanco y lo que vendrìa luego ninguna parte, frio, alma, cerrar la boca para evitar la fuga de sentimientos indestructibles...
Tal vez sean los cegadores ojos de la muerte los que ahora me iluminan e impulsan a escribir, no lo sé.
sábado, 6 de marzo de 2010
Autobombo participa en evento de poesía latinoamericana
Cartel by Lelishop
Jetope, jitanjáfora del arroz, presidio del olvido,
Jetope, jitanjáfora of rice, stockade of oblivion,
casa de hierro de la tradición y el perro verde,
Iron dweling of tradition and the green dog,
general demediado de porte zafio y atroz desmayo rojo:
cloven captain of uncouth carriage and dreadful red seizure:
rifirrafe de comino y esfera que atenaza la luz
y medita el menú,
squabble of cumin and the sphere handcuffing the light
and cogitating the menu:
ristra insomne de jofainas y pazgüeños.
insomniac string of washbowls and dorkeins.
¡Gritad la hora y el carmesí esmero!
Yell the time and the crimson heedfulness!
Moved las caderas en allegro justo y salvad las naves.
Swing your hips in precise allegro and save your bridges.
Jetope, salvador, destornillado y convulso jeroglífico justo.
Jetope, savior, unscrewed and convulted and exact hierogliphic.
Penad y calzad botas de rey
para que las trenzas se desmadejen y,
Mourn and slid in the king's boots
so the braids wore out and,
libres, dolidas, jirafas del ayer,
freed, bruised, yesterday's giraffes,
combatid con las huestes venecianas contra el caliente desamor.
fight the Venetian host against the sultry nonchalance.
Gira, rueca, sobre tu jeque de ratios finiseculares.
Revolve, oh distaff, on your sheikxis of fin-de-siècle ratius.
Gafe trismegisto bacular, zenotafio de gotas
Crooky jinx Trismegistus, senotaph of drops
como gotas
like drops
como gotas
like drops
gotas
drops
gotas
drops
de
of
cuero,
leather,
¡gime jinetera constantinopolitana
groan Constantinoplean fille de joie
por un médico que abra la ventana y
sane al sol!
for a doctor who could unlatch the window
and heal the sun!
viernes, 5 de marzo de 2010
CRÓNICAS NEOYORQUINAS
jueves, 4 de marzo de 2010
Y aún otro parecido más
lunes, 1 de marzo de 2010
Dar patadas para no desaparecer
Hoy estuve en Aranjuez, viendo el espectáculo del Colectivo 96º titulado como este post.
Ya me perdonarán mis amigos del alma Àlex Brull y Vice Miralles, Banquo y Malcolm respectivamente en el Macbeth que vi ayer en Alcorcón (sí, miembros y miembras, últimamente me dedico al turismo cultural autonómico).
Ya me perdonarán Tom Stoppard, Àlex Rigola y toda su troupe de buenos actores a quienes el jueves vi estrenar Rock'n'Roll en el Matadero.
Pero Dar patadas para no desaparecer es otra cosa. Es la cosa. Es el motivo por el que un día yo quise hacer teatro. Y sólo muy de tanto en tanto espectáculos como éste consiguen hacer que no lo olvide.
Así que Rotura: déjate de Angélicas y vete a ver lo que es bueno. Por cierto, entre el público de Aranjuez estaba una de las actrices de Perro muerto en tintorería. Supongo que habría ido allí para tomar nota.
Y para no ponerme trascendental, aquí van un par de fotos de Argentina que espero os saquen alguna sonrisa.
Pero no os equivoquéis: yo aquí he venido a hablar del Colectivo 96º y de Dar patadas para no desaparecer.
Marta Polbín.

