







Se levantó del sofá. Tenía hambre, pero también suficientes remordimientos por la comilona del mediodía como para censurarse
Ese ai, Vate que liza
Invocación: "Oh, Proxeo, dios de los manotazos
y de las hostias bien dadas en el ring de la página en blanco,
a ti dedico mi derechazo directo al abdomen de Rotura,
golpe certero que rompe yelmo y escudo,
saeta victoriosa; oh, Proxeo, dirige tú mi porrazo vorratxo
para juntos acabar con la república de los Puntos Suspensivos y
los Textos Largos."
Corrían tiempos ingratos
Para el Colectivo más molón
Cuando Franja Reza apareció
Y entregonos su corazón.
Su fervor fue contagioso
-Ahora yo, ahora el Sargento-
Mas rápido tornose en tortura:
La Rotura no sabe escribir lento.
Y aquí te tengo, D Tovi
Contra las cuerdas hastiado,
Escribir ya no es tu hobby,
La lectura tu único hado.
Si te atreves y contestas
Estas líneas maldicientes
Te prometo grandes gestas
Entre Autobombásticas gentes.
[Debo confesaros, queridos concifabularios, que el paraíso últimamente me emborracha y emulsiona cemento ya ha un tiempo. Mis pies una vez mercúricos, zozobran; ya no recuerdan por dónde deambularon y sin quilla mis manos se resquebrajan, arena entre los dedos. Pero ruego no os preocupéis en demasía, si el sargento se desvanece es para volver cual avérnix… si no con más fuerza sí con ogredad y acudiré con bombín alado, al cuadrilático que se me requiera. Y a sabiendas que esto es una no-publicación (“com el Colectiu mana”) y con ganas de ser expulsado para volar (y descansar de regímenes autorotarios) os saludo y dejo mi entrada -a modo de sección, para aquellos integrantes que como el presente, deseen una parcela edendémica y aperiódica- que dice asì:]
Epizafio S.P.
nos vemos en tu próxima fiesta”

Como sabéis, he sido retada por el omnipresente Ogro, quien no contento con eso, se atrevió a poner ciertas normas al duelo que yo sin duda transgrediré. Aquí van mis Crónicas berlinesas:
El Ogro del Sí viajaba a Berlín con la secreta intención de colgar sus 95 tesis en las puertas de la Catedral y empezar así una nueva polémica que cambiara la teología, sí, pero también la hermenéutica y sobretodo el ser-en-el-mundo de todos y cada uno de los habitantes de nuestro planeta. No hay duda de que lo consiguió y de que nada volverá a ser ya lo que era. Sus tesis, como ya todos sabéis, son irresumibles y difícilmente pensables, pero intentaré por lo menos contar algo acerca del momento en que yo las descubrí, o mejor, en el que él me las transmitió como debió hacer Dios al dar el primer aliento a Adán.
Sobrevolábamos los Alpes cuando, extasiados ante la atrayente visión de papel arrugado con pelaje de armiño, de las suntuosas y atrayentes cumbres que disimulan su altura por lo breve del relieve y lo ancho de la mirada que ofrecen, noté con pavor un frío metálico en la garganta que no me permitía articular palabra, una presciencia, un centro nuevo localizado en la boca del esófago, en el que se condensó una forma inconcebible de saber, un saber no finito e irrepudiable del que para fatalidad mía e incomprensible entusiasmo de la humanidad ya no podremos zafarnos.
Se dice que el Ogro est homo pro se et homo pro nos; se dice incluso que el Ogro está en el origen etimológico y anacrónico de la palabra “logro”. Lo cierto es que el Ogro lo ha cambiado todo. Fijémonos por ejemplo en su conocida teoría literaria: Cada texto es únicamente todo lo que el texto no dice. El texto como un negativo.
Para captar aunque sea ladinamente el inconmensurable legado del Ogro, comparémoslo con Cristo (aunque la comparación no le valdría con ningún hombre, ni siquiera mítico). A la luz de esta comparación, el sentido último de la existencia del Ogro, no es ya la redención del género humano, sino también la redención de Cristo, ese ser vanidoso y engreído que vendió su cuerpo al demonio guardando su alma para el remanso eterno, que esparció su doctrina con la palabra y el cuerpo; no así el Ogro, quien capaz de la más sublime de las transmutaciones, hizo de su alma aire para que inevitable y felizmente nos embebamos de su espíritu en cada aspaviento, suspiro y sobresalto.
Su dialéctica filosófico-meditativa-presciente-hermenéutico-dubitativa es ya inextricable del ser primero (urwort , que en la tradición ontoteológica es la palabra originaria para representar la unicidad del ser) en que nos ha convertido, a la vez que nos ha librado de la besserwissen o pedante erudición en la que todos vivíamos inmersos. Como ser culto oculto ha logrado unir a la humanidad supranacionalmente y por encima de consideraciones de clase, género o cultura, en una nueva forma del ser: el ser-saber (ya indesligables), que algunos prefieren llamar saber-ser. Barruntó él solo todas las posibilidades del ser. Os habréis fijado ya en la enigmática disposición al cambio que posee su rostro, tanto que parece haber sido por breves espacios de tiempo todos los rostros del hombre, también los de la mujer, haber adoptado todas las formas del rostro como sabemos ha adoptado su alma todas las formas de la nuestra.
Sin embargo, pocas veces se le presenta a un hombre un enemigo tan efervescente, pugilista y mordaz como el suyo. Su adversaria es el perfecto negativo de su brillante persona. Todo lo que tiene él de bueno, sabio, rubio, tolerante, lo tiene ella de mala, ignorante, morena y fanática. Todo lo que él de prohombre, ella de contramujer. Si él es profundo, todo lo abarca, es todos; ella es superficial, abarca la nada, es nadie. Si él Apolo, ella las Furias. Estos dos mundos dispares, uno con la humanidad entera a sus espaldas, otro con la nada más absurda, debían enfrentarse. La intelligentsia autobombástica, formada por las mentes más preclaras del momento, intuían el inevitable choque que, quién lo dudaba, debía darse por obra de la Zorra Alevín. Pero el Ogro, el único capaz de tanto amor y empatía, quiso ahorrarle tal deshonor a la Zorra y él mismo empezó el ataque, pues en su afán de totalidad es David y Goliat, Caín y Abel, y lanzar la primera piedra y así redimirla fue todo uno. El hombre más importante que concibirá este siglo, el más elocuente defensor de todo y nada, hizo praxis de sus ideales dedicando a su más acérrima enemiga una laudatoria incomparable (que ella tomaría como el peor de los agravios) en sus siempre reveladoras, sorprendentes e inspiradas Crónicas berlinesas.